La adultez cada vez más postergada: el 38,3% de los jóvenes argentinos no logra independizarse
Las preguntas se repiten, pero las respuestas ya no son tan evidentes. En términos legales, en Argentina la mayoría de edad se alcanza a los 18 años. Sin embargo, convertirse en adulto no parece ser un proceso automático. La adolescencia, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se extiende aproximadamente entre los 10 y los 19 años. Pero en la práctica social, el tránsito hacia la adultez se ha vuelto más complejo y prolongado.
La adultez emergente: una etapa intermedia
En el año 2000, el psicólogo estadounidense Jeffrey Arnett propuso el concepto de “adultez emergente” para describir una etapa intermedia entre la adolescencia y la adultez plena, que se extendería aproximadamente entre los 18 y los 29 años.

Jeffrey Jensen Arnett, profesor del Departamento de Psicología de la Universidad Clark en Massachusetts
Según su teoría, en las sociedades modernas los jóvenes ya no realizan una transición directa hacia la estabilidad laboral, económica y familiar, sino que atraviesan un período de exploración e inestabilidad.
La licenciada en Psicología Celina Gianotti, graduada de la Universidad Nacional de Mar del Plata y especializada en adolescentes y jóvenes adultos, lo explica de forma clara: “Se refiere a una etapa que está entre la adolescencia y la adultez, en donde lo que predomina es la incertidumbre en cuanto a la búsqueda del futuro. Generalmente coincide cuando se termina la secundaria: ¿Qué hago? ¿Estudio? ¿Trabajo? ¿De qué trabajo? ¿Qué voy a hacer en mi futuro?”
La especialista agrega que esta etapa también puede reaparecer al finalizar una carrera universitaria: “Ya estudié, ya terminé, ya me recibí, ¿y ahora qué? Es una búsqueda exploratoria y de terminar de conformar la identidad de hacia dónde voy”.
De acuerdo con Arnett, esta fase se caracteriza por cinco rasgos:
- Exploración de la identidad.
- Inestabilidad.
- Autoafirmación.
- Sensación de estar “entre dos mundos”.
- Múltiples posibilidades abiertas hacia el futuro.
Un cerebro en transformación
La transición no es solo social o económica: también es biológica. El biólogo y genetista David Bueno explica que durante esta etapa el cerebro atraviesa un proceso profundo de maduración. “Es una época de cambio radical. Pasan de depender de sus padres para todo a proyectar una vida propia. Eso es un proceso de maduración impresionante para el cerebro”, señala.
Bueno describe un fenómeno conocido como “podado neuronal”, mediante el cual el cerebro elimina conexiones que no utiliza y fortalece las que sí. “Es la época en que madura la capacidad de raciocinio y el control emocional. Madura por ensayo y error. A veces parecen desorientados. Y lo están. Porque están construyendo nuevas conexiones”, explica.
Según el especialista, el descontrol emocional no es un retroceso, sino parte del aprendizaje. “Lo importante es que, a medida que pasan los años, haya cada vez menos descontrol y se vaya ajustando a comportamientos más adultos”.
Independencia económica: el gran obstáculo
En Argentina, la transición hacia la adultez también está condicionada por factores estructurales. En un contexto de elevada precarización y dificultades para acceder a un empleo, en 2025, el 38,3% de los jóvenes de entre 25 y 35 años no logró independizarse en Argentina. Así se desprende de datos de Tejido Urbano, y explican que 1,8 millones de jóvenes adultos continúan viviendo en el hogar de origen, postergando su autonomía residencial.

La desocupación juvenil, entre las personas de 14 a 29 años, registró incrementos significativos, con subas de 3,0 puntos porcentuales en mujeres y de 3,7 puntos en varones en la comparación interanual. Pero no se limita solamente a cuántas personas jóvenes trabajan, sino a cómo y en qué condiciones lo hacen. Según datos de la EPH e INDEC, casi siete de cada diez jóvenes ocupados trabajan en condiciones informales.
Para Gianotti, estos factores inciden directamente en la percepción de adultez: “Es común que las personas entre 18 y 30 años no se sientan adultas por varios motivos. La independencia económica es uno de los principales. Terminamos el secundario a los 18, elegimos una carrera que puede durar cinco o seis años, y hasta que logramos cierta estabilidad pueden pasar varios años más”.
La especialista también señala el rol de las dinámicas familiares: “A veces, con la intención de evitar frustraciones, las familias resuelven demasiado por los hijos. Eso puede generar menos herramientas para afrontar decisiones propias de la adultez”.
Presión social y salud mental
Históricamente, ciertos hitos, como terminar los estudios, conseguir un trabajo estable, mudarse solo y formar una familia, marcaban el inicio de la adultez. Hoy, muchos de esos hitos se postergan o se reformulan. Esta tensión impacta en la salud mental, los estudios recientes indican altos niveles de ansiedad en jóvenes frente a la incertidumbre laboral y económica. La presión por cumplir expectativas sociales y familiares puede generar sensación de atraso o fracaso.
Sin embargo, los especialistas coinciden en que esta percepción no necesariamente refleja una falta individual, sino condiciones estructurales que modificaron los tiempos. La adultez, entonces, ya no parece ser un punto fijo al que se llega por cumplir años. Es un proceso atravesado por variables económicas, sociales, familiares y biológicas.
Crecer en tiempos inciertos
En Argentina, casi un tercio de la población corresponde a jóvenes en edad laboral. Sin embargo, su inserción efectiva en el mercado formal es limitada, y esta contradicción entre peso demográfico y precariedad laboral obliga a repensar las transiciones.
Para Bueno, el proceso de maduración emocional necesita tiempo y acompañamiento. Para Gianotti, la construcción de identidad es progresiva y no lineal. Por eso crecer hoy no significa cumplir automáticamente con determinados hitos, sino construir autonomía en un contexto cambiante.
Entonces la adultez no llega de un día para el otro. Y quizás la pregunta no sea exactamente cuándo empieza, sino cómo se construye.
