En primera persona, cómo es la realidad del trabajo sexual en Mar del Plata

 

Por Natali Canaveri, Julieta Belettieri, Ariel Perissinotti y Javier Moreno*

 

En la actualidad, la oferta de trabajo sexual en Mar del Plata es sujeto de debate desde diferentes aspectos. Por un lado, la tratativa presentada en el Concejo Deliberante de cambiar el lugar de la “zona roja”, donde las trabajadoras sexuales ejercen su oficio y a la vez son víctimas de una conjunción de violencia, inseguridad y abuso de poder de todo tipo. A esto también se suma el debate entre organizaciones y el Estado por la falta del acceso a salud, educación, y otras oportunidades laborales, sobre todo para la comunidad trans. Y mientras eso sucede, las trabajadoras sexuales siguen teniendo que enfrentarse a dificultades, que se recrudecieron con la pandemia.

MediaLab de Portal Universidad dialogó con ellas para conocer en primera persona sus vivencias, su trabajo, y las circunstancias que deben afrontar. María López -Malu- vive en el barrio Libertad junto a sus hijos, en una casa amplia con jardín. Es oriunda de Jujuy y a los 18 años, luego de trabajar un tiempo como camarera, comenzó a ser trabajadora sexual por medio de una amiga.

                         María «Malu» López es entrevistada en su residencia.

También nos brindó su testimonio Marcela Monroy, quien vive en una pequeña habitación que alquila cerca del complejo universitario de Funes. Se las ingenió para ubicar en esa habitación de manera estratégica todo lo que necesita para vivir y transformarlo en un hogar acogedor. Marcela es trabajadora sexual, referente de la Asociación de Travestis, Transgénero y Transexuales de Argentina (ATTTA), y universitaria, técnica en Gestión Cultural -casi licenciada-.

Ñeñe, por su parte, es la más joven de las tres. Es peruana y llegó en el 2017 a Mar del Plata. Vive al fondo de un PH ubicado en la avenida Juan José Paso, donde también atiende a sus clientes. Es un lugar espacioso y tiene patio, pero en la sala de estar no hay más que un par de sillas. Nos explicó que por la instalación eléctrica, si enchufaba un caloventor se quedaban todos sin luz. Nos contó de sus problemas con los vecinos a la hora de trabajar en la calle, sobre la inseguridad, la violencia y la discriminación que sufre como trabajadora sexual.

Entre abolir y regularizar: posiciones enfrentadas

Las corrientes establecidas en torno al trabajo sexual son dos: el abolicionismo y el regulacionismo que dividieron principalmente al movimiento feminista, pero atañe a tantos otros sectores de la sociedad.

Para quienes se identifican con la postura abolicionista, la prostitución es una de las formas de desigualdad entre hombres y mujeres. Consideran que el trabajo sexual no es un trabajo, sino que es otra forma de violencia machista a través de la explotación del cuerpo de la mujer. Por estos motivos, dicha corriente entiende que el cuerpo no es una cosa, propiedad o mercancía y desde sus lugares reclaman por la descosificación de la mujer. También denuncian que se trabaja en condiciones insalubres, de alto riesgo y expuestas a la violencia.

Para conocer la postura contraria hablamos con Marcela Monroy, quien desde su lugar de referente de la ATTTA, afirma “no militamos el trabajo sexual, pero no estamos en contra, no somos abolicionistas”. Recalca que lo reconocen como un trabajo pero también diferencian que “no es lo mismo ejercer el trabajo sexual como única opción, como es el caso de las personas trans que hay muchas que no quieren, pero es el único recurso que tienen para sobrevivir”. En este sentido, señalan que son conscientes de que el tema es merecedor de un debate con muchas y diversas aristas, como por ejemplo, la diferenciación con el proxenetismo y la trata de personas.

                                       Marcela Monroy, integrante de la ATTTA.

Para Monroy, esta confusión no tendría que afectar a una persona que se dedica individualmente al trabajo sexual: “Debería estar permitido y reglamentado de alguna manera el hecho de la oferta. Siempre las personas que estamos a favor del trabajo sexual, estamos en contra de la trata y el proxenetismo”. Las abolicionistas, en cambio, sostienen que “es todo lo mismo”.

En cuanto a las razones por las cuales se criminaliza el trabajo sexual, la activista por los derechos de las personas trans menciona tres motivos principales. En primer lugar se encuentra “la falta de razonamiento, la poca evolución cultural y xenofobia que existe en nuestro país”. A eso se suma el desconocimiento, “en el caso de los vecinos de Don Bosco ponen a la prostitución y a la venta de drogas como algo similar y ver como un delito a la prostitución o el trabajo sexual es una manera de estigmatizar a las personas que realizan ese trabajo” explica Monroy sobre la segunda razón.

