Desigualdades de género en el trabajo infantil: la educación como vehículo para escapar de esa realidad

Foto: TELAM

 

Lejos de jugar con amigos, hacer deportes, disfrutar de un ambiente sano y recibir una educación de calidad, el 10% de las niñas y los niños de 5 a 15 años y el 32% de las y los adolescentes de entre 16 y 17 años están insertos en el mercado laboral infantil de Argentina. Los datos relevados en la Encuesta de actividades de niñas, niños y adolescentes (EANNA) en 2016 y 2017 no solo demuestran una realidad contraria a lo establecido como derechos sino que, además, las desigualdades de género en las tareas también pueden verse reproducidas en estos ámbitos.

Portal Universidad dialogó con María Eugenia Labrunée quien, junto a Eliana Aspiazu, realizó un estudio en perspectiva de género en el trabajo infantil, a modo de consultoría para la Organización Internacional del Trabajo. Ambas se desempeñan como docentes e investigadoras de la Universidad Nacional de Mar del Plata y, mediante una metodología cualitativa, realizaron un análisis de entrevistas en profundidad que corresponden a barrios populares del AMBA.

Partiendo de la realidad en la que la mayoría de los niños ingresan al mercado laboral alrededor de los 11 años, la especialista indicó que “esa es la edad bisagra pero, generalmente, empiezan de más pequeños acompañando a los adultos y, a medida que crecen, empiezan a ocuparse por fuera con otros empleadores”. Es decir que, “ya a esa edad, se puede notar una distinción de las tareas por género que resulta ser bastante clara”.

Ya a esa edad, se puede notar una distinción de las tareas por género que resulta ser bastante clara.

En este sentido, esa diferencia se puede hacer visible en que “las niñas se vinculan a las tareas de cuidado o a aquellas que son para el mercado pero deben ser realizadas dentro del hogar, como puede ser cocinar o confeccionar distintas prendas. En cambio, los varones se vinculan más con el mercado, con el estar fuera del hogar, entonces cortan el pasto o son peones de albañiles”, reveló.

Es así como los mismos estereotipos que podemos develar en el mercado laboral de los adultos, permanecen intrínsecos en los más pequeños: “Hay una transmisión de estereotipos por parte de los adultos responsables de estos hogares. Esta división sexual de las tareas se traduce de forma muy clara con sus hijos y eso permea las percepciones que tienen respecto a las perspectivas, de cómo se ven en el futuro mercado de trabajo”, aseguró.

“Cuando uno les pregunta por sus expectativas, éstas están muy alejadas de lo que hoy están realizando”, declaró Labrunée, a lo que agregó que pudieron observar en los niños ciertos intentos de ruptura de esos estereotipos y de las cuestiones que observan de sus padres. “Cuando ellos mismos se piensan en el futuro, confían seguir carreras universitarias y en que van a poder realizar actividades muy distintas a las que desarrollan hoy como trabajadores infantiles. Es decir, ven a la educación como el vehículo para lograr eso, por eso nos parece interesante plantear políticas que refuercen esa posibilidad de acceso a la educación para que puedan pensarse por fuera de las trayectorias que han tenido sus padres”, aseveró la investigadora.

Ven a la educación como el vehículo para lograr eso.

Si comparamos los datos expuestos en el primer párrafo con la encuesta realizada en el 2004, “podemos ver una mejora. Sin embargo, las características del relevamiento fueron bastante diferenciadas y por eso puede que haya un sesgo en los resultados. Por ejemplo, muchas veces suele haber una subcaptación del trabajo infantil, no porque se lo esconda sino porque está tan naturalizado que no lo consideran trabajo, sobre todo en el caso de las niñas“, confirmó.

 

Una tendencia a repetir historias

Si bien en la mayoría de los casos la inserción al mercado laboral está dada por una situación económica desfavorable, es común que los padres de los chicos que son trabajadores infantiles también hayan pasado por esa misma situación en sus infancias.

En este sentido, Labrunée manifestó que “durante la pandemia fue muy clara esa relación entre una necesidad económica y la vinculación al trabajo infantil. Muchos chicos y chicas incursionaron en el mercado de trabajo por una necesidad de sus familias a partir de la restricción de ingresos durante la pandemia“.

Sin embargo, “también observamos que hay una tendencia a repetir historias, es decir, esos chicos que hoy están en el mercado laboral infantil vienen de adultos que ya han pasado por situaciones económicas graves o por tener deben hacerse cargo de la familia. Eso también permea la percepción que tienen del trabajo infantil porque, en su historia, fue un salvataje o una forma de evitar problemas mayores y no ven al trabajo de sus hijos como una vulneración a un derecho“, explicó.

 

Posibles soluciones

A partir de los análisis realizados, las investigadoras plantearon una serie de medidas a tener en cuenta para impulsar las políticas del futuro. Entre ellas, la principal se centra en el rol de la escuela como prevención del trabajo infantil y como el espacio donde se pueden remover muchos estereotipos de género. Labrunée destacó estas sugerencias “sobre todo en el caso de los varones porque si no se les transmite las consecuencias de esas desigualdades, como ellos no las viven no las pueden observar. Por eso es tan importante una educación sexual integral que incluya todas estas cuestiones”.

En esta misma línea, también aseguraron la importancia de una buena infraestructura escolar y del acceso a Internet. “Durante la pandemia quedó muy claro que algunas situaciones de trabajo infantil surgieron por el simple hecho de tener la necesidad de pagar Internet para poder cumplir con las tareas. Al tener más tiempo disponible, por las clases asincrónicas, pudieron reorganizar sus tiempos para empezar a trabajar y en eso la escuela también tiene una importancia muy grande como prevención del trabajo infantil”, indicó.

Durante la pandemia quedó muy claro que algunas situaciones de trabajo infantil surgieron por el simple hecho de tener la necesidad de pagar Internet para poder cumplir con las tareas.

Aquí también es donde los líderes de los espacios territoriales, por fuera de las familias, pueden funcionar como guías en el futuro de los niños. “Cuando los chicos piensan qué quieren hacer siempre tienen como referentes a las madres, por el esfuerzo que realizan, cuánto trabajan y los valores que tienen. Nos parece muy interesante que estos niños puedan encontrar otros referentes en actividades por fuera de su hogar”, afirmó.

La investigadora planteó que “las organizaciones de la economía popular tuvieron un protagonismo muy importante durante la pandemia. También ahí es necesario que haya una sensibilidad en cuanto al género para evitar reproducir la situación de desigualdades en ese tipo de actividades. A lo que agregó la necesidad que desde el Estado “se profundicen las políticas para que las familias tengan opciones de cuidado y que no dependa siempre de las mujeres, que se distribuya dentro del hogar y que todas las políticas de licencias no recaigan siempre en las mujeres”.

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