Halloween: ¿puede una celebración extranjera convertirse en parte de nuestra cultura?

Cada 31 de octubre, las calles, las escuelas, los comercios y distintos espacios culturales se llenan de brujas, fantasmas, monstruos y personajes de terror. Halloween, una celebración asociada históricamente a otras culturas, ganó presencia en Argentina y encontró nuevas formas de expresión. Pero ¿por qué incorporamos una festividad que no nació en nuestro territorio? ¿En qué momento una costumbre extranjera deja de ser una reproducción de lo que vemos en las películas y comienza a adquirir sentidos propios? Para responder estas preguntas, desde Portal Universidad dialogamos con la Gestora Cultural, Brenda Benavente.

Para Benavente, la respuesta está relacionada con el valor de los rituales y las experiencias compartidas. “Todo pueblo necesita de sus rituales para saberse partícipe de tal. Son prácticas que no solamente permiten reconocernos como comunidad, sino que también producen comunidad. Es decir, no son únicamente expresiones de una identidad preexistente. En este sentido, más allá del origen o del motivo que convoca al encuentro, considero que lo fundamental es recuperar el valor del hacer con otros: compartir un lenguaje, gestos, dinámicas y códigos que nos permitan reconocernos como parte de una experiencia común”, explicó.

Desde esta perspectiva, Halloween no puede entenderse solamente como una costumbre importada ni como una reproducción de aquello que circula a través de las producciones audiovisuales. Su expansión también permite observar cómo las comunidades incorporan prácticas, las modifican y construyen nuevas formas de encontrarse.

Entre la globalización y la identidad local

La circulación de expresiones culturales entre distintos países forma parte de la contemporaneidad, muchas de las prácticas que actualmente se consideran propias de Argentina tienen antecedentes en otras sociedades. Para Benavente, este intercambio constituye una característica de nuestra historia y de un presente atravesado por la globalización. “En este tiempo resulta difícil reconocer expresiones culturales que se conserven sin incorporar rasgos de un mundo globalizado. Seguramente existan excepciones en comunidades más cerradas, conservadoras o con menor acceso a las tecnologías, pero la circulación y el intercambio cultural forman parte de nuestra contemporaneidad. Muchas de las prácticas culturales que desarrollamos en Argentina tienen un origen extranjero; a su vez, muchas de las que nacieron en nuestro territorio están constituidas por retazos de culturas de otros lugares. Esto forma parte de nuestra identidad, de esa construcción histórica y poscolonial atravesada por la diversidad cultural”, señaló.

En ese escenario, la discusión sobre Halloween también involucra los intereses económicos y las estrategias de difusión que intervienen en la circulación de determinadas celebraciones. La entrevistada consideró que la incorporación de prácticas extranjeras requiere una mirada que contemple quiénes promueven esos consumos, qué intereses intervienen y qué transformaciones se producen cuando llegan a otros territorios. “Podríamos responder afirmativamente si entendemos que se trata de una práctica cuyo origen está en otras tradiciones culturales y que llega a nuestro país mediante distintas tecnologías y circuitos de difusión, para luego ser reproducida. Sin embargo, creo que hoy hablar de apropiación cultural, en un mundo globalizado, requiere abrir discusiones más profundas. No toda circulación o incorporación de una práctica cultural implica necesariamente una apropiación en sentido problemático. Es necesario preguntarse también quiénes promueven esa circulación, qué intereses intervienen, qué relaciones de poder se ponen en juego y qué transformaciones experimenta la práctica al llegar a otros territorios”, reflexionó.

Aunque hoy suele asociarse Halloween con Estados Unidos, sus antecedentes se remontan a antiguas celebraciones de los pueblos celtas de Europa. Una de las más conocidas es Samhain, una festividad que marcaba el final de la temporada de cosechas y el comienzo de los meses más fríos y oscuros del año. Para esas comunidades, el cambio de estación tenía un significado que iba más allá de las condiciones climáticas: el invierno suponía el final de las cosechas, una posible escasez de alimentos y una reducción de las horas de luz solar. También existían creencias vinculadas con una mayor proximidad entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Con el paso de los siglos, la celebración incorporó elementos de las tradiciones cristianas. La víspera del Día de Todos los Santos comenzó a conocerse como All Hallows’ Eve, expresión de la que deriva el nombre Halloween. Más tarde, durante el siglo XIX, los inmigrantes irlandeses y escoceses llevaron sus costumbres a Estados Unidos, donde la festividad adquirió nuevas características y se extendió hasta convertirse en la celebración popular que conocemos actualmente. “Por lo que pude indagar sobre la historia de Halloween, sus antecedentes se vinculan con el comienzo del invierno en algunas sociedades europeas. Se trataba de un cambio que no implicaba solamente una transformación en las condiciones materiales de vida, sino también una experiencia distinta de los cuerpos y de su relación con la naturaleza. El invierno suponía el final de las cosechas, una posible escasez de alimentos y una reducción de las horas de luz solar. En ese contexto, la oscuridad y el cambio de estación se asociaban, en determinadas tradiciones, con una mayor proximidad del mundo de los espíritus”, explicó Benavente.

