Se cumplen 40 años de la primera Asamblea Universitaria de la UNMDP
En abril de 1986, la Universidad Nacional de Mar del Plata eligió por primera vez a su rector a través de una Asamblea Universitaria democrática. El arquitecto Javier Rojo fue electo en una instancia que marcó el inicio del cogobierno universitario.
¿Qué es la Asamblea Universitaria?
La Asamblea Universitaria es el máximo órgano de gobierno de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Entre sus funciones principales se encuentran la toma de decisiones de gran trascendencia institucional, como la elección de rector o rectora, la reforma del Estatuto universitario y la creación de nuevas Unidades Académicas.
En ese marco, uno de los hitos más relevantes de su historia fue la modificación del Estatuto que formalizó la representación del claustro nodocente en los máximos órganos de decisión de la UNMDP, ampliando la participación dentro del cogobierno.
La Asamblea está integrada por doce representantes por cada Unidad Académica: seis docentes, dos graduados y cuatro estudiantes. A ellos se suman tres representantes del cuerpo docente de las instituciones de enseñanza preuniversitaria y tres del claustro nodocente.
Quienes se desempeñan como asambleístas ejercen su función por un período de dos años, con posibilidad de ser reelegidos de manera indefinida.
Memorias de una conquista democrática
“Los ruidos de militancia y de debate político empezaron en el 82 con Malvinas. Ese fue el punto de inflexión, porque eran muchos compañeros nuestros que iban a la guerra”, recuerda Estela Fernández Puentes, docente de la Facultad de Derecho, quien fue asambleísta por el claustro estudiantil.
Con el retorno democrático, la participación política dejó de ser una expectativa para convertirse en una posibilidad concreta. “Ya había ganado Alfonsín, se estaba normalizando la universidad y sabíamos que iba a haber una elección de la cual íbamos a participar. Cuando entendimos el cogobierno de los tres claustros dijimos: entonces nosotros vamos a elegir las autoridades de la universidad y de la facultad”, agrega.
“Nos hicimos cargo de eso. Nos cargamos la facultad y la universidad al hombro. Había que hacer mucho: que los estudiantes tengamos voz, voto y acción en la gestión universitaria. Hasta ese momento ni centro de estudiantes había. No había apuntes, no había fotocopias, no había nada. Hacíamos todo desde cero, con el mimeógrafo, llenándonos de tinta, pero nos divertíamos muchísimo”, cuenta.

Archivo Diario La Capital Mar del Plata
El clima previo a la Asamblea Universitaria de 1986 combinaba intensidad política con sensación de protagonismo generacional. “Estábamos exultantes. Éramos parte, no periférica. Había que democratizar la universidad, hacer concursos, terminar con las cátedras vitalicias” recuerda Fernández Puentes.
Las crónicas de la época describen una “asamblea intensa”, con fuerte presencia de agrupaciones estudiantiles y definiciones anticipadas por parte de los distintos sectores. En ese clima de movilización se fueron consolidando los apoyos que anticiparon el resultado. La discusión sobre la modalidad del voto condensó tensiones más amplias sobre el carácter del órgano de gobierno y el rumbo institucional de la universidad en esta nueva etapa democrática.
En ese contexto, la propuesta de Javier Rojo se posicionaba como un punto de inflexión para la universidad. En diálogo con El Atlántico el mismo día de la votación, planteaba: “En este momento está por concluir una etapa de normalización, que podemos definir como la primera. Desde las próximas horas comenzará una más profunda que marcará los perfiles de la universidad que queremos”.
Políticamente alineado con los principios de la Reforma Universitaria de 1918, concebía “una institución dinámica, participativa, donde la investigación y la extensión se articulen con la docencia y donde el conocimiento se oriente a dar respuesta a las necesidades sociales”. En esa línea, reforzaba el sentido público de la educación superior: “La universidad debe funcionar con un claro compromiso con la sociedad, promoviendo la formación de profesionales capacitados y conscientes de su rol en la transformación social”, concluyó.
Por su parte, Fernando Coppari, docente de la Facultad de Derecho y también asambleísta estudiantil en aquel momento ubica su recorrido en los primeros años de la década del 80 “Ingresé en el año 80 a la Facultad de Derecho, sin muchas más expectativas. En los 80 algunos partidos políticos hacían reuniones de pocas personas. Ahí comencé a tener contacto con las ideas del reformismo. El cogobierno era una de las propuestas. Si bien era de imposible cumplimiento inmediato, sabíamos que era un claro e irrenunciable objetivo para militar”.
