“Lo digital es más efímero”: el valor de los objetos

En una época en la que el acceso virtual a la música, la literatura, las imágenes y el entretenimiento parece resolver de forma inmediata el consumo cultural a través de pantallas, se observa una creciente revalorización de los objetos materiales. Jóvenes y adultos vuelven a elegir libros impresos, discos de vinilo y fotos en papel como una forma de buscar estabilidad y presencia en la vida cotidiana.

Para profundizar en las razones sociales y culturales de este fenómeno, Portal Universidad dialogó con Inés Pérez, doctora en Ciencias Sociales y Humanas, investigadora del CONICET en el Centro de Estudios Sociales y Políticos (CESP) y docente del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP).

La relación entre lo digital y lo tangible

El debate cotidiano suele plantear una oposición entre el mundo digital y el mundo físico. El análisis sociológico invita primero a revisar esa separación y a comprender que el acceso a la cultura digital depende inevitablemente de dispositivos materiales que ocupan un espacio y condicionan la experiencia.

Al reflexionar sobre esta aparente división, la especialista explicó: “Lo primero que habría que pensar es en ver cómo desarmar esa dicotomía entre lo digital y lo tangible, porque a lo digital accedemos siempre a partir de distintos soportes que son de carácter material, que están ubicados en un espacio y que además tienen un costo. Desde la rama de los estudios de la cultura material en las ciencias sociales se problematiza justamente esa agencia de los objetos: cómo nos vinculamos con ellos y lo que estos hacen también”.

Inés Pérez – Investigadora del CONICET y Docente UNMDP

La necesidad de un soporte físico se conecta directamente con una búsqueda de certezas. A pesar de que un documento online pertenezca legalmente a una persona, no transmite la misma vivencia de pertenencia como sí lo hace sostener un objeto real. “Hay una dimensión de lo tangible que le da ese lugar, que tiene que ver con la estabilidad del objeto. Pensamos que hay una suerte de garantía de permanencia en esos objetos que lo digital no la tiene tanto; pensamos que lo digital es más efímero en algún punto, que puede perderse”, sostuvo.

Asimismo, frente a la posibilidad de manipular o falsificar imágenes y contenidos, Pérez agregó: “Otra hipótesis tiene que ver con la dicotomía entre lo auténtico y lo falso. Cuando tenés un documento escrito o una fotografía impresa, más allá de que envejezca o pierda color, cualquier intervención, como cortarla, pintarla o escribir encima, resulta una marca visible”.

En esta línea, dijo que “en cambio, con los archivos digitales y la irrupción de la inteligencia artificial generativa, existe una capacidad de transformar o crear imágenes donde el registro de esa manipulación es imperceptible para la mayoría. En ese punto, el objeto físico ofrece una perspectiva de autenticidad y certeza que lo digital pone en duda”.

Al realizar una comparación entre un objeto tangible, en este caso, el libro y un soporte digital de lectura como un PDF, explicó: “La lectura en un soporte material, en papel, genera otro tipo de experiencia y otras posibilidades de apropiación de lo que está ahí. La mediación de la materialidad a partir de la cual uno accede a la información modifica la forma en la que te vinculas con esa información. Cuando estás leyendo un libro en soporte de papel, son muchas menos las distracciones que podés llegar a tener que frente a una pantalla”.

El papel de los espacios y la cultura material en las emociones

La relevancia de la cultura material no se agota en las cosas que se pueden sostener con las manos, su valor también está presente en otras formas de relacionarnos con lo material. “No solo los objetos y los artefactos tienen relevancia material, sino también los espacios y los paisajes. La experiencia de ingresar a una iglesia, por ejemplo, con sus techos altos y sus ventanas diseñadas para que la luz entre de una manera particular, genera una vivencia singular. Independientemente de la religión que se profese, habitar ese espacio despierta emociones distintas. La arquitectura y los entornos físicos también transmiten y generan en los sujetos formas de experiencia únicas”, indicó.

Basílica de los Santos Pedro y Cecilia

Basílica de los Santos Pedro y Cecilia

Esta dimensión física cobra un valor estratégico en la construcción de la identidad, tanto en la esfera íntima como en el plano colectivo. Sobre la complejidad de estos vínculos, la investigadora remarcó: “Nuestra identidad familiar y personal se enlaza también con la identidad religiosa, nacional y política. Ocurre con la procesión a Luján, que moviliza y sostiene una identidad vinculada a ese culto en particular, pero también se observa en las disputas históricas alrededor del sable de San Martín y las discusiones sobre si debía custodiarse en el Museo Histórico Nacional o estar bajo la guarda de las Fuerzas Armadas. Hay objetos a los que colectivamente les damos un valor particular y que tienen que ver con esa identidad colectiva, religiosa, nacional y política”.

El vínculo con lo material no responde únicamente a la nostalgia que suele asociarse con la recuperación de ciertos formatos, sino que abarca un entramado complejo de emociones y disputas que transforman el sentido de los objetos según quién y cómo los experimenta. “Los objetos generan cantidad de emociones, no solo nostalgia: generan ira, devoción y amor, permitiendo además expresar afectos en distintos tipos de relaciones y circunstancias. Nuestra relación con la materialidad está atravesada por una diversidad de emociones que dependen del contexto y de esas disputas sociales, ya que los mismos objetos pueden despertar sensaciones profundamente diferentes en distintos sujetos”, concluyó.

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