La muerte del ministro y la seguridad vial

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Por Fernando Poo, doctor en psicología, docente de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Mar del Plata, investigador de CONICET-UNMDP y miembro representante de la Comisión Asesora de Seguridad Vial del Honorable Concejo Deliberante de Mar del Plata. 

 

​Para esta columna pensé compartir algunos datos del último informe de la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV), el que corresponde al año 2020. Se trata de un informe preliminar, pero que permite realizar algunas reflexiones sobre la situación de la inseguridad vial en el país. Sin embargo, antes de escribir una sola línea me enteré de la muerte del Ministro de Transporte, Mario Meoni. Las noticias se acumulan con la velocidad del rayo. Se refieren a su persona, a su trabajo en política, y a su gestión como ministro. Por mi parte, no hay nada que pueda decir al respecto. Replico entonces la mejor parte de esas noticias, las que dicen que era una persona querida y respetada. Creo que una buena manera de despedir a alguien es destacando sus virtudes y abrazando, aunque sea simbólicamente, a quienes deben atravesar el dolor de su pérdida.

​Toda muerte en un hecho de tránsito es prematura. Un final precipitado e inesperado. Por eso suele decirse que son muertes inaceptables. A veces, esas palabras suenan a consignas vacías. Durante el año 2020, según estadísticas oficiales, murieron en Argentina 3.138 personas en siniestros de tránsito. La tasa de mortalidad fue de 6,9 personas cada 100.000 habitantes. Eso equivale a 8,6 muertes por día. Quiere decir que ayer, además de la muerte de Mario Meoni, es posible que hayan ocurrido algunas más por motivos similares.

​Los datos suelen ser más interesantes cuando se los compara con otros datos. El informe previo de la ANSV correspondiente al año 2018 señalaba que habían ocurrido 5.493 muertes por hechos de tránsito. La tasa de mortalidad era de 12,3 personas cada 100.000 habitantes, equivalente a 15 decesos por día. Claro está que entre ese informe y el del año pasado ocurrió la pandemia. La distribución de muertes por mes del año 2020 muestra que en enero murieron 407 personas; en abril, en coincidencia con el cierre casi total de actividades, 136. A medida que pasaron los meses y creció la apertura económica aumentaron las muertes de forma progresiva para terminar el año con 369 decesos en diciembre. Que las restricciones a la movilidad para combatir la pandemia por Covid 19 hayan reducido las muertes de tránsito (no hay ningún otro factor a la vista que explique la reducción de la tasa de mortalidad) muestra con claridad que tenemos un sistema vial intrínsecamente inseguro. La pregunta que debemos responder es ¿dónde reside la inseguridad?

​Hace un tiempo atrás (y quizás también ahora) podía leerse a menudo que los errores humanos dan cuenta de la mayor parte de los siniestros. Algunas estimaciones señalaban que llegan a dar cuenta del 90% de ellos. Sin embargo, esta afirmación carece del contexto necesario para entender por qué una falla humana puede conducir a un siniestro que derive en una o más muertes. El contexto en el que ocurre el comportamiento conforma el sistema vial; son las normas, la infraestructura, los vehículos, la fiscalización, y los sistemas de respuesta ante emergencias.

​En Argentina, la Ley de Tránsito permite circular a velocidades demasiado altas, tanto en las ciudades como en las rutas. Los países que mejores resultados han logrado en la prevención de lesiones y muertes tienen límites de velocidad notoriamente menores que los de Argentina. Por otro lado, la calidad de las rutas es mala. Según el Foro Económico Mundial están por debajo del promedio de la región. Argentina se ubica en el puesto 10 entre 18 países. Los automóviles son, en sí mismos, más riesgosos que otros medios de transporte, como el tren para largas distancias, o el transporte público en las ciudades. Además, la mayoría de los vehículos que circulan en Argentina no cumplen con gran parte de los estándares de seguridad recomendados a nivel internacional (e.g. freno antibloqueo, control electrónico de estabilidad, o protección para peatones). A eso debemos sumarle que los controles viales son deficientes. Por último, el sistema de respuesta ante emergencias no tiene cobertura universal. Frente a estas condiciones, la probabilidad de que un error derive en lesiones y muerte siempre será alta.

​No existen soluciones mágicas ni sencillas para el problema de la inseguridad vial. Hace falta trabajo sostenido y coordinado en el tiempo. El camino para bajar las muertes está siendo explorado en muchos lugares del mundo porque, al igual que el coronavirus, las muertes viales son una pandemia. Algunas de esas iniciativas están teniendo buenos resultados. Sobre todo aquellas que son sistemáticas, como el enfoque Visión Cero que se originó en Suecia; o el enfoque de Seguridad Sostenible de los Países Bajos. El tiempo de las consignas se acabó hace rato.

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