Como tercer motivo se ubica “el doble discurso con intereses mezquinos” que tienen que ver “con la política, con salir en los medios a denunciar una situación sin contemplar lo que está viviendo la otra persona, las decisiones que toma la otra persona sobre su cuerpo”. Agrega también: “Porque en el trabajo sexual hay una libertad que tiene uno para hacer lo que quiere con su cuerpo”. En este sentido señala que el sector abolicionista “está cerrado al diálogo y ven a las trabajadoras sexuales como un enemigo y no como parte de la diversidad”.

Por su parte, María López, ex trabajadora sexual, coincide con la postura de Monroy: “El abolicionismo es la piedra en el camino de las trabajadoras sexuales para llegar a nuestros derechos. Siempre están ahí con sus mentes cerradas, con sus pensamientos retrógrados y no nos escuchan porque para ellas el trabajo sexual no es trabajo y no van a cambiar”.

Desde su postura, López reafirma que se trata de un trabajo: “Es lo que me da de comer, es un servicio que yo presto por un pago que me da el cliente. Las abolicionistas se contradicen, ‘mi cuerpo, mi decisión’, pero para ellas el cuerpo se usa nada más para el amor, para el amor gratis”.

«El abolicionismo sacó ese speech de que el cliente se lleva nuestros cuerpos, que nos roban, que son violaciones consentidas. Si es violación no hay consentimiento, lo de nosotras es un servicio prestado por un pago. Si no hay pago no hay servicio, eso sí».

López, quien comenzó a ejercer de trabajadora sexual a los 18 años, afirma: “Dicen que nosotras no podemos decidir, que el cliente hace lo que quiere, es mentira”. Asegura además: “No ven la libertad que tenemos, creo que ahí hay un poquito de envidia de la libertad que nosotras tenemos, y que ellas no pueden tener”, asevera.

Ñeñe concuerda con esto: “Para mí la prostitución es un trabajo porque de eso como, de eso vivo, porque si no lo considerara así, lo tomaría como un juego”.

El trabajo sexual en primera persona

“Me imagino que hubiese estado en la calle con mi hijo si no hubiera sido por el trabajo sexual”, afirma López. Recuerda que a sus 18 años trabajaba en un restaurante cuando se enteró del trabajo sexual: “Como mujer cobraba una cifra muy inferior a los demás. Me entere del trabajo sexual y lo elegí, porque no tenía que cumplir horarios y la cifra que cobraba era mucho más que camarera”.

“Yo elijo los horarios que quiero trabajar, donde vengan más clientes o donde vea que puedo recibir más dinero” explica sobre su oficio. “Nosotras ponemos una regla y las reglas se cumplen. Por ahí nos puede aparecer un loquito, no te voy a decir que no, porque esos existen. Pero tratamos de ponerlo en su lugar, es como un deseo que tienen ellos de dominar a la mujer pero con las trabajadoras sexuales se equivocan” explica López.

Por otra parte, si bien considera que es mejor trabajar de forma autónoma “para no darle el 50% a alguien más”, considera que “es muy bueno trabajar con compañeras, porque son quienes te tocan la puerta cuando se cumple la hora que te haya pagado el cliente. Es tu compañera la que te pasa un profiláctico porque se te rompió o necesitas otro. Trabajar en compañerismo es lo mejor que le puede pasar a una trabajadora sexual”.

López no ejerce desde hace 4 años: “Cuando empezás a trabajar a los 18 años todos quieren estar con vos. Ya cumplo 51, de volver a trabajar no se como iría porque el trabajo sexual tiene una etapa y yo estoy casi terminando esa etapa”. Por su vínculo con otras trabajadoras sexuales tiene conocimiento de que tras retirarse del oficio “muchas se ponen algún kiosquito en su casa, comercios, juntan dinero para hacer algo. Otras no hacen nada y siguen trabajando hasta los 60”. En su caso, la situación no es certera: “No sé la verdad, no tengo idea como va a ser mi vida después de que salga del encierro. Porque la verdad que en estos años avejenté mucho y la vejez es como que no te deja trabajar”.

“Por eso pedimos la jubilación para los 50 años, cosa que yo no creo poder recibir por el abolicionismo. Por cómo siguen las cosas no creo que llegue a jubilarme. No creo que los derechos sexuales salgan ni hoy, ni mañana, ni dentro de 10 años. Creo que van a salir de acá a 20 años” relata acerca del reclamo que llevan a cabo para extender sus derechos.

