El otoño francés: una república en crisis y un pacto social quebrado
El otoño en Francia llegó con protestas estudiantiles que nacieron en los barrios populares y ganaron las calles para reclamar por los recortes presupuestarios y el deterioro de la educación pública. Hace más de un mes, los estudiantes se enfrentan a la constante represión policial y buscan una respuesta del Ejecutivo que no sea solamente palazos.
Las movilizaciones se multiplicaron por todo el país y sumaron a estudiantes de distintas ciudades, que reclaman el depauperamiento de los establecimientos educativos. Desde el inicio del conflicto, más de 7.000 personas fueron detenidas en el marco de las protestas.
En ese marco, Portal Universidad dialogó con Eduardo “Lalo” Chávez Molina, sociólogo y docente en la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP), quien estuvo en París durante las movilizaciones estudiantiles. Para él, el pacto social se quebró y la república falló.
Históricamente, Francia concibe los reclamos callejeros como una extensión directa de la democracia. Las calles se transforman en escenario de lucha y la movilización ciudadana en un parlamento informal que hace contrapeso al poder presidencial.
En mayo de 1968, la inconformidad de una juventud que exigía la libertad absoluta y una reforma de un sistema universitario masificado y autoritario estalló en la Universidad de París en Nanterre, como punto de partida de una histórica movilización. En 1986, la comunidad estudiantil salió de nuevo a las calles desde las universidades de París, Dijon y Caen, en reclamo al proyecto de la “Ley Devaquet”, una reforma educativa que pretendía privatizar indirectamente las universidades. Ambas movilizaciones afloraron de prestigiosas casas de estudio.
A diferencia de esos antecedentes, la movilización de este año comparte con la de 2005 su origen en sectores populares. En 2005, el reclamo estudiantil nació en el Lycée Maurice Utrillo, un instituto profundamente popular y de clase trabajadora. Este año, se gestó entre jóvenes de secundarias muy marginadas y su reclamo fue ascendiendo hacia distintos sectores sociales, hasta extenderse a los grandes centros del país. “Lo más interesante es que no nació en las escuelas emblemáticas, sino en una escuela perdida de una zona pobre”.
Y agregó que “las generaciones anteriores peleaban por reformas específicas. La de ahora es directamente contra la descomposición cotidiana. Hay un deterioro material de la educación pública francesa”.
Todo explotó el 21 de septiembre. Las protestas comenzaron en el liceo de Saint-Exupéry, ubicado en Créteil, al sur de París. La institución se encuentra en un barrio popular y obrero de la ciudad. En medio de una situación crítica, la escuela se desmorona de a poco bajo el peso del abandono.
En esta línea, Chávez Molina indicó: “Luego se expandió al 30 o 40 % de las escuelas secundarias de Francia. El primer mundo también tiene problemas, quizá menores que los nuestros, pero problemas al fin: transporte, dificultades de acceso, trenes repletos, escuelas deterioradas. Todo eso se convirtió en un caldo de cultivo. El mensaje político mezcló la denuncia con la acción”.
Acorralado por la deuda pública y con las elecciones en la puerta de casa, el Gobierno francés presentó un proyecto de presupuesto para 2027 que contempla un ajuste fiscal de 54.000 millones de euros. La decisión no sentó bien entre los estudiantes y profesores que asisten a establecimientos despojados de toda dignidad. “Lo que se presenta como lo más novedoso es dejar de invertir o disminuir fuertemente la inversión en educación y salud. El bloqueo empezó inmediatamente después del anuncio público de la reducción presupuestaria”, explicó.
La represión policial se convirtió en un mensaje político y en un castigo. La respuesta del Estado siempre fue bruta. La de los jóvenes fue la defensa. “El primer acto de movilización generó un nivel de represión inmediato. Hay que pensar que era el grupo más joven de los estudiantes secundarios. Era muy chocante. La forma en que pegaba la cana se transformó claramente en una diseminación de lo que estaba pasando”.
