Asociaciones civiles en pandemia: “Suspendimos los proyectos sociales comunitarios y nos dedicamos a abastecer alimentos”

 

Por Marcos Andrés Magnaterra*

Yesica Santivecchi estudia Gestión Cultural en la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Se dedica a proyectos comunitarios relacionados con lo social, alejada de las propuestas hegemónicas se autodenomina “Gestora Cultural Comunitaria”.

Desde enero de 2019 está al frente de la Asociación Civil Marea. Un grupo de trabajo diverso y heterogéneo, de diferentes edades, que realizan múltiples tareas en sectores sociales vulnerables y articulan programas del Estado. Abarcan un amplio espectro: economía social y solidaria, comunicación comunitaria, actividades culturales, campañas de prevención de adicciones, asistencia a víctimas de violencia de género e institucional, entre otros.

Algunas de las actividades que llevaban adelante hasta marzo de 2020 fueron los Festivales Festejar  y el acompañamiento a emprendedores.

¿Qué eran los Festivales Festejar?

Organizamos  festivales barriales para trabajar sobre el consumo problemático desde propuestas socio-culturales. Los Festivales Festejar estaban financiados por el SEDRONAR a través del programa “Argentina previene”, en el cual fuimos seleccionados por llevar una idea innovadora. Allí teníamos ferias al aire libre, música, teatro, actividades deportivas y articulábamos con otras asociaciones civiles. Por ejemplo con AHF Argentina –una organización a nivel global que trabaja en prevención, detección y tratamiento de VIH y SIDA- quienes realizaban testeos gratuitos. En 15 minutos tenían el resultado y en caso de ser positivo se iniciaba un dispositivo de contención e información a esas personas.

Dentro de las actividades de Marea está la Economía Social y Solidaria ¿Cómo se vinculan con los emprendedores?

Para ellos tenemos una tienda colectiva en Bolívar y Dorrego que se llama La Esquinita (@tiendacolectivalaesquinita). Desde allí acompañamos a los emprendedores de la Economía Popular, que representa a un montón de trabajadores y trabajadoras,  en todo el proceso de producción. Algunos lo hacen de manera artesanal y otros son revendedores. Es un espacio de contención y de venta al público.

-¿Cómo les afectó la pandemia en las actividades que realizaban en los barrios?

Nosotros, dentro de la planificación estratégica institucional, no teníamos la asistencia alimentaria pero cuando nos dimos cuenta que la cuarentena no iba a durar solo un par de semanas nos abocamos a eso. Durante todo el 2020 suspendimos los proyectos sociales comunitarios y nos dedicamos a abastecer alimentos. Y era lo que había que hacer. Ningún integrante del grupo lo puso en duda. Los espacios para actividades culturales se transformaron en comedores. Con la ayuda solidaria de mucha gente, con alimentos y dinero, articulábamos para llevarlo a esos lugares. Vivimos situaciones dramáticas porque el problema principal era que se había terminado la changa. Mucha gente, que tenía un trabajo y le alcanzaba para vivir dignamente, de golpe no tenía para comer. Eso fue tremendo porque nunca habían necesitado asistir a un comedor. Algunos tenían vergüenza de pedir comida. En algún momento nos frustramos porque no alcanzaba lo que juntábamos. Desde hace muchos años voy a los barrios y nunca viví algo igual.

¿Se podría decir que muchos habían quedado en situación de calle?

Es distinto. Esto fue algo inédito porque la gente tenía un trabajo pero no lo podía hacer. La situación era desesperante. En algunos comedores barriales ponían canastos de plástico en la vereda y cada vecino que tenía algo para aportar lo dejaba ahí. Un paquete de fideos o de polenta, lo que sea. La ayuda comunitaria hizo que se pudiera pasar ese momento. La gente se dio cuenta que se tenían que organizar para afrontar lo que pasaba. Como diría el Papa Francisco, se dieron cuenta que ‘Nadie se salva solo’.

-¿Qué paso después de ese momento inicial?

El virus llegó a nuestros barrios populares y las primeras en contagiarse fueron las cocineras. En su mayoría son mujeres que abren las puertas de sus casas para que cientos de personas vayan a buscar un plato de comida. Eran las que estaban más expuestas y cuando la enfermedad se expandió fueron las primeras afectadas. Como no tenían reemplazo comenzamos a preparar bolsones de alimentos. Pero no es lo mismo porque lo poco que había lo teníamos que dividir. Si no hubo un estallido social en Mar del Plata fue por las referentes barriales y por la ayuda comunitaria.

-¿Cómo continuó la situación en los meses con más cantidad de contagiados en Mar del Plata?

