Fabián Casas: “Yo escribo porque me gusta escribir. No escribo para que me recuerden”
Fabián Casas volvió a Mar del Plata en el marco del festival MarPlaneta para presentar Una serie de relatos desafortunados, un libro que reúne textos escritos y descartados a lo largo de varios años y que hoy encuentran una nueva forma y circulación en esta edición ampliada. Poeta, narrador y ensayista nacido en Boedo en 1965, Casas construyó una obra marcada por la observación de lo cotidiano, el humor seco y una mirada insistente sobre la fragilidad de la experiencia contemporánea.
En esta conversación, el autor habla del origen casi accidental del libro, del reencuentro con sus propios textos y con momentos de su vida, de la escritura como práctica vital antes que proyecto de trascendencia, y también del presente cultural, el streaming, la política y la necesidad —todavía incierta— de imaginar formas de comunidad en un mundo cada vez más precario.
“No tengo mucha imaginación: escribo las cosas que me pasan”
Contanos cómo surgió esta recopilación de textos perdidos que andaban por ahí y decidiste agrupar. ¿Qué fue lo que te empezó a mover?
—Fue porque durante la pandemia un amigo me pidió un cuento para publicar en una revista. Como yo no tenía trabajo, me pagaban bien. Esa revista pagaba bien y te daba… bueno, como todos, estábamos tratando de ver cómo vivir durante la pandemia. El tema es que yo no soy prolífico. No escribo mucho. No tengo textos guardados esperando salir.
Entonces fui a un lugar donde tenía un montón de textos que había dejado de lado a lo largo de los años. Encontré uno que funcionaba para lo que él quería publicar. Se lo mandé, lo publicó, me pagó. Y después me quedé leyendo los otros textos que estaban ahí y me di cuenta de por qué no los había publicado. Este porque el narrador me parecía petulante. Este porque la escritura no me convencía. Este porque tendría que haber sido una novela y la dejé colgada. Empecé a ver las razones por las que los había descartado.
Entonces pensé que tampoco había que tomarse todo tan en serio. Que no todo tiene que ser “esto es bueno, esto es malo”. Que podía juntar esos textos y publicarlos, y escribir un prólogo contando qué había pasado con ellos. Justo estaba con mis hijos viendo una serie que se llama Una serie de eventos desafortunados y de ahí salió el título. Lo armé así. Primero salió por Eloísa Cartonera, después tuvo otra edición y ahora esta versión ampliada.
—Todos estos textos calculo que son cosas que fuiste dejando de lado a lo largo de tu vida literaria.
—Sí, a lo largo de muchos años. Desde que empecé a escribir relatos. Yo empecé escribiendo relatos y después poemas. Lo que pasa es que publiqué primero poemas.
—Y en ese encuentro con los textos, más allá de lo literario, ¿también te reencontraste con esos Fabianes del pasado? ¿Qué relación estableciste con ellos?
—Sí. Me acordaba de momentos muy concretos. Por ejemplo, hay un relato del que hablo en el prólogo: lo escribí en una época en la que estaba deprimido y me fui a vivir al campo. Y no está bueno irte solo al campo si estás deprimido. En ese relato pasa algo muy puntual. Creo que es de los primeros donde aparece un chico. Yo me había ido a vivir a un lugar así, aislado. No tengo mucha imaginación: escribo las cosas que me pasan.
Entonces me acordaba de todo eso. Más que del escritor, me reencontraba con situaciones de vida. Hay un relato que se llama El resplandor, donde cuento que fui a un casamiento al que no quería ir, la pasé muy mal y después mi pareja de ese momento me lo borró. Pero como yo escribo siempre a mano, lo tenía guardado y lo publiqué después. Ese fue un texto que dejé de lado durante mucho tiempo, por no ofender. Pero después te das cuenta de que la gente igual siempre se ofende.

—¿Son todas experiencias negativas o encontraste alguna lucecita en ese recorrido?
—No, no son todas negativas. A mí me gusta escribir. Si escribo algo es porque encuentro algo que me interesa. Incluso lo del campo, que no se lo recomendaría a nadie en ese estado, también me hizo bien. Me ayudó a superar una situación. No fue solo escribir un relato.
—Quería preguntarte por la trascendencia. En tu obra hay mucho registro de lo vivido, pero también tenés una faceta de streaming y textos dispersos por todos lados. ¿Cómo es tu relación con la idea de dejar algo?
—Yo escribo solo porque me gusta mucho escribir. Me fascina cuando eso se convierte en un libro o en una película. Me encanta cuando la gente viene y te dice “me gustó”, “no me gustó”, me interesa discutir. Digan lo que digan.
Para ser amigo mío no hace falta que le guste lo que escribo. Tengo amigos y amigas que no leen nada de lo que hago y no les interesa.
Pero pienso que cuando yo me muera no hay nada. La posteridad no me importa para nada. No escribo para la posteridad ni para ser recordado. Estoy convencido de que después de cuatro generaciones no se acuerda nadie de vos. No tienen ni puta idea de quién fuiste.
—¿Y con la poesía te pasa lo mismo?
—Sí, lo mismo. Nadie te recuerda. Podés ser Justin Bieber y después de un tiempo no le importás a nadie. A mí eso me parece sano. Es como la parábola del osito Teddy, que se vuelve célebre y después deja de importarle a todo el mundo. Me gusta pensar eso.
—Sin embargo, hay obras de arte que siguen vivas. ¿Cómo convivís con eso como lector?
—Me pasa todo el tiempo. Hay libros antiguos que sigo leyendo. Con Joseph Conrad, por ejemplo, hago algo muy concreto: no lo leo todo. Calculo cuánto me queda de vida y siempre quiero que me quede algún libro de Conrad por leer. No quiero agotarlo. Porque si lo agoto, después lo tendría que escribir yo, y no tengo ese talento.
—Sos artista marcial. Hacés karate hace muchos años. ¿Sentís que influye en tu escritura?
—Influye en mi estado de alma. Voy al dojo y paso vergüenza todos los días. No hay un día en el que no pase vergüenza. Mis compañeras y compañeros me ayudan mucho. Es una disciplina que no manejo. No tengo control. Trato de aprender todo el tiempo y eso me encanta. Te limpia la cabeza, te baja los humos. Y además hacés ejercicio físico, que te da dopamina, serotonina.
“Milei es un streamer: llegó al gobierno construyendo una ficción desde el resentimiento”
—En el otro extremo está el streaming, el presente continuo. ¿Cómo vivís hoy esa experiencia?
—A mí el streaming me resulta muy desgastante. Picnic era un programa grabado. Yo había escrito el tratamiento: una apertura, una entrevista, construir un poema con lo que decía la persona. Eso era lo que me interesaba. Hoy no sé si volvería al streaming, salvo que sea algo que me divierta mucho. Siempre trato de entrar y salir de esas estructuras.
—¿Qué lugar ocupa hoy el streaming a nivel cultural?
—Es central. Milei es un streamer. La forma del streaming es el ataque, la venganza, el insulto. Puro resentimiento. Y el presidente es la expresión de eso. No llegás al poder sin construir una ficción. Pero creo que esta estructura se va a agotar. Como se agotó el Imperio Romano. Ojalá podamos ir hacia algo más comunitario.
—¿Cómo imaginás ese futuro?
—Creo que va a haber un gran apagón. Se van a caer las redes, la web, todo. Por eso hay que aprender a manejar máquinas abiertas, como decía Gilbert Simondon. Máquinas que se puedan entender y reparar. Después de eso va a haber que reconstruir comunidad. Y ojalá construir un mundo mejor que este que nos propone el capital.