En ese sentido, señaló: “La única respuesta del Estado ha sido represiva, pero con una particularidad: no es una represión orientada a contener un desmán, sino que tiene la lógica del castigo, como la de un padre medieval que castiga a golpes a su hijo. Eso también alimenta que muchos jóvenes respondan violentamente a la policía”.
En cuestión de días, el reclamo se propagó por todo el país. De Créteil a París y de París a Marsella, cruzó todo el territorio galo. En Estrasburgo, la policía utilizó gases lacrimógenos para dispersar a los participantes. “¿Dónde se producen los mayores deterioros de las escuelas? En las barriadas más populares. ¿Dónde se concentra la represión? En esos mismos barrios, como Saint-Denis y sus alrededores. Son pibes marginados dentro del sistema educativo: están escolarizados, pero en las escuelas más deterioradas. Y cuando protestan, los castigan. Esos fenómenos sociales dejan huellas imborrables para toda la vida”.
Asimismo, el sociólogo afirmó que “el estudiante golpeado recibe, además, una especie de estigmatización positiva. Queda la imagen del individuo valeroso que puso el cuero frente a los golpes. Muchos de los golpeados fueron a defender a otro, a alguien más débil. El inicio del movimiento es profundamente popular, y eso lo diferencia de otros movimientos sociales. Llama la atención que los repriman con tanta violencia, pero también que son pibes que ya viven la represión cotidiana”.
A fines de septiembre e inicios de octubre se desataron las marchas más convocantes e intensas del proceso, que marcaron el punto de mayor tensión en las calles. La relación entre los estudiantes y la fuerza policial, que en realidad nunca existió, quedó reducida al impacto crudo de los palazos policiales y a la firme resistencia estudiantil. Más de 450.000 manifestantes reclaman en distintas ciudades. “El tema de la violencia policial hizo que las manifestaciones crecieran. El remedio fue al revés. No sé quién habrá pensado que, reprimiendo a pibes tan jóvenes, esto se iba a calmar. La idea del castigo es meter miedo”.
El balance oficial del Ministerio de Justicia registró 7.950 personas detenidas desde que estalló el conflicto a mediados de septiembre. “Es verdad que a la mayoría los liberan inmediatamente, pero hay que pensar que son pibes muy jóvenes. Cuando detienen a uno durante una movilización, también sacan de la calle a su familia: sus padres, sus hermanos, que van a estar detrás de él para conseguir que lo liberen. Sus compañeros más cercanos también dejan de movilizarse porque van a la comisaría o a la casa de sus padres. Un pibe preso puede dejar a diez personas fuera de la movilización. Si detenés a 7.000, el efecto puede alcanzar a 70.000 personas”.
Paradójicamente, ante la crítica constante en las redes sociales que las señala como culpables de desconectar a los jóvenes de la sociedad, estas movilizaciones rompieron ese molde. Las redes sirvieron de aparato organizativo para que cada estudiante de los distintos liceos reflejara en las calles sus particularidades. “Las plataformas que funcionan son Snapchat, TikTok e Instagram. Cada escuela muestra los problemas que tiene. Los partidos políticos están presentes, pero no con sus banderas”.
En esta línea, el sociólogo añadió: “Estos pibes se sintieron más fuertes porque el 29 de septiembre hubo una marcha de trabajadores públicos, maestros y bomberos. Los estudiantes sintieron que no se trataba de un capricho generacional, sino de una demostración de que había una crisis sistémica en Francia. Una crisis sistémica también tiene que ver con el vínculo entre educación y empleo, que en Argentina también está roto. La convergencia es lo que más miedo le da al gobierno actual”.
No hay líderes tradicionales. La resistencia se desplegó de forma totalmente descentralizada. Se consolidó así una fuerza estudiantil colectiva, acompañada por sus pares con absoluta autonomía, en una demostración de voluntad compartida frente al conflicto. “El debilitamiento de los partidos políticos genera que estas organizaciones sean muy espontáneas y que el espíritu asambleario de la escuela predomine sobre la lógica de los partidos de coordinar la movilización. La capacidad plural del movimiento estudiantil francés es realmente loable”.
