Apiterapia: cómo funcionan los tratamientos elaborados a partir de productos de las abejas
La apiterapia es una práctica terapéutica que utiliza distintos productos elaborados por las abejas, como la apitoxina, el propóleo, la jalea real, el polen y la miel, con fines medicinales y complementarios. Aunque, actualmente continúa siendo aplicada como una alternativa vinculada al tratamiento de dolores, inflamaciones y otras afecciones de salud. Además, en los últimos años, este tipo de terapias naturales volvió a ganar visibilidad a partir del creciente interés por los abordajes integrales y complementarios dentro del campo de la salud y el bienestar.
Para profundizar sobre sus aplicaciones, beneficios y cuidados, Portal Universidad dialogó con Haroldo Barboza Vera, médico de familia y de salud comunitaria que se especializa en apiterapia desde hace más de 35 años.
Apitoxina y el concepto de apiterapia
El concepto de apiterapia cambió y durante mucho tiempo la práctica estuvo asociada casi exclusivamente a la utilización de la apitoxina. “En tiempos donde los paradigmas están cambiando mucho, hasta hace algunos años se tenía el concepto de apiterapia como el tratamiento netamente con la apitoxina. La apitoxina es un derivado de la abeja, en resumen, es el veneno”, explicó.
La práctica se fue ampliando hacia otros derivados de la colmena y sostuvo que “la apiterapia se quedaba circunscrita a este tipo de tratamiento. Pasado el tiempo, se fue normalizando mucho más el concepto, sin ser dogmáticos, del tratamiento abocado a todos los tipos de derivados que se puede hacer con el polen, la jalea real y la cera como subproductos del panal. Estos procedentes tienen diferencias sustanciales con la apitoxina”.
Al respecto de la utilización de la jalea real, comentó: “Como médico de autor siempre procuro ser lo más sencillo a la hora de abordar los niveles de comunicación con respecto al propóleo o polen. En cambio, La jalea real está más vinculada a otro estatus de optimización por las características y componentes que tiene para el cuerpo humano. Pero cada uno actúa de una manera diferente”.

Protocolo de tratamiento con apitoxina realizado por Dr. Haroldo Barboza
Cómo se aplica y sus propiedades
La apitoxina cambió en comparación a las prácticas tradicionales. “Antes se tomaban las abejas y se las hacía picar a la persona en una pequeña cajuela. Había tres o cuatro abejas que se apoyaban sobre el área dolorosa para colocar el veneno sacrificando sus propias vidas”, describió el especialista.
Sin embargo, en la actualidad existen preparaciones de laboratorios que permiten trabajar con esos componentes sin el uso abejas directamente. “Hoy la apiterapia puede aplicarse mediante cremas, ampollas o preparados elaborados por laboratorios, sin necesidad de utilizar abejas vivas directamente sobre el paciente, como ocurre tradicionalmente en el campo”.
Asimismo, Barboza puntualizó: “Como médico integrativo funcional, no veo solamente enfermedades: veo enfermos. En función de eso tratamos lo que el paciente trae. Hay pacientes con determinados tipos de dolencias y ahí se aplica un protocolo de uso clínico con la apitoxina”.
La apitoxina tiene distintos componentes biológicos presentes y se pueden aplicar en determinados tratamientos terapéuticos. “Hay componentes dentro del veneno de abeja con potente actividad biológica y sustancias estudiadas por sus efectos antiinflamatorios y analgésicos que se usan en muchas ocasiones. Cuando hay un componente doloroso, no es solamente un calmante, sino que también actúa como un corrector de causas. El propóleo es otra sustancia que se utiliza por sus componentes antivirales, antibacterianos y antifúngicos parciales”, afirmó el doctor.
Además, señaló que otros productos de la colmena pueden utilizarse en diferentes contextos clínicos: “Hay personas que vienen con sensibilidad en el árbol respiratorio o fenómenos que requieren fortalecimiento en el sistema inmunológico y ahí actúa otro componente de la apiterapia: el polio”.

Apiterapia aplicada de la manera tradicional
Riesgos, controles y el impacto ambiental
La apiterapia requiere controles específicos y no puede aplicarse sin evaluar previamente las condiciones de cada paciente. “En el caso de la apitoxina, lo que hay que tener en claro es si la persona es alérgica o no al veneno de abeja. Por eso se hace una prueba de sensibilidad y, en función de la respuesta, actuamos de determinada manera”, dijo.
Sobre los componentes dentro de la apitoxina, el doctor detalló: “La melitina representa aproximadamente el 50% de las sustancias químicas del veneno y tiene una importante acción dentro del cuerpo humano. Otra es la hialuronidasa, una enzima que favorece el mecanismo de acción. Son estructuras químicas altamente hidrosolubles que permiten que actúen mecanismos antiinflamatorios. La apiterapia puede complementar tratamientos y aportar beneficios, pero no puede presentarse como una solución milagrosa. Cada caso depende del paciente y de múltiples factores”.
Pero también hay que tener en cuenta cómo trabaja la apiterapia dentro de las medicinas complementarias. “Generalmente, los que hacen esa tarea son terapeutas o muy pocos dentro del ámbito de la medicina al alcance, tal vez sean varios, pero no es exclusivo en eso. Yo lo hago en forma exclusiva y de forma adecuada, que tiene mucho que ver la participación mental por parte del paciente. Entonces va a llegar a mí la persona que viene buscando apiterapia dentro de las medicinas complementarias, no va a venir una persona que quiere indagar. Viene alguien bien informado de que es una práctica para determinados tipos de secciones”.

Medicina de autor sobre el polen de abeja realizado por el Dr. Haroldo Barboza
La apiterapia trae consigo una importancia ecológica con las abejas y un impacto ambiental que genera la disminución de colmenas. “Sabemos que sin las abejas el ser humano no puede pasar los 7 años y sin ellas nuestro planeta no tiene capacidad de viabilidad. Porque me impactó muchísimo la cantidad de abejas muertas que estoy viendo. A veces ocurre algo tan simple como que entra una luz cerca de un colmenar y las abejas, guiadas justamente por esa luz, salen de la colmena en medio del frío y terminan muriendo”.
En esa línea, Barboza concluyó que: “los colmenares cumplen una función central en la polinización y en el sostenimiento ambiental de los distintos ecosistemas. Hoy vemos como muchas prácticas humanas terminan afectando tanto a la salud de las personas como al ambiente. Por ejemplo, el mal uso de antibióticos generó fenómenos de multirresistencia cada vez más complejos. Año tras año aparecen nuevas mutaciones, virus y dificultades sanitarias. Sin embargo, cuando uno observa productos naturales como el propóleo, encuentra elementos biológicos que llevan cientos y miles de años presentes y funcionando dentro de la naturaleza”.
