Alfabetización mediática o que piensen por vos

En 1993, Divididos publicó La era de la boludez. ¿Había algo de profético en aquel título? ¿Podía esa provocación del rock anticipar un tiempo en el que tanta información disponible conviviría con tantas dificultades para comprender? Entre sus canciones, “¿Qué ves?” dejó una pregunta que, más de tres décadas después, vuelve a interpelarnos frente a las pantallas. ¿Qué vemos y cuánto proyectamos de nuestras propias convicciones sobre aquello que tenemos delante? La inquietud cobra otra fuerza cuando una imagen nos parece verdadera antes de que sepamos de dónde salió.

La escena puede ocurrir cualquier mañana. En un grupo de WhatsApp aparece un video que muestra una supuesta agresión entre hinchas. Alguien lo presenta como un episodio del último fin de semana. Llegan los insultos, las acusaciones y los pedidos de castigo. Más tarde se descubre que las imágenes corresponden a otro país y fueron grabadas varios años atrás. Para entonces, el video ya recorrió cientos de teléfonos. La aclaración tendrá que intentar alcanzarlo.

¿Qué vuelve tan convincente a un mensaje que todavía no comprobamos? A veces, su mayor ventaja es que encuentra una convicción esperándolo. La pertenencia a un club, la admiración por un artista o la identificación con una fuerza política pueden volvernos menos exigentes con las pruebas. Una fotografía o una frase recortada hacen el resto. La mentira juega de local cuando consigue que confundamos lo que deseamos con lo que ocurrió.

La discusión deportiva permite advertir, además, cómo se pasa de una controversia al hostigamiento. Una decisión arbitral puede examinarse a partir del reglamento y de las imágenes disponibles. Acusar de corrupción sin pruebas y difundir datos personales del árbitro para atacar a su familia cambia por completo la situación. Ahí importa aprender a reconocer qué se afirma, con qué fundamentos y qué acciones se están alentando.

En el mundo del espectáculo podemos imaginar una entrevista en la que una actriz reproduce una opinión ajena para cuestionarla. El recorte elimina esa explicación y deja únicamente la frase más provocadora. Quien recibe esos segundos puede creer que conoce su pensamiento y sumarse a una campaña de insultos. Las imágenes y las voces generadas o alteradas con inteligencia artificial agregan otra dificultad. Aquello que parece una prueba puede haber sido fabricado para aprovechar nuestra confianza en lo que vemos y escuchamos.

Las guerras llevan estas dificultades a un extremo doloroso. Una grabación de otro conflicto puede presentarse como un bombardeo reciente. Una secuencia de un videojuego puede circular como una operación militar. Una fotografía auténtica puede acompañarse con una explicación falsa sobre sus víctimas. El sufrimiento se convierte entonces en material para justificar nuevas agresiones. Cuando la responsabilidad de un gobierno o de un ejército se extiende a toda una población, la desinformación puede alimentar el odio contra personas por su nacionalidad, su religión o su origen.

En los escenarios electorales crispados, un audio atribuido a un candidato o una denuncia de fraude sin documentación pueden instalar sospechas difíciles de despejar. También una encuesta sin explicación sobre cómo fue realizada puede circular como si describiera rigurosamente las preferencias sociales. ¿Alcanza con que una acusación se repita miles de veces para que merezca nuestra confianza? La cantidad de reproducciones muestra su circulación. Para evaluar su veracidad seguimos necesitando pruebas.

La desinformación es también un problema cultural y ético. Podemos saber cómo verificar una imagen y compartirla sin hacerlo porque coincide con nuestras preferencias. Por eso la pregunta de Divididos incomoda. Nos obliga a examinar cuánto dejamos fuera de nuestro campo de visión y qué disposición tenemos para reconocer un error propio.

La dificultad aumenta cuando el desacuerdo convierte al otro en alguien a quien se debe humillar o expulsar de la conversación. Una falsedad puede funcionar como contraseña de pertenencia. Compartirla demuestra de qué lado estamos, aunque existan razones para dudar de ella. En ese terreno, rectificar puede sentirse como una deslealtad y escuchar como una concesión. La educación tiene mucho para hacer frente a esa forma de relacionarnos, que empobrece el debate y vuelve cada vez más costosa la posibilidad de revisar una opinión.

Necesitamos, además, distinguir fenómenos diferentes. Una equivocación periodística, una opinión que incomoda, una falsedad deliberada y una incitación a la violencia tienen características y responsabilidades distintas. Confundirlas puede servir para desacreditar investigaciones o silenciar críticas bajo la acusación de difundir noticias falsas. La alfabetización mediática debe fortalecer nuestra capacidad de juicio y el ejercicio de la libertad de expresión. Eso incluye defender la sátira, el desacuerdo y las preguntas que molestan al poder.

José Manuel Pérez Tornero vinculó expresamente esta tarea con la educación. En una entrevista publicada en Aularia sostuvo que los currículos debían asumir la alfabetización mediática como un objetivo de la formación a lo largo de la vida, orientado a la creatividad y el espíritu crítico. En esa intervención afirmó que “hay que incluir el derecho a la participación y el derecho a la alfabetización mediática”. Su planteo permite comprender que participar requiere también oportunidades para adquirir los conocimientos con los que podemos hacer valer nuestra voz.