Cuando finalmente llegó la instancia de la Asamblea Universitaria, la carga simbólica era evidente. “Teníamos en la Asamblea la oportunidad de elegir al rector por convicción y acuerdo de todos los sectores que representábamos al amplio espectro universitario. Por lo tanto, la sensación era de convicción, compromiso, expresión reformista, vocación política, madurez, pluralismo, calidad educativa y, lejos de parecer frívolo, de inmensa alegría”.
Asambleístas Universitarios 1986
Los 96 integrantes de la Asamblea Universitaria donde se eligió Rector de la UNMDP por primera vez de forma democrática, fueron los siguientes:
Carlos A. Abruza; Amelia T. Ambros; Valentín Amorebieta; Blas Aurelio Aprile; Patricia Aramburu; Gregorio Arendar; Jorge L. Battistella; Francisco Bedmar; Enrique Best; Mirta Bonfiglio; Marta A. Budiño; Jorge Canneva; Graciela Calderone; Roberto Hugo Capelli; Jorge R. Castro; Guillermo Cicalesi; Estela Civit; Ana Cocciolone; Jorge O. Colimodo; José María Conte; Fernando R. Coppari; Jesús Correa Aragunde; Liliana C. Delgado; Oscar Di Losa; Carlos Di Luca; Martín Eguarás; Hugo N. Fascinato; María de las Mercedes Fasinato; Graciela Fernández; Juan Manuel Fernández Daguerre; Pablo Galliano; Elena Ghibaudi; Adela Giménez; Jorge O. Giménez; Marcela Giménez; Claudia V. Girola; Marta González; Liliana Hidalgo; Carlos A. Katz; Hilda A. Larrondo; Adriana Larsen; José M. Leonardi; Pedro V. López; Néstor O. Maceira; Ariel H. Magnoni; Ana M. Martín; Rubén Martínez; Carlos Martínez Braggio; Leonardo L. Mateo; María C. Mazacane; Amelia McQueen; Gabriel Meitín; Adrián Mella; Graciela Messina; Leopoldo Montes; Ottorino O. Mucci; Elena Muñoz; Alejandro Novacovsky; Mariana C. Nortman; Juan O’Donnell; Francisco M. Olivo; Héctor Otero; Roberto O. Pagni; Carlos A. Parajón; Claudio Pasolini; Alicia Patrizi; Sergio Pelinski; Fernando Peluffo; Jorge D. Petrillo; Daniel Pisoni; José L. Porrúa; Emilio Radresa; Adriana Ristol; Jorge O. Robuschi; Claudia Rodríguez; Rodolfo A. Rodríguez; Gabriel A. Saggese; Adalberto O. Sánchez; Héctor S. Santini; Luis Santos; Ida D. Scarabicchi; Encarnación Sicard; Jorge A. Sikora; Mario J. Statti; Julio Steffan; María Cristina Targhini; Juan R. Tellechea; Mónica Tellechea; Gustavo Torres; Daniel Ursino; Abel O. Valderrey; Félix Vega; Hernán Vela; Griselda S. Vicens; Roberto Williams y Ana del C. Yeannes.
El foco en el presente del movimiento estudiantil
A 40 años de aquella experiencia, ambos entrevistados plantean una mirada sobre el rol que debe ocupar hoy el movimiento estudiantil universitario. “La generación nuestra tuvo que madurar por obligación. La generación anterior había sido diezmada por la dictadura y la que la precedió estaba descreída. Los militantes del movimiento estudiantil hoy nacieron en democracia, acostumbrados a lo que viene dado y debilitados en intención por los errores propios de la democracia”, plantea Coppari.
“El movimiento estudiantil hoy debe tener independencia en el debate de la política universitaria y llevar una propuesta propia al resto de los sectores. El debate debe incluir una redefinición de los principios reformistas, no porque hayan fracasado, sino porque la educación en democracia ha cambiado y la sociedad es cada vez más desigual”, agrega.
Y advierte “Jamás puede entenderse ni perdonarse al estudiante que pretende representar al movimiento y no actúa con vocación, conocimiento, pensamiento crítico, compromiso y rebeldía. El movimiento estudiantil debe honrar al siglo del conocimiento”.
En la misma línea, Fernández Puentes cierra “Es una responsabilidad maravillosa. Cuando uno tiene un mandato de representación, tiene que saber para qué gestiona, con proyectos académicos, con seriedad, sin demagogia y con transparencia. En esa asamblea sembramos la universidad que tenemos hoy. Pasamos de ser 50 estudiantes por año a tener una universidad con récord de inscriptos. Es un orgullo, y en este contexto hay que defenderlas”.