Por su parte Ñeñe comenta que actualmente el problema de ejercer el trabajo sexual es la falta de clientes y por ende el escaso ingreso económico: “Yo cobro $2000, a veces $1500 la hora que no es nada. La gente a veces dice que como nosotras estamos en la calle tenemos bastante dinero, la realidad no es esa. La calle te da para vivir pero no para ahorrar, no para mandarle a la familia”. 

                                                         Ñeñe en el balcón de su casa.

Para Ñeñe además de la escasez de clientes se suman los problemas como la inseguridad, la violencia, la discriminación. “Me gustaría tener un trabajo que me dé un ingreso bueno para así dejar la calle y no estar arriesgando mi vida. Porque uno no sabe, hoy podés ir a trabajar y mañana no sabés lo que pasa. Todo es peligroso, por unos pesos o una cartera te matan y cuando estas en la esquina parada creen que llevas mucha plata” lamenta sobre los riesgos de trabajar en la calle que la empujan a continuar con su oficio desde su casa.

«Salgo de vez en cuando a la zona roja pero durante las veces que he salido nos estamos arriesgando. Trabajo desde casa por el temor de cómo nos tratan los vecinos y la policía. En vez de cuidarnos nos maltratan. No tenemos respaldo de nadie. Los vecinos nos botan, nos corren con palos, nos insultan, la policía nos trata mal, no podes trabajar».

Por otra parte, relata que la discriminación hacia la diversidad aún está presente en Argentina a pesar de contar con leyes como la del matrimonio igualitario. “En Perú dicen que acá podes andar libremente por las calles, pero no es así. Para mí es uno de los países más homofóbicos, no podés hacer nada, la sociedad no está preparada” aseguró.

Al respecto de la situación en la Zona Roja, Monroy afirma que “son lugares donde no hay reglamentación, donde no hay control, entonces la policía puede llegar a cobrarte una esquina como sucede en La Plata y en algunos casos en Mar del Plata”. A esta problemática se suma el narcomenudeo: “si vos no vendés, la policía te obliga a vender. Si te negas, te meten droga en el bolsillo y te hacen una causa, cuando en realidad la causa es por no hacerlo” explica.

“En la zona roja sabemos que hay personas que ejercen el narcomenudeo porque también hay una red detrás, pero el hilo siempre se corta por la persona que está en una esquina y no por quien es suministrador de esas sustancias ilícitas. Hay una red de complicidad tanto por parte de los jueces, fiscales y de los políticos”. 

En este sentido, Ñeñe asegura que “cuando encuentran a una chica con droga le dicen de todo pero cuando es uno que es de acá no dicen nada, se tapan la boca. No se dan cuenta que los mismos de Mar del plata son los que abastecen. Y a nosotras nos condenan a 6 o 7 años. Esa es la gran ventaja de ser argentina y no ser extranjera”.

Asimismo, Ñeñe se refirió a las funciones del Estado respecto al trabajo sexual creo que sería muy importante que nos tomen en cuenta en un plano para las que quieran salir de la calle y para las que no quieran, porque no todas van a querer estar en un trabajo legal”.

En relación con esto, Monroy se refirió a varias problemáticas que tienen desde ATTTA: “En el marco de la pandemia es muy difícil llegar a los espacios políticos para solicitar cuestiones como el cupo laboral trans, el acceso a la salud y todos los derechos de las personas trans”. Y añadió: “En este momento estamos tratando de acercar a las personas al sistema de salud que ha sido históricamente expulsivo y sigue siéndolo hoy en día”.

Otra situación que relató es la dificultad para conseguir turnos en el registro civil “solicitamos continuamente para cambio de identidad de género y es más difícil cuando una persona está indocumentada”. También contó que están pidiendo al gobierno por módulos alimentarios y que presentaron un reclamo respecto al acceso al cupo laboral trans: “Hay funcionarios y organizaciones que han tomado el cupo laboral trans para ellos y el resto estamos excluidas. Si bien estamos contentas porque hay compañeras que han entrado, los métodos no son muy transparentes y no son por concurso”.

“Estamos tratando de incluirnos en el tema laboral y es lo que más se nos dificulta porque ahora no hay escuelas, o los FinEs (Programa de Finalización de Estudios Primarios y Secundarios) no funcionan para poder incluir compañeras en la terminación de educación. También tratamos de hacer una base de datos con los currículum pero muchas compañeras tienen la dificultad de no tener datos o documento o se sienten desvalorizadas para lo que es armar un currículum”.

 

*Estudiantes del MediaLab, primer Laboratorio de Redacción para Medios Digitales. Se trata de un sistema experimental que consiste en el trabajo periodístico, de producción propia, que desarrollan alumnos del Taller de Redacción para Medios Digitales, correspondiente a la Tecnicatura de Periodismo Digital que se dicta en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata.

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