La tercera Conferencia sobre Alfabetización Mediática e Informacional y Entendimiento Global, desarrollada en El Cairo del 18 al 20 de octubre, llevó estas preocupaciones a una agenda de cooperación internacional. El programa incluyó inteligencia artificial, discursos de odio, polarización y transparencia de los algoritmos, junto con educación para la paz y trabajo entre cátedras UNESCO y la red universitaria MILID. La amplitud del debate muestra que las respuestas requieren instituciones capaces de trabajar juntas.

Un dato del mensaje de Khaled El-Enany, director general de la UNESCO, pone a las autoridades educativas frente a una tarea pendiente. Solo el 43 % de los países ha incorporado la alfabetización mediática e informacional a la educación formal. ¿Podemos seguir confiando esa formación a lo que cada persona aprenda por su cuenta? Su lugar en las currículas necesita objetivos, tiempo de enseñanza y criterios de evaluación que le den continuidad.

Las propuestas pueden comenzar temprano y ganar complejidad. Conversar sobre las imágenes y el cuidado de la intimidad, comparar cómo dos medios cuentan un mismo acontecimiento. En niveles medios,  reconstruir el recorrido de un video viral o analizar una publicidad. En estudios superiores, contrastar una respuesta de inteligencia artificial con documentos y bibliografía. Son ejercicios que permiten convertir una consigna tan repetida como “pensar críticamente” en una práctica concreta.

El periodismo enfrenta su propia paradoja. Está llamado a combatir la desinformación mientras su credibilidad también se encuentra en discusión. Recuperar la confianza exige rigor y transparencia. Mostrar cómo se investiga, se contrastan las fuentes y se corrigen los errores tiene, además, un valor educativo. Permite comprender qué sustenta una noticia y qué preguntas siguen abiertas.

Para sostener ese trabajo en las aulas, los docentes necesitan materiales, tiempo y oportunidades de actualización. El entusiasmo individual puede abrir un camino, pero su continuidad requiere respaldo institucional. También hace falta admitir las dudas de quienes enseñamos. Una respuesta de inteligencia artificial puede obligarnos a investigar junto con los estudiantes. Explicar cómo resolvemos esa incertidumbre enseña tanto como ofrecer una conclusión.

Roxana Morduchowicz, en su trabajo para UNESCO sobre ciudadanía digital como política pública educativa, advierte que las desigualdades también se expresan en las capacidades para comprender y utilizar las tecnologías. Tener conexión abre una puerta. Lo que podamos hacer después dependerá, en buena medida, de lo que hayamos tenido oportunidad de aprender. Podemos utilizar aplicaciones con destreza y desconocer por qué recibimos ciertos contenidos, qué datos entregamos o cómo verificar una afirmación que afecta nuestras decisiones.

Hay otra pregunta que la educación debe ayudar a formular. ¿Qué información necesitamos y todavía no tenemos? Conocer cómo se ejecuta un presupuesto o con qué criterios se distribuyen recursos públicos exige muchas veces salir a buscar documentos. Identificar quién posee los datos, solicitarlos, evaluar la respuesta y saber cómo reclamar convierte el acceso a la información en una práctica ciudadana. Ese recorrido acorta la distancia entre reconocer un derecho y poder ejercerlo.

Desde la cátedra de Derecho y Políticas de Comunicación y el Programa Núcleo de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata impulsamos esta perspectiva. Buscamos vincular los derechos con prácticas de investigación, producción periodística y participación. Un estudiante que indaga sobre un problema de su comunidad, solicita documentación y comunica sus hallazgos aprende a construir una intervención fundada. La universidad pública tiene mucho para aportar en ese trabajo compartido con escuelas, periodistas y organizaciones de la ciudad.

Esa tarea compromete también a los gobiernos, los medios y las plataformas. Quienes organizan la circulación de contenidos deben ofrecer explicaciones sobre sus decisiones y asumir sus responsabilidades. La formación de los ciudadanos puede fortalecer sus reclamos de transparencia. La inteligencia artificial, por su parte, merece ser explorada como una herramienta para investigar y verificar, con resultados sujetos a revisión y procedimientos que puedan explicarse.

¿Qué hacemos cuando los hechos contradicen aquello que estábamos seguros de saber? Detenernos, buscar otra fuente o corregir lo que compartimos exige más esfuerzo que reenviarlo. Aprender a dar ese paso es parte de nuestra autonomía. «La verdad rara vez es pura y nunca es sencilla», escribió Oscar Wilde. La educación y la alfabetización mediática pueden ayudarnos a afrontar esa dificultad. Comprender exige un esfuerzo. Que todos tengamos herramientas para hacerlo es una responsabilidad pública.

Alberto Rodríguez

Abogado, Licenciado en Filosofía, Mediador, Especialista en Periodismo, Master en Derecho Penal. Profesor UNMDP. Miembro de la Alianza de la UNESCO para la Alfabetización Mediática e Informacional (MIL Alliance). Autor de “Cuando la mentira es la verdad”, en Impactos de la desinformación en un mundo cambiante (Alfabética, México, 2025).

También puede gustarle...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *