A distancia, pero presentes: una mirada crítica sobre la educación que acorta brechas

La educación a distancia (EaD) se conformó como un entretejido complejo, atravesada por múltiples elementos que la dotaron de sentido a lo largo del tiempo: la tecnología y también la territorialidad, la desigualdad, las políticas públicas, los afectos, las trayectorias laborales y las biografías personales de quienes encontraron en esta modalidad una oportunidad de acceso al conocimiento. Esa fue, al menos, una de las ideas rectoras que organizó el volumen Educación a distancia: historias, tensiones y perspectivas, del cual se realizará la presentación el miércoles 16 de julio en la Librería Universitaria (Jujuy 1731) a las 17 hs.

El libro, compilado por la especialista Emilia Garmendia, reunió una decena de capítulos escritos por autoras con formaciones y recorridos diversos, entre ellas docentes universitarias, investigadoras, gestoras, estudiantes y trabajadoras vinculadas a experiencias concretas de formación a distancia en universidades y organismos estatales. El enfoque común que enlazó los textos fue, justamente, su carácter situado: más que un manual teórico sobre educación digital, se trató de un compendio de narrativas, ensayos y estudios que propusieron una lectura crítica sobre las transformaciones de esta modalidad en Argentina, sus potencialidades emancipadoras y las tensiones que aún persisten en su implementación.

Garmendia —licenciada en Ciencias de la Educación, docente e investigadora especializada en tecnología educativa— sostuvo en el libro que la EaD no debía entenderse como un simple recurso técnico o una emergencia pedagógica, sino como una opción política, pedagógica y comunicacional que exigía planificación, estructura y una concepción clara de sus fines. La pandemia de COVID-19, señaló, había contribuido a expandir el uso de plataformas y dispositivos, pero también había generado confusión: “Lo que vivimos en la pandemia fue educación remota de emergencia, no educación a distancia en sentido estricto”, afirmó.

Andrea Rainoldi, licenciada en Comunicación Social y autora de uno de los capítulos, coincidió con ese diagnóstico y subrayó la necesidad de desarmar los prejuicios asociados a la modalidad. En ese sentido, ambas remarcaron el impacto que tuvieron los memes y las bromas durante el aislamiento social, en los que se desvalorizaba la calidad de la educación recibida a través de medios no presenciales. “Asociar la EaD con una canilla mal instalada es desconocer el trabajo pedagógico, institucional y político que la sostiene”, apuntaron.

Más allá de la pandemia: historia, normativas y transformaciones

El recorrido del libro abarca desde los orígenes remotos de la educación no presencial hasta los complejos entornos digitales actuales mediados por plataformas, redes sociales y aulas virtuales. A lo largo de sus páginas, se revisaron los distintos momentos históricos de la EaD, organizados en cinco generaciones que fueron desde la enseñanza por correspondencia hasta el aprendizaje en red, con propuestas participativas y colaborativas.

También se incluyeron análisis sobre las normativas vigentes en Argentina. La Ley de Educación Nacional N°26.206 de 2006 definió a la EaD como una opción pedagógica y didáctica que podía integrarse a la educación formal y no formal, y que suponía una separación espacio-temporal entre docentes y estudiantes. A su vez, resoluciones ministeriales como la 2641/17 y la 2599-E/2023 reglamentaron la necesidad de que cada universidad conformara su propio Sistema Institucional de Educación a Distancia (SIED), reforzando la institucionalización de estas propuestas.

Para las autoras, esta formalización fue clave. Tal como explicó Rainoldi, en muchas universidades públicas, durante años, las áreas de educación a distancia habían funcionado sin reconocimiento pleno, dependiendo de rectorados, secretarías académicas o facultades particulares, con escasa visibilidad. La creación obligatoria de los SIED, en ese sentido, supuso un paso hacia la consolidación de estructuras más estables y profesionalizadas.

La pandemia, según indicaron, actuó como catalizador. Si bien lo que se ofreció en ese período no fue EaD planificada, sí permitió alfabetizar digitalmente a docentes, estudiantes y equipos técnicos, lo que dejó una base útil para desarrollar propuestas más sólidas y perdurables en el tiempo.

