La Editorial de la UNMDP presentó “Sonetos amorosos del Renacimiento Inglés III”, una traducción de Miguel Ángel Montezanti

Shakespeare ocupa un lugar tan central en la literatura inglesa que, muchas veces, su figura termina proyectando una sombra sobre otros grandes poetas de su tiempo. En el Renacimiento inglés, numerosos autores cultivaron el soneto y construyeron una tradición poética que trascendió las fronteras de Inglaterra, pero que para los lectores hispanohablantes permanece, en buena medida, menos explorada.

En ese universo se inscribe Sonetos amorosos del Renacimiento Inglés III, la nueva publicación de la Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata (EUDEM), dedicada a Sir Philip Sidney y a su colección Astrophel and Stella. La edición, bilingüe, estuvo a cargo de Miguel Ángel Montezanti, profesor y traductor en Lengua Inglesa y doctor en Letras, quien fue investigador principal del CONICET y profesor consulto de la Universidad Nacional de La Plata.

El volumen continúa un trabajo que Montezanti comenzó con Sonetos amorosos del Renacimiento Inglés I y II, dedicados a otros poetas del período. Su interés por la poesía renacentista inglesa surgió luego de una extensa trayectoria como investigador y traductor, que incluye la traducción y publicación de los poemas líricos de Shakespeare, además de obras de otros autores modernos y renacentistas.

Según explicó Montezanti, su acercamiento a estos poetas estuvo atravesado justamente por la necesidad de recuperar aquellas voces que quedaron relegadas frente a la dimensión monumental de Shakespeare. “Shakespeare se devora a todos”, señaló durante la entrevista, al referirse al lugar que ocupa el autor dentro del canon occidental.

Una tradición que comenzó mucho antes

Para comprender la poesía de Sidney es necesario remontarse a una tradición que atravesó buena parte de la literatura occidental: la del soneto amoroso. Aunque Petrarca, poeta y filósofo italiano, no inventó el soneto, su obra fue fundamental para la expansión y consolidación del género. Su poesía amorosa, dedicada a Laura, estableció una tradición que se extendió por Italia, Francia, Inglaterra, España y, posteriormente, llegó también a América.

Los poetas ingleses retomaron ese modelo y construyeron sus propias colecciones de sonetos. En ellas, las mujeres amadas aparecen frecuentemente bajo nombres pertenecientes a la tradición pastoril, como Delia, Cynthia o Stella.

Sir Philip Sidney

Sidney se inscribe dentro de esa tradición, aunque introduce una particularidad significativa. En lugar de titular su colección únicamente con el nombre de la mujer amada, la presenta como Astrophel and Stella, poniendo en primer plano a dos figuras. “Lo curioso de Sidney es que, en lugar de poner un nombre que podría haber sido Stella, titula la colección Astrophel and Stella. Es decir, hay dos personajes, dos imágenes”, explicó Montezanti.

La colección reúne 108 sonetos y constituye, para Montezanti, una de las expresiones más destacadas de la tradición sonetista inglesa anterior a Shakespeare. Sidney y Edmund Spenser aparecen, en ese sentido, como dos de los grandes cultivadores del género en Inglaterra.

Cuando la poesía deja de ser biografía

Una de las decisiones centrales de la nueva edición es resistir la interpretación autobiográfica de los sonetos. Para el traductor, intentar reconstruir la personalidad de Sidney a partir de la relación entre Astrophel y Stella puede resultar atractivo, pero termina desviando la atención de aquello que verdaderamente importa: la poesía. “Esa aproximación autobiográfica yo diría que es inconducente”, sostuvo.

La propuesta no implica negar que existan elementos autobiográficos en una obra literaria. Montezanti reconoce que la experiencia personal de un autor necesariamente deja huellas en aquello que escribe. Pero considera diferente intentar utilizar la poesía como una especie de expediente para determinar cómo era el autor, qué sentía o qué ocurrió efectivamente en su vida privada. “Yo creo que Astrophel y Stella son dos personajes”, afirmó. 

Desde esa perspectiva, el interés de los sonetos no reside en determinar si Sidney fue celoso, si existió una infidelidad o cuál fue exactamente su relación con Penelope Rich. Ese tipo de lectura, según el traductor, puede convertir la literatura en una suerte de “chisme” que poco aporta a la experiencia poética. Lo importante, entonces, es dejar que los personajes existan dentro del poema y que el lector establezca su propio vínculo con ellos.

William Shakespeare

La mirada de Montezanti sobre la poesía también se distancia de una idea frecuente entre quienes se acercan al género: que primero hay que comprender completamente un poema para poder disfrutarlo. Para el traductor, la poesía puede actuar sobre el lector incluso cuando no se comprende de manera racional cada una de sus imágenes o significados. “No importa que no la entiendas, dejala. Ella tiene su lenguaje y va a ir trabajando como pueda”, sostuvo.