A partir de octubre la situación económica se comenzó a reactivar muy lentamente. Algunos rubros se rehabilitaron, como la construcción, y volvieron a existir las changas. Además se permitieron los oficios como la carpintería, la herrería… Eso hizo que algunas familias ya no necesitaran ir al comedor y ojalá que nunca más tengan que hacerlo. No obstante nuestras referentes siguieron cocinando para mucha gente que la siguió pasando mal.

Además de la asistencia alimentaria, ¿Qué otro tipo de ayudas brindaron?

Tratamos de detectar casos de violencia de género o institucional. El escenario era propicio para que ocurrieran este tipo de maltratos. En el caso de la violencia de género, muchas mujeres se encontraban encerradas conviviendo con el hombre que las maltrataba. Para ello armamos una red territorial con otras organizaciones sociales y políticas y articulamos con organismos del Estado que tienen algunas herramientas para este tipo de situaciones.

                  Lo mejor de la entrevista con Yesica Santivecchi.

La realidad en este 2021 tiene similitudes con lo vivido el año pasado pero con un ingrediente esperanzador: las vacunas. Argentina es uno de los 20 países que más vacunas totales aplicó y la campaña continúa a un ritmo sostenido, aunque hay cierta dificultad para conseguirlas. En este escenario La Asociación Civil Marea comenzó a retomar algunas actividades culturales.

 

 

-¿En qué consiste el proyecto Enjambre?

Enjambre está financiado por el Ministerio de Cultura de la Nación, dentro del programa “Puntos de Cultura” en el cual fuimos seleccionados el año pasado. Es un taller de Comunicación Comunitaria que comenzamos en febrero con los jóvenes. Aunque lo tuvimos que interrumpir varias veces porque algunos se contagiaron o eran contacto estrecho. Recordemos que en los barrios las burbujas no son las casas sino el barrio entero.

 

-En los últimos meses se generó una discusión en torno a la actividad educativa, la vuelta a la presencialidad y otras temáticas relacionadas. ¿Notaron deserción escolar en los barrios a los que asistieron?

Nosotros no lo percibimos. Sí notamos, sobre todo en la adolescencia, cuando hacemos actividades de lectoescritura, que hay una falta de práctica que se recupera con tareas de acompañamiento. No estamos de acuerdo con la vuelta a clases de cualquier modo. Creemos que los establecimientos no tienen la infraestructura que necesitan los trabajadores y los alumnos para asistir en el contexto de pandemia. La virtualidad fue muy útil pero creemos que el problema está en la falta de conectividad.  Por ejemplo, en el Barrio La Herradura, en el centro comunitario tenemos servicio de internet wi-fi, de la única empresa que llega, pero funciona dos horas por día a pesar de que pagamos el mes entero. Esto es así es porque las compañías telefónicas no invierten para llegar a más personas. Y el otro problema es que algunos jóvenes no tienen computadora y realizan las actividades desde un celular, utilizando los datos del teléfono, lo cual resulta muy complicado. Lo bueno de la presencialidad es el contacto de los alumnos con sus pares, algo que en nuestros barrios populares ocurre de todos modos porque se reúnen en la plaza o en la calle.

Todavía hay mucha incertidumbre sobre cómo continuará la pandemia en el mundo. La luz de esperanza que trajeron las vacunas se vio empañada por la aparición de nuevas cepas que son más contagiosas y agresivas. Con el agregado de un crecimiento en los contagios en personas más jóvenes con cuadros clínicos más complicados. En este contexto la Asociación Civil Marea trata de proyectar.

-¿Cómo ves el futuro en lo que resta del 2021?

Este año nos reprogramamos, cambiamos el chip. Vamos a trabajar, y lo estamos haciendo, todas nuestras propuestas desde tres ejes centrales: la comunicación popular, la perspectiva de género y los derechos humanos. Ya estamos desarrollando algunas actividades con otras agrupaciones como el taller de teatro virtual, el de bioconstrucción y el de murales destravarte –junto al colectivo de género Mirabal-. Pero lo que mejor describe la visión del futuro que tenemos es una anécdota con Rosana, nuestra referente en el Barrio La Herradura. En enero, después de un año de hablar de donaciones de comida y ropa, le fuimos a contar que queríamos ampliar sus instalaciones para construir un espacio comunitario. Le contamos que queríamos armar un lugar para que las pibas y los pibes puedan ir a pensar, a jugar, a soñar… Rosana se largó a llorar y nos dijo ‘Volvemos a crear futuro porque hay un futuro que es posible.’

 

Quienes quieran colaborar o ser parte de Marea pueden contactarse por Instagram: @asociacioncivilmarea

 

*Estudiantes del MediaLab, primer Laboratorio de Redacción para Medios Digitales. Se trata de un sistema experimental que consiste en el trabajo periodístico, de producción propia, que desarrollan alumnos del Taller de Redacción para Medios Digitales, correspondiente a la Tecnicatura de Periodismo Digital que se dicta en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata.

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