La tierra, la guerra y el espectáculo: cómo se ejerce el poder en 2026
En el verano de 2026, mientras los incendios en Chubut avanzan sin control y la Patagonia vuelve a arder, Javier Milei eligió Mar del Plata para inaugurar su “gira de la gratitud” con un show musical que acaparó cámaras, militancia y conversación pública. La escena fue celebrada por sus seguidores y criticada por sus detractores, pero sobre todo funcionó como un síntoma: el poder ya no se ejerce sólo desde la gestión, sino desde la puesta en escena, el shock emocional y la ocupación total de la agenda.
Para Santiago Díaz, filósofo, doctor en Educación y docente de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP), lo que se está viendo no es una excentricidad local ni una anomalía argentina. Es parte de una reconfiguración global del poder que tiene al menos una década y media de gestación y que hoy encuentra en figuras como Donald Trump y Javier Milei sus expresiones más visibles.
“Desde la crisis de 2008 hasta 2016 hubo una reestructuración muy fuerte de las formas de distribución del poder a nivel mundial. A partir de ahí lo que aparece es una reconversión de los valores hegemónicos, un envalentonamiento del sentido común”, explica. Ese proceso, sostiene Díaz, no se expresa únicamente en decisiones económicas o institucionales, sino en algo más profundo: una transformación de las formas de decir, de sentir y de habitar el conflicto político.
Uno de los rasgos más llamativos de las nuevas derechas es que ejercen el poder desde la beligerancia, incluso cuando gobiernan con amplias mayorías o concentran recursos inéditos. “Lo que notamos es un presidente en el auge de su poder que sigue siendo combativo, como si todavía estuviera disputando el poder. Trump es un ejemplo claro, pero Milei también”, señala.
Esta lógica tiene un efecto clave: captura la rebeldía. Al apropiarse del lenguaje de la insurrección, del enojo y de la provocación, la derecha vacía de sentido cualquier forma alternativa de oposición. “Hay una rebeldía que se volvió de derecha. No porque la derecha sea rebelde, sino porque capturó el discurso de la rebeldía para que no haya lugar a ninguna otra”.
La consecuencia es una escena política sin grietas reales: el poder lo ocupa todo, incluso el lugar de quien lo cuestiona. No hay fisura posible, porque cualquier intento de disidencia queda absorbido o ridiculizado.

Santiago Díaz – Filósofo y docente de la UNMDP
El fin de la conversación
Para Díaz, esta estrategia se sostiene en una decisión deliberada: no conversar. El discurso del poder no busca persuadir ni dialogar, sino imponerse como ruido permanente. “Hay una posesión de la palabra que hace imposible la conversación. No porque no se pueda, sino porque no se quiere. Estamos en el poder, no necesitamos conversar”.
Esto choca de lleno con las tradiciones culturales y políticas que no son de derecha, históricamente ligadas al intercambio, la escucha y la discusión colectiva. La universidad, en ese sentido, se vuelve un blanco privilegiado. “No es menor el ataque a la universidad. Ahí todavía hay una potencia de pensamiento abierto que molesta, porque no se deja reducir a consignas”. La guerra cultural, entonces, no es una metáfora exagerada. Es una disputa concreta por los sentidos, los cuerpos y los territorios.
En los últimos años, la palabra guerra volvió al centro del vocabulario político. Ucrania, Medio Oriente, los conflictos geopolíticos ocupan titulares y discursos oficiales. Sin embargo, esa visibilidad es selectiva. “Hoy hablamos todo el tiempo de guerra, pero no de todas las guerras. Se habla de Ucrania, pero no de Gaza. Se invisibilizan conflictos que no convienen”.
Díaz traza paralelos entre prácticas locales y dispositivos internacionales de control —desde las razzias municipales en Mar del Plata hasta el accionar del ICE en Estados Unidos— como parte de una misma lógica territorial y disciplinaria. Para él, no se trata sólo de una guerra armada, sino de una guerra simbólica, discursiva y territorial. Y ahí aparece el concepto que articula buena parte de su reflexión: la tierra.
Tierra contra propiedad
“Lo que se está prendiendo fuego hoy no son activos económicos: son los bienes comunes”. Desde Gaza hasta la Patagonia, pasando por África o América Latina, Díaz habla de una necropolítica territorial: territorios sacrificables, vidas descartables, espacios devastados en nombre de la rentabilidad.
En ese marco, recuperar el concepto de tierra es también recuperar una conciencia situada. Pensar desde dónde estamos, con quiénes estamos y qué cuerpos están siendo afectados.

Edificios destruidos en la ciudad de Gaza.
El espectáculo como anestesia
La escena de Milei cantando mientras el país atraviesa una crisis ambiental profunda condensa, para Díaz, una lógica más amplia: la estetización de la política. “Cualquier otro dirigente, en otro momento histórico, habría pagado un costo enorme por algo así. Hoy es un sketch más dentro de su estructura de poder”.
La referencia a Walter Benjamin no es casual. Ya en 1935 advertía que el fascismo no politiza el arte, sino que estetiza la política, convirtiéndola en espectáculo y neutralizando su potencia transformadora. El resultado es un agotamiento emocional generalizado. “Nuestros cuerpos están programados, encerrados y endeudados. Y además, sobreinformados. El impacto es puramente emocional. Nos agotamos, nos saturamos, dejamos de reaccionar”.
La derecha, sostiene Díaz, entendió mejor que nadie este mecanismo. No busca convencer racionalmente: busca afectar. “La gente que banca a Milei muchas veces no sabe por qué lo hace, pero lo quiere. Y ese efecto emocional fue muchísimo más efectivo que cualquiera de nuestras explicaciones”.
Fragmentación y soledad
La pandemia aparece como un punto de inflexión decisivo. No como causa única, pero sí como acelerador de procesos. “El desmembramiento afectivo que dejó la pandemia cuenta. Hoy nadie sabe vincularse, no sabemos esperar, no sabemos escuchar”.
Ese vacío relacional es aprovechado por las nuevas derechas, que ofrecen pertenencia, identidad y enemigo en un mismo paquete. Un “nosotros” construido desde el rechazo. “Hay una unificación afectiva basada en el odio. No importa contra quién, pero odiamos juntos”.
¿Qué hacer?
Lejos de ofrecer recetas, Díaz propone una pregunta incómoda: dejar de seguir la agenda del poder. Dejar de responder a cada provocación, de señalar contradicciones que no importan, de explicar sin que nadie escuche. “Explicar no sirve cuando la gente está cansada de explicaciones”.
La alternativa no pasa por un líder ni por una consigna mágica, sino por reconstruir lo común. “No hay organización sin encuentro. No hay militancia sin cuerpo, sin afecto, sin suelo”.
Recuperar la tierra —como concepto, como práctica, como cuidado— aparece entonces como una posibilidad política. No para apropiarse, sino para encontrarse. “Cuando hay un común, el contra aparece solo. Por eso atacaron al movimiento feminista: porque había un común peligroso para el poder”.
Hoy, ese común está fragmentado. Pero no desaparecido. “Tal vez no lo estamos viendo. Y eso también es parte de lo contemporáneo: su opacidad. Pero mientras tanto, el compromiso sigue siendo ético y político: generar condiciones para que el encuentro vuelva a ser posible”.