Del igual modo, aparece Elwan Benoît, adolescente de 17 años, como el Dany Cohn-Bendit, la leyenda de mayo del 68. Benoît estudia en el instituto público Jacques Decour, en París, y se convirtió en la figura mediática de esta movilización estudiantil. En una de sus entrevistas, el joven señaló: “Todo arde a nuestro alrededor, pero lo que realmente arde es nuestro corazón. Es un sistema de presión y de encierro, donde los alumnos no tienen absolutamente ningún derecho, salvo el de callarse y sufrir en silencio”.
La formación académica ya no garantiza dignas oportunidades laborales. El profesional planteó: “Hay un quiebre del pacto social. La promesa era: ‘Esforzate, conseguí un título y vas a obtener un buen empleo’. ¿Qué pasa ahora? Me esfuerzo, obtengo el título, pero ya no me diferencio y hay empleos precarios. La promesa simbólica se quiebra”.
El problema es estructural. El deterioro y la ruptura de la educación tiene explicaciones sistémicas claras. El Estado se desatiende, desregula las condiciones laborales más protegidas y apuesta por salidas más precarias y flexibles. “Se produce un desencanto democrático enorme, porque la democracia no logra procesar este tipo de conflictos. Se empieza a romper el esquema de integración social”.
Del mismo modo, Chávez Molina dijo: “Hay una ruptura de lo que implica una república: no solo la división formal de poderes, sino la garantía de derechos políticos, sociales, económicos y laborales. Cuando estos no están garantizados, se generan problemas”.
Ya establecido octubre, la escala del conflicto llegó a su punto más crítico cuando más de una cuarta parte de los institutos de secundaria de toda Francia, un total de 1.027 centros, se sumaron activamente a las protestas. El Gobierno intentó frenar el avance clausurando preventivamente unos 400 establecimientos y prohibiendo cualquier tipo de manifestación en sus alrededores.
Sin embargo, las protestas se mantuvieron firmes en otros 736 establecimientos. El Gobierno aún no mostró voluntad de cambio. “Los pibes no están planteando una revolución social ni una reforma sistémica. Están diciendo que pongan la plata donde tiene que estar: en la reconstrucción. Piden reconstruir el pacto social y de convivencia, porque esa es la idea de la república”.
El deterioro de las condiciones educativas y la respuesta represiva ante los reclamos estudiantiles expresan un problema que trasciende el ámbito escolar. “Francia está avanzando hacia condiciones de desintegración social y moral. Social, por las desigualdades; moral, porque deja de importar lo que les pasa a los pobres. Cuando los estudiantes reclaman, reciben golpes. Las pequeñas inversiones se transforman en palos”.
Vivir la protesta
El clima de tensión escaló. Las calles se pusieron complicadas. “Lalo” vivió en París una situación que sirve como reflejo del ambiente. “La situación más sintomática ocurrió durante una de las marchas estudiantiles más grandes, la del 6 de octubre. Llegué tarde con unos colegas y fuimos por un boulevard. Son dos plazas, República y Nación, unidas por un boulevard llamado Voltaire. Llegamos justo a las últimas filas de pibes y a la primera fila de policías, todos con escudos”, relató.
Además, contó que “lo particular era que los policías caminaban más rápido que nosotros. Entonces, a los que quedaban atrás los empujaban con los escudos. Son cosas que te enojan, porque hay algo irracional en uno”.
Con dinámicas distintas, pero por el mismo reclamo, la comunidad estudiantil de Argentina y Francia se pronuncian en las calles. “Hay una diferencia entre las movilizaciones argentinas y las francesas. En Francia, el deterioro es paulatino, pero en términos históricos es reciente, a diferencia del nuestro, que es continuo. Su nivel de tolerancia al deterioro es menor que el que tenemos nosotros. En las marchas francesas, la policía te pega y va decidida a hacerlo”.
En ese sentido, Eduardo Chávez Molina concluyó: “Es la marca corporal de la política: cuando la política te marca el cuerpo con gases lacrimógenos, detenciones o fracturas. En cierta medida, cuando un país te castiga, la república deja de pertenecerte”.







