Redes sociales diseñadas para ser adictivas: histórico fallo contra Meta y YouTube
Por primera vez en Estados Unidos, un jurado determinó que Meta Platforms y YouTube fueron negligentes en el diseño de sus plataformas y responsables por los daños sufridos por una joven usuaria. El fallo marca un precedente global al poner en cuestión el impacto de las redes sociales en la salud mental de niños y adolescentes.
El dictamen ocurrió el pasado 25 de marzo en Los Ángeles y podría sentar un precedente en torno a la responsabilidad de las grandes plataformas digitales. Tras más de 40 horas de deliberación y nueve jornadas de audiencias, el veredicto concluyó que Meta Platforms y YouTube incurrieron en negligencia al diseñar sus sistemas, y que esa conducta tuvo un papel determinante en los perjuicios sufridos por una joven de 20 años identificada como K.G.M.
Según el fallo, ambas compañías fueron responsables de decisiones de diseño que, de acuerdo con la demanda, incentivaban patrones de uso compulsivo. En consecuencia, el jurado dispuso una indemnización total de seis millones de dólares, la mitad en concepto de daños compensatorios y la otra mitad como daños punitivos, distribuidos en un 70% a cargo de Meta y un 30% de YouTube.

La demanda se había iniciado en 2023, cuando K.G.M tenía 17 años. En su declaración, relató que comenzó a utilizar YouTube a los seis años y que abrió su primera cuenta de Instagram a los nueve, antes de la edad mínima requerida. Con el paso del tiempo, sostuvo que el uso intensivo de estas plataformas impactó negativamente en su vida diaria, generándole ansiedad, depresión y trastornos de la percepción corporal, además de pensamientos autolesivos. Durante el juicio, la joven describió cómo el tiempo dedicado a las redes sociales llegó a desplazar otras áreas de su vida, incluyendo actividades recreativas, vínculos personales y rutinas cotidianas. También señaló consecuencias en su desempeño escolar, su descanso y su bienestar general.
El interrogante de este caso está en ¿las redes sociales son adictivas? ¿Cómo afecta su uso a la salud mental de los jóvenes? ¿Cambiará algo luego de este fallo histórico? Para ampliar sobre el tema, dialogamos con el Decano de la Facultad de Psicología de la UNMDP, docente e investigador Juan Pablo Issel y con el docente e investigador, Joaquín Simón
El punto clave es el diseño, no el contenido
Durante años, las grandes empresas tecnológicas se ampararon en dos pilares legales: la Primera Enmienda de Estados Unidos, que protege la libertad de expresión, y la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones, que limita su responsabilidad sobre los contenidos publicados por usuarios.
Sin embargo, en este juicio la estrategia fue distinta, ya que la discusión no giró en torno a lo que se publica, sino a cómo están diseñadas las plataformas. Los abogados pusieron el foco en las estructuras y mecanismos que incentivan el uso constante. En ese sentido, el letrado Mark Lanier sostuvo que estas herramientas responden a una “ingeniería de la adicción”, pensada para captar y retener la atención, especialmente en usuarios jóvenes.
Simón e Issel hacen un paralelismo con los juicios del tabaco y la responsabilidad empresarial: “al igual que las tabacaleras, que ocultaron evidencia de cáncer y adicción durante décadas, Meta y Google conocían los riesgos, en base a estudios internos sobre ansiedad, depresión y dismorfia corporal, pero priorizaron el engagement sobre la seguridad”.

El “engagement” es el término que utilizan las plataformas para medir el nivel de interacción de los usuarios. Se realiza en base al tiempo de uso, “likes”, comentarios, compartidos y permanencia en las plataformas. Este indicador no es casual, sino que se construye deliberadamente a partir de recursos como el scroll infinito, la reproducción automática, las notificaciones y los algoritmos de recomendación, junto con sistemas de recompensa variable similares a los de las máquinas tragamonedas. El objetivo es maximizar el tiempo en pantalla, ya que el modelo de negocio se basa en la publicidad, ya que a mayor engagement, mayor ingreso.
Durante el juicio, figuras como Adam Mosseri y Mark Zuckerberg sostuvieron que el engagement es un reflejo del “valor” que los usuarios encuentran en las plataformas. En esa línea, argumentaron que incluso un uso intensivo de hasta 16 horas diarias no constituye una adicción clínica, sino, en todo caso, un “uso problemático”.