La idea se relaciona con una de las frases que atraviesan su concepción de la literatura: no se trata solamente de preguntarse qué hace el lector con la poesía, sino qué hace la poesía con el lector. En esa relación no necesariamente existe una explicación definitiva. Montezanti compara la experiencia con la dificultad de comprender completamente a otra persona: se puede convivir con las preguntas, las conjeturas y aquello que permanece desconocido. La poesía, en ese sentido, no tiene por qué entregar todas sus respuestas.

Traducir poesía: mucho más que traducir palabras

El otro gran eje de Sonetos amorosos del Renacimiento Inglés III aparece en el propio trabajo de Montezanti como traductor. La edición presenta los textos en inglés junto con su versión en castellano, permitiendo que el lector observe el vínculo entre ambas lenguas. Pero la propuesta de traducción no busca una correspondencia mecánica entre cada palabra del original y su equivalente en español.

Montezanti traduce los sonetos con ritmo y con rima, una decisión que reconoce como discutida incluso entre quienes trabajan en traducción literaria. El problema aparece cuando la necesidad de conservar una estructura poética obliga a modificar el modo en que un contenido está expresado. “Por supuesto que no dice lo mismo. No hay manera de que una traducción diga lo mismo”, explicó.

La afirmación no supone una renuncia a la fidelidad, sino una discusión acerca de qué significa ser fiel cuando se traduce literatura. Montezanti enseñó traducción literaria durante cuatro décadas y distingue ese trabajo de otros tipos de traducción donde la precisión conceptual tiene consecuencias prácticas inmediatas.

No es lo mismo traducir una partida de divorcio o el manual de funcionamiento de un electrodoméstico que traducir un poema. En los primeros casos, cada concepto debe mantenerse con precisión porque de ello depende la utilidad o incluso las consecuencias legales del texto. En la poesía, en cambio, las palabras tienen peso, color, sonido y asociaciones. Por eso, reproducir solamente el significado de las palabras puede significar perder una parte fundamental del poema.

El sonido también significa

Para explicar esa concepción, Montezanti recurre a la poesía de San Juan de la Cruz. Cita, entre otros versos, “un no sé qué que quedan balbuciendo”, donde la repetición del sonido construye en el propio lenguaje aquello que el poema está diciendo.

También recuerda los versos “pasó por esos sotos con presura el silbo de los aires amorosos”, en los que la reiteración de determinados sonidos parece evocar el movimiento del aire.

El ejemplo sirve para plantear una pregunta central: ¿qué sucede con esa dimensión sonora cuando un poema cambia de idioma?

Una traducción puede transmitir el significado de las palabras, pero no necesariamente conserva la experiencia sonora del original. Para Montezanti, allí aparece uno de los principales desafíos del traductor literario: intentar que el poema vuelva a vivir en otra lengua sin asumir que la única forma de fidelidad consiste en reproducir palabra por palabra.

En el caso de Astrophel and Stella, esa búsqueda se traduce en una versión que intenta mantener ritmo y rima, aun cuando eso implique tomar decisiones diferentes de las que tomaría una traducción estrictamente literal.

Una “tragedia placentera”

La tarea de traducir poesía tampoco aparece, para Montezanti, como un ejercicio puramente técnico. Hay en ella una dimensión emocional marcada por la tensión entre frustración y descubrimiento. “Al traducir poesía se sufre, pero a su vez se siente esa gratificación de estar peleando a veces un verso o cinco palabras que lo tiene a uno obsesionado durante días”, relató.

Después de días de búsqueda puede aparecer una solución que parece llegar de manera inesperada: una palabra, una construcción o un verso que finalmente consigue acercarse a aquello que el traductor estaba buscando. Por eso define la experiencia como una especie de oxímoron: una tragedia placentera, o una experiencia dolorosa que, al mismo tiempo, produce satisfacción.

Sir Philip Sidney y William Shakespeare

Ese proceso forma parte de la apuesta que atraviesa la nueva edición de EUDEM. Montezanti no pretende ocupar el lugar de Sidney ni competir con el poema original. Reconoce la distancia inevitable entre ambos y se conforma con algo más modesto y, al mismo tiempo, profundamente ambicioso: que algunos de esos 108 sonetos encuentren en castellano una forma capaz de conmover al lector. “Si en esta colección de 108 sonetos hubiera uno o dos que fueran buenos logros, yo ya me daría por conforme”, sostuvo.

Así, Sonetos amorosos del Renacimiento Inglés III propone dos recuperaciones simultáneas: la de Philip Sidney, una figura extraordinaria de la poesía inglesa que quedó parcialmente eclipsada por Shakespeare, y la de una manera de leer y traducir poesía que no busca clausurar sus sentidos, sino permitir que continúe actuando sobre quienes se acercan a ella.

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