Mar del Plata también construye sus propias formas de celebrar

En Mar del Plata, la incorporación de Halloween también encontró expresiones propias. Una muestra de ello es “Mar del Plata Misteriosa”, un evento cultural y turístico gratuito organizado por el Ente Municipal de Turismo y Cultura (Emturyc). La iniciativa transformó museos, villas y centros culturales en escenarios temáticos. La Villa Victoria recibió una fiesta denominada “Zombie Rave”; el Museo Castagnino se convirtió en “La Mansión del Terror” y el Museo de Ciencias Naturales Lorenzo Scaglia propuso recorridos nocturnos para descubrir misterios entre sus colecciones. También hubo actividades en Villa Mitre, la Casa sobre el Arroyo, Casa Mores y el Centro Cultural Osvaldo Soriano. 

Estas experiencias muestran cómo una celebración de circulación global puede vincularse con elementos de la cultura local. El terror y la fantasía no quedan limitados a los personajes que llegan desde el cine o las producciones extranjeras, sino que también encuentran lugar en las leyendas populares, los relatos y los espacios patrimoniales de la ciudad.

Entre el miedo, el juego y el encuentro

Si bien Halloween estuvo históricamente relacionado con determinadas creencias y rituales, sus expresiones contemporáneas adquirieron otros sentidos. Los disfraces, la imaginación, los personajes de terror y el intercambio de golosinas se convirtieron en algunos de los componentes más visibles de la celebración.

 “La propuesta tiene varios componentes que, entiendo, han funcionado como atractivo para las niñeces. En principio, se trata de un festejo que abre la posibilidad de compartir con pares un espacio de recreación y alegría, que proporciona un motivo para el encuentro y habilita la complicidad del juego. Lo lúdico ocupa un lugar central: desde la personificación de una figura tenebrosa y la posibilidad de disfrazarse, hasta el desafío de provocar miedo en otro y recibir golosinas a cambio. Aunque las formas concretas de celebrar no reproduzcan siempre este esquema, el juego y la imaginación parecen ser componentes fundamentales de su atractivo”, expresó la gestora cultural. 

En ese sentido, la entrevistada destacó que el valor actual de Halloween no necesariamente reside en conservar los significados que tuvo en sus orígenes, sino en las experiencias que permite generar en el presente. “La celebración de Halloween en la actualidad ya no puede comprenderse principalmente como un ritual de protección frente al comienzo del invierno, ni necesariamente como una instancia de conexión con los muertos o con un mundo espiritual. En sus expresiones contemporáneas se destacan, sobre todo, el encuentro, el juego y la recreación. Y esto, en tiempos en los que buena parte de nuestras experiencias de socialización están mediadas por las pantallas, resulta valioso”, reflexionó.

¿Puede una celebración extranjera convertirse en parte de nuestra cultura?

Las instituciones educativas y culturales también tienen un papel en la manera en que las sociedades conocen, transmiten y resignifican sus tradiciones. “Conocer los significados y los recorridos históricos de las celebraciones que conviven entre fines de octubre y principios de noviembre en nuestro país permite reconocer distintos niveles de profundidad en nuestra relación con la cultura y la historia. En este sentido, la escuela, por las características y la responsabilidad social que tiene nuestro sistema educativo, ocupa un lugar fundamental en la posibilidad de que las infancias crezcan comprendiendo el origen, las transformaciones y los significados de nuestras propias prácticas culturales, así como también los de otras sociedades”, señaló Brenda Benavente. 

La gestora cultural también advirtió sobre los riesgos de incorporar una celebración sin detenerse en los sentidos que tiene. “Si solamente se reproduce la forma, sin indagar en sus sentidos ni generar instancias de reflexión, la cultura y la educación públicas corren el riesgo de volverse superficiales, adaptándose a modelos de marketing, a los filtros de las plataformas sociales, a las leyes del mercado y a las tendencias globales”, sostuvo y agregó “de la gestión pública esperamos, en cambio, que abra puertas al pensamiento crítico, que habilite preguntas sobre nuestras propias prácticas y que genere las condiciones para que, como pueblo, podamos reconocernos, comprender quiénes somos y construir colectivamente quiénes queremos ser en el mundo”. 

 

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