Perspectivas situadas y experiencias concretas

Una de las características más valoradas del libro fue su perspectiva plural. Las autoras no solo contaron con diferentes trayectorias disciplinares, sino que también ocuparon roles diversos en la implementación de la EaD: gestión, tutoría, docencia, investigación y participación como estudiantes. Esta “obra coral”, como la definió Garmendia, ofreció una polifonía de voces que permitió enriquecer el análisis.

Así, por ejemplo, se incluyeron capítulos que abordaron el vínculo entre educación y trabajo a través de experiencias en el Instituto Nacional de Epidemiología (INE) “Dr. Juan H. Jara” o el Instituto Nacional de la Administración Pública (INAP), donde la formación a distancia había sido clave para capacitar a equipos profesionales en todo el país. También se presentaron estudios sobre los desafíos en la evaluación del aprendizaje en entornos virtuales, la experiencia del taller de tesis en la Licenciatura en Bibliotecología y Documentación de la Facultad de Humanidades, y entrevistas a asistentes educativos que acompañaron a estudiantes en sus procesos formativos.

Rainoldi enfatizó que el libro no se dirigía solo a especialistas o diseñadores de propuestas educativas, sino a toda persona interesada en pensar críticamente los modos contemporáneos de enseñar y aprender. “Lo interesante fue la convocatoria a distintos roles vinculados a la EaD. No es una mirada puramente académica, sino también experiencial”, subrayó.

Brechas, desafíos y horizontes posibles

Una de las tensiones recurrentes que atravesó el libro fue la de la desigualdad. La EaD, aunque ampliadora de derechos, no es neutral: para que su potencial transformador se concrete, necesita condiciones materiales, tecnológicas y pedagógicas que no siempre están garantizadas. Las autoras señalaron que, si bien la modalidad acortó distancias geográficas, también exigió una fuerte inversión institucional y estatal para asegurar conectividad, dispositivos, acompañamiento y propuestas de calidad.

Garmendia y Rainoldi coincidieron en que muchas veces se tiende a pensar que quien estudia a distancia lo hace solo porque vive lejos. Sin embargo, explicaron que hay múltiples motivos: cuidado de niños o adultos mayores, incompatibilidades horarias con el trabajo, o incluso condiciones de salud que dificultan la asistencia presencial. En ese marco, la educación a distancia se revela como una herramienta de inclusión, siempre y cuando se acompañe con políticas públicas robustas.

En los últimos años, observaron, se incrementó notablemente la oferta de posgrados, especializaciones y capacitaciones virtuales, en gran parte porque para personas que trabajan resulta inviable cursar propuestas presenciales. Este fenómeno también se extendió a carreras de grado y pregrado, y a sistemas de jerarquización interna en empresas e instituciones.

A futuro, propusieron pensar la EaD no solo como una modalidad pedagógica, sino como un campo estratégico para redefinir el derecho a la educación en contextos de creciente desigualdad social, territorial y económica.

La educación a distancia como elemento democratizador

En tiempos donde la presencialidad tiende a presentarse como garantía de calidad, Educación a distancia: historias, tensiones y perspectivas invitó a repensar las categorías con las que se ordena el mapa educativo. ¿Qué es enseñar? ¿Qué es estar presente? ¿Desde dónde se aprende? ¿Quiénes quedan fuera cuando se insiste en un modelo único?

Para las autoras, lo importante no fue la herramienta, sino el sentido que se le otorga. La EaD no reemplaza a la presencialidad, pero sí puede complementarla, ampliarla y democratizarla. Lo hace cuando se construye con planificación, criterio, responsabilidad pedagógica y sensibilidad social.

Garmendia lo expresó con claridad: “No se trata de poner una cámara y hablarle a una pantalla. Se trata de construir una propuesta educativa donde la distancia no sea una barrera, sino una posibilidad”. Y Rainoldi agregó: “Hoy más personas se sienten protagonistas posibles de la educación a distancia. Eso, en sí mismo, ya es una transformación”.

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