Las compañías rechazan sistemáticamente la noción de adicción porque admitirla implicaría reconocer fallas en el diseño y exponerse a un aluvión de demandas. “Más que culpabilizar conductas individuales, el debate debería enfocarse en las condiciones estructurales, en la responsabilidad de los modelos de negocio y en cómo configuramos socialmente los entornos en los que se desarrollan las nuevas generaciones” declaró Joaquín Simón, explicando además que el engagement no es un indicador neutral cuando se prioriza por encima del bienestar de los usuarios, puede traducirse en efectos negativos a escala social.
“Las plataformas compiten por tiempo, interacción y permanencia, y organizan la experiencia juvenil alrededor de métricas visibles, comparación constante y estímulos intermitentes que refuerzan la conexión continua. En ese contexto, la identidad se construye bajo lógica de exposición y validación externa, lo que puede volver más inestable el autopercibimiento. Por eso, el foco no debería ponerse únicamente en la conducta de cada adolescente, sino en las condiciones estructurales y en los modelos de diseño que moldean la experiencia subjetiva contemporánea”, destacó.
El foco global sobre las plataformas
Tras el reciente fallo en Los Ángeles, se acelera una tendencia internacional que busca poner límites al funcionamiento de las redes sociales, especialmente en relación con menores de edad. En Australia, desde diciembre de 2025 rige una prohibición total para usuarios menores de 16 años, con sanciones económicas para las plataformas que no cumplan. En Reino Unido, la Online Safety Act obliga a eliminar contenidos perjudiciales para niños y adolescentes, mientras continúan los debates sobre posibles restricciones más estrictas. En paralelo, la Unión Europea analiza establecer una edad mínima de 16 años y avanzar en regulaciones sobre algoritmos y diseños potencialmente adictivos.
Otros países, como Dinamarca, España, Francia y Alemania, también discuten o impulsan medidas que incluyen verificación de edad, consentimiento parental y restricciones de uso. En conjunto, estas iniciativas reflejan un cambio de enfoque: ya no se trata solo de la autorregulación de las empresas, sino de intervenciones estatales que buscan redefinir el diseño de las plataformas y priorizar la protección de niños y adolescentes frente a modelos centrados en maximizar el tiempo de uso.
Reconocimiento clínico y uso problemático de redes sociales
Aunque la idea de “adicción a las redes sociales” está cada vez más presente en el debate público, todavía no cuenta con un reconocimiento formal como trastorno independiente en manuales diagnósticos como el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR) y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11), los principales sistemas utilizados a nivel mundial para diagnosticar trastornos y enfermedades. Si una condición no figura allí, aún no tiene reconocimiento clínico oficial. Sí existe, en cambio, el antecedente de la “adicción a los videojuegos”, incorporada por la Organización Mundial de la Salud, lo que evidencia que el campo aún está en evolución.
En este contexto, especialistas coinciden en que el uso problemático de redes comparte rasgos con otras adicciones comportamentales: dificultad para controlar el tiempo de uso, necesidad de incrementar la exposición y consecuencias negativas en la vida cotidiana. Sin embargo, la falta de criterios diagnósticos unificados dificulta establecer límites claros entre un uso intensivo y una adicción clínica.
Si antes la identidad se elaboraba en espacios relativamente protegidos, hoy se produce ante audiencias potencialmente masivas y bajo lógicas algorítmicas que premian visibilidad y comparación. En adolescentes, que están en una etapa especialmente sensible para la consolidación del autopercibimiento, esta exposición constante puede volver más frágil la autoestima, intensificar la comparación corporal y hacer depender el sentimiento de valía personal de la validación digital”, explicaron los investigadores.

En paralelo, el fenómeno se vuelve más complejo en las nuevas generaciones. Los llamados “nativos digitales” crecen expuestos a estímulos constantes y desarrollan hábitos tecnológicos desde edades tempranas, en un entorno que favorece la gratificación inmediata. Este circuito de recompensa, asociado a la liberación de dopamina, el neurotransmisor vinculado al placer, ayuda a explicar por qué estas plataformas pueden resultar especialmente atractivas y difíciles de regular.
“También es importante no reducir este fenómeno a un problema individual, como si se tratara simplemente de adolescentes ‘frágiles’ o de familias que no saben poner límites. Lo que está en juego es un ecosistema tecnológico diseñado para captar atención y sostener la exposición permanente, donde la validación social se transforma en una métrica constante y la identidad en una performance pública. El pasaje hacia un “yo espectáculo” no es una decisión aislada de cada joven, sino una forma cultural incentivada por plataformas que organizan la visibilidad, jerarquizan contenidos y premian la comparación”, concluyeron.
