Alexandra Kohan: “El saber tranquiliza, y por eso también es un gran negocio”

La escena es cotidiana y, al mismo tiempo, reveladora: un carrito que recorre la playa cargado de libros. No es una librería especializada ni una mesa de novedades curada por un editor, sino un muestrario espontáneo de consumos culturales estivales. Títulos de autoayuda, promesas de bienestar inmediato, fórmulas para “superarse”, recetas para ordenar la vida en pocos pasos.

Desde esa postal, aparentemente menor, parte la conversación con Alexandra Kohan, invitada al Festival MarPlaneta, para pensar qué dice este fenómeno sobre nuestra época, qué lugar ocupa hoy el psicoanálisis frente a esos discursos tranquilizadores y cómo se articulan estas lógicas con el individualismo contemporáneo y la política actual.

Alexandra Kohan es psicoanalista y docente de posgrado. Es magíster en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es autora de Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019), Y sin embargo, el amor. Elogio de lo incierto (2020), Un cuerpo al fin (2022) y El sentido del humor (2024).

—Cuando uno mira qué libros se venden en la playa, aparece con mucha fuerza la autoayuda. ¿Qué lectura hacés de ese deseo de superación individual que genera tanta demanda hoy por hoy?

—La autoayuda existió toda la vida. Es irónico que se llame así cuando, en realidad, tenés que comprar el libro de otro. O como decía Leo Masliah: autoayuda para el autor. Siempre hubo discursos de ese tipo, y en general son muy tranquilizadores, muy consoladores. El problema es el fracaso de esa lógica, porque el lema es “querer es poder”. Si querés, vas a poder. Y si yo pude, vos también vas a poder. Eso desconoce completamente la dimensión social en la que alguien está inserto. No somos todos iguales ni tenemos las mismas condiciones de existencia.

—¿Ahí aparece tu mayor crítica?

—Sí, porque esos libros suelen proponer una misma solución para todos ante el mismo problema. Apelan a la voluntad, a lo voluntario, como si alguien no pudiera salir de una depresión porque no quiere. Lo que más me preocupa hoy no es la autoayuda como género, sino una especie de homogeneidad en lo público, donde ya no se distingue qué es autoayuda y qué es otro tipo de discurso.

—¿A qué te referís con esa homogeneidad?

—A que hoy hay muchísima gente sosteniendo discursos de autoayuda sin nombrarlos como tales. Circulan en redes, en TikTok, en Instagram, especialistas —o supuestos especialistas— que te dicen qué hacer con todo. Eso no deja de ser el formato de la autoayuda, pero diluido, escondido muchas veces bajo el prestigio. Incluso hay psicoanalistas que hablan públicamente desde lugares que son claramente de autoayuda. Antes uno podía identificar el género: “Tus zonas erróneas”, “Las mujeres que aman demasiado”. Hoy está todo mezclado, y eso es más preocupante.

—¿Por qué te parece más grave ahora?

—Porque tiene que ver con el modo de circulación del saber en lo público. Da lo mismo un científico que cualquiera que se pone frente a una cámara a hablar de vacunas. No hay distinción de posiciones enunciativas. Está todo corrido. Hay una fascinación por las posiciones de saber. El saber tranquiliza, y además es un gran negocio. Es marketing. Mostrarte sabiendo algo vende.

—Y ahí marcás una diferencia fuerte con el psicoanálisis.

—Totalmente. Para mí el psicoanálisis es una práctica del no saber. Que haya tantos psicoanalistas públicamente “sabiendo” me hace sospechar. Explicar cómo vivir, con la biblioteca atrás, es un gran aliado de la autoayuda y del negocio personal. También es un síntoma de una época muy marcada por el individualismo: el uno y el resto por otro lado.

—¿Ves también ese sesgo individualista en la conducción política?

—Sí, pero no como algo que se haya trasladado ahora a la política, sino al revés. Yo diría que este tipo de gobierno es un efecto de algo que ya estaba antes. Milei —o lo que Milei representa— no es la causa, es el efecto. No viene a romper nada, viene a evidenciar que eso ya estaba roto. Un presidente que tuitea igual que cualquiera de nosotros es posible porque esa lógica ya existía. La idea de que cualquiera puede hablar de cualquier cosa, ocupar cualquier lugar de enunciación, decir lo que sea sin mediaciones, ya estaba instalada. Por eso es posible este modo de hacer política. No es una irrupción, es una consecuencia.

