Con tecnología de alta fidelidad, Medicina dio un salto en la formación médica

La concreción del Centro de Simulación Clínica no sólo respondió a una necesidad académica, sino que también representó una decisión estratégica de la Escuela de Medicina y de la Universidad Nacional de Mar del Plata, que apostaron a su creación con presupuesto propio, en un contexto adverso para la educación pública. Mientras el gobierno actual aplica un ajuste presupuestario sin precedentes sobre el sistema universitario nacional, la UNMDP reafirmó su compromiso con la formación de calidad, la innovación pedagógica y el fortalecimiento de sus capacidades institucionales.

La planificación del centro comenzó en 2018, pero su concreción fue posible gracias a una gestión persistente que logró sostener el proyecto incluso en medio de la crisis presupuestaria que atraviesan las universidades públicas. Contra ese escenario de ajuste, la UNMDP decidió avanzar con recursos propios, en una muestra de autonomía, convicción política y compromiso con su comunidad. “Este centro no se hizo con fondos externos ni por obra del azar: es resultado del esfuerzo institucional y de una planificación que resistió los vaivenes económicos“, subrayó Angelini. La inauguración del Centro de Simulación Clínica de la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional de Mar del Plata también marcó una transformación profunda en la manera de pensar la enseñanza médica

Desde el Sistema de Medios Públicos dialogamos con Gabriel Angelini, vicedirector de la institución, y Franco Arzamendia, uno de los coordinadores del Centro junto a Ana Spulveda. Angelini explicó que la iniciativa se fundó sobre tres pilares: la adquisición de simuladores de diferentes niveles de complejidad, la formación intensiva del cuerpo docente en simulación clínica y el desarrollo de un espacio físico diseñado para albergar prácticas de alta fidelidad. “Fue un proceso largo, planificado y con una mirada estratégica. Empezamos con maquetas simples y fuimos escalando. Hoy contamos con un centro que permite simular cualquier tipo de situación clínica, desde un parto hasta una emergencia neonatal o una intervención quirúrgica”, detalló.

El Centro  está organizado en salas temáticas (sala de parto, quirófano, terapia intensiva, oftalmología, consultorios y espacios de observación) y cuenta con simuladores de última generación: bebés prematuros que respiran, lloran y permiten realizar maniobras complejas; torsos para prácticas laparoscópicas y hasta modelos anatómicos interactivos.

Simular para cuidar: el valor del error como herramienta de aprendizaje

La simulación clínica, explicó Arzamendia, es mucho más que un juego de roles. Se trata de una estrategia de enseñanza que prioriza la seguridad del paciente y la calidad de la atención, permitiendo al estudiante entrenarse en un entorno controlado y libre de consecuencias reales. A diferencia del modelo flexneriano —que dominó la formación médica durante más de un siglo y se basaba en la práctica directa sobre pacientes—, la simulación propone un entorno donde el error no solo está permitido, sino que es el motor principal del aprendizaje.

Acá nadie se recibe sabiendo todo, pero sí sabiendo cómo enfrentar lo inesperado. Se trabaja con escenarios cuidadosamente diseñados, con planificación metódica y con una lógica de reflexión constante”, explicó el coordinador. Uno de los elementos centrales es el debriefing, una instancia posterior a cada simulación en la que los estudiantes y docentes analizan lo que sucedió, qué decisiones se tomaron, qué se podría haber hecho distinto y qué se aprendió del proceso.

Fotografía: Ramona Cavalet

Para eso, el centro cuenta con salas de observación, llamadas “cámaras gesell”, vidrios espejados, micrófonos ambientales y tecnología que permite ver en tiempo real las intervenciones de cada estudiante. “Lo que se busca es trabajar en profundidad sobre los modelos mentales de los participantes, entender cómo piensan, cómo resuelven, cómo comunican. Y sobre todo, cómo mejorar”, señaló Franco.

Tecnología, humanismo y trabajo en equipo

Uno de los aspectos más destacados del nuevo centro es su equipamiento. La mayoría de los simuladores fueron adquiridos con recursos propios, y otros —como incubadoras, equipos de monitoreo o carros de paro— fueron donados por el Hospital Materno Infantil o adaptados mediante impresiones 3D y soluciones creativas. “Comprarse una incubadora nueva cuesta casi 3 millones de pesos. Nosotros restauramos una, le agregