Bolsas de nicotina: la nueva estrategia de la industria bajo la promesa de un consumo “sin tabaco”

Durante los últimos meses, pequeños sobres blancos comenzaron a ganar presencia en kioscos y redes sociales bajo nombres comerciales atractivos y promesas de menor daño. Se trata de las llamadas bolsas de nicotina, productos que se colocan entre la encía y el labio superior y liberan nicotina de forma sostenida, sin combustión ni humo. Aunque se las promocionó como “sin tabaco”, especialistas advirtieron que esa denominación ocultó una estrategia deliberada de la industria para eludir los controles legales y sanitarios vigentes.

Las bolsas, comercializadas bajo marcas como ZYN o VELO, contienen sales de nicotina, derivadas del tabaco natural o sintético, saborizantes y rellenos industriales. Cada bolsita puede aportar entre 4 y 6 miligramos de nicotina y los envases suelen incluir más de quince unidades, lo que implica una carga total que puede superar a la de un paquete entero de cigarrillos. La sustancia se absorbe a través de la mucosa bucal y llega rápidamente al torrente sanguíneo, donde actúa sobre los receptores nicotínicos asociados al sistema de recompensa.

Lejos de ser inocua, la nicotina fue caracterizada por la comunidad científica como una droga altamente adictiva, con efectos comprobados sobre el sistema cardiovascular, el sistema inmunológico y la salud bucal, además de riesgos específicos durante el embarazo y el desarrollo cerebral en adolescentes y jóvenes. Diversos informes internacionales advirtieron que la exposición temprana a la nicotina podría afectar la atención, la memoria, el aprendizaje y el control de impulsos, y que además funcionaba como puerta de entrada al consumo de otras sustancias .

En ese marco, el abogado y docente adjunto de Medicina Legal y Toxicología de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Mar del Plata, Elvis Toto, analizó el fenómeno como parte de una lógica histórica de la industria tabacalera. Según explicó, el modelo de negocio del sector enfrentó un problema estructural: la mitad de sus consumidores moría como consecuencia del uso regular de sus productos. Esa realidad, sostuvo, “obligó a una renovación constante de personas con adicción, con un foco privilegiado en las generaciones más jóvenes”.

Desde esa perspectiva, Toto advirtió que la nicotina podría presentarse en múltiples formatos, pero que el efecto era siempre el mismo: la generación de dependencia. En su análisis, las bolsas no fueron pensadas como una herramienta para dejar de fumar, sino como un mecanismo de iniciación temprana al consumo. “Se las exhibe como si fueran golosinas, en puntos de venta accesibles, para naturalizar el contacto con la nicotina desde edades cada vez más bajas”, señaló en una intervención reciente .

Eludir la ley bajo la etiqueta “sin tabaco”

Uno de los aspectos más controvertidos fue la forma en que estos productos se insertaron en el mercado argentino. Aunque en sus documentos internacionales las propias compañías reconocieron que se trataba de productos de nicotina derivados del tabaco, en el país fueron publicitados como “libres de tabaco”, sin advertencias sanitarias visibles y con referencias a una supuesta reducción del daño. Esa estrategia les permitió esquivar la Ley Nacional 26.687 de control del tabaco, que regula la publicidad, promoción y comercialización de estos productos.

Organizaciones especializadas en salud pública advirtieron que esa presentación no solo resultó engañosa, sino que también reprodujo prácticas históricas del sector, que durante décadas negó la adicción a la nicotina y financió estudios orientados a sembrar dudas sobre sus efectos nocivos. En ese sentido, Toto recordó que recién a comienzos del siglo XXI las tabacaleras reconocieron formalmente el carácter adictivo de la sustancia, luego de años de desinformación y presión sobre la producción científica.

Jóvenes, marketing y reducción de daños

El atractivo de las bolsas de nicotina se reforzó mediante sabores frutales, empaques coloridos y una fuerte presencia en redes sociales. Esa estrategia fue señalada por organismos internacionales como un intento de reposicionar el consumo de nicotina bajo la lógica de la “reducción de daños”, un enfoque que presentó a estos productos como alternativas más seguras frente al cigarrillo tradicional.

Sin embargo, informes de la Organización Panamericana de la Salud advirtieron que no existían productos de tabaco o nicotina seguros y que la promoción de estas nuevas formas de consumo amenazaba con revertir décadas de avances en políticas de control. A nivel global, el tabaco continuó siendo responsable de más de ocho millones de muertes anuales y siguió siendo el único producto legal que, utilizado según las indicaciones del fabricante, podía matar hasta a la mitad de sus consumidores .

Otro punto de preocupación fue la práctica conocida como “stacking”, que consiste en el uso simultáneo de varias bolsas para intensificar el efecto. Investigaciones recientes indicaron que algunos adolescentes alcanzaban, en una sola sesión, dosis equivalentes a un paquete de cigarrillos, con riesgos de intoxicación aguda y consecuencias severas para la salud.

Para Toto, la discusión excedió el plano individual y remitió a una decisión colectiva: permitir que la industria avanzara sobre nuevas generaciones mediante formatos atractivos o fortalecer políticas públicas orientadas a la protección de la salud, en particular de niños, niñas y adolescentes. En ese sentido, subrayó que la evidencia científica debía ser evaluada por las autoridades sanitarias y no por las propias empresas involucradas en la comercialización. De esta manera, la expansión de las bolsas de nicotina volvió a poner en primer plano una tensión entre intereses económicos y salud pública.

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