Me parece importante correrse de la idea de que hay un antes ordenado y un después caótico. Lo que hay es una continuidad de ciertos discursos que ya venían circulando: el rechazo a la mediación, a la autoridad simbólica, a la idea de interlocución. Todo eso ya estaba presente en lo social, en las redes, en los modos de vincularse. La política, en ese sentido, no hace más que poner en escena algo que ya venía funcionando así.

“El analista no es un filántropo desinteresado”

—En ese contexto aparece tu próximo libro, dedicado al dinero. ¿Cómo surge?

—Los temas se me ocurren. No es que diga “ahora voy a escribir sobre esto”. Empiezo con una nota, una columna, y el libro es un efecto de muchas cosas. Pensándolo ahora, creo que las ideas siempre surgen en un contexto determinado, y el dinero es un tema muy actual.

—¿Desde qué lugar lo abordás?

—Como siempre, es un tema enorme. El desafío es el recorte. Hay una dimensión específica: qué tiene el psicoanálisis para decir sobre el dinero. Y después, cuestiones de época y cosas personales: la historia del dinero en mi familia, mi relación con el dinero. No renuncio a aparecer involucrada en lo que escribo. Si no, vuelve la figura del especialista que te viene a enseñar.

—¿Y cómo describirías tu relación con el dinero?

—No es siempre la misma, como en todas las vidas. Pero creo que uno va pasando por distintas relaciones hasta llegar a cierta tranquilidad. No hablo de tener o no tener, sino de las formas de dar, recibir, regalar. Eso atraviesa el amor, la amistad, los vínculos. El libro no es solo sobre el dinero material, sino sobre esa economía libidinal.

—¿Qué sería, entonces, una buena relación con el dinero?

—No hacer cuentas. No estar midiendo: yo te llamé, vos no; yo di más, vos diste menos. Que la cosa circule y se trabe lo menos posible. Ese es un gran lugar, de menos inquietud.

—¿Y sentís que hoy estás ahí?

—Sí, y por eso puedo escribir este libro ahora. Estoy bastante desprendida de los cálculos. Si estuviera muy enroscada, no podría escribir. Además, hay algo importante: pagar y cobrar no son acciones naturales. En el análisis, por ejemplo, el dinero no funciona como una mercancía. Los honorarios cumplen otra función, y tanto pacientes como analistas nos hacemos lío con eso. Freud decía que el analista no tiene que hacerse el filántropo desinteresado. Esto también es un trabajo.

“Me da pena la legitimación social que tienen discursos que desprecian la educación”

—Para cerrar, sos una voz muy ligada a la educación pública. ¿Cómo ves el momento actual?

—A mí lo que me da mucha pena es la legitimación social que hoy tienen discursos que desprecian la educación. Docentes mal pagos hubo siempre, durante casi toda la historia de este país. Hubo apenas un momento en el que estuvimos relativamente bien pagos, pero en general la precariedad fue la regla. La novedad de este momento no es solo el ajuste o el recorte, sino que esos discursos ahora están socialmente habilitados.

Antes también existían sectores reaccionarios que decían “que vayan a laburar” cuando uno hacía paro, pero hoy ese discurso está mucho más legitimado. Está habilitado decir que los docentes somos vagos, que la universidad no sirve, que estudiar no vale la pena. Aparece esta idea de que es mejor invertir en criptomonedas que ir a la universidad, que la educación es una pérdida de tiempo. Eso para mí es nuevo y muy preocupante.

El desprestigio de la educación y de la cultura, con este nivel de aceptación social, cambia completamente el escenario. Porque entonces, ¿qué margen queda para la lucha salarial? Muy poco. El paro deja de importar, todo sigue igual. El recorte presupuestario en educación y cultura se vuelve más fácil cuando hay una legitimación social previa que lo avala. Eso es lo que me resulta más triste: no solo el ajuste, sino el consenso que lo sostiene.

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1 Respuesta

  1. #YO dice:

    capa absoluta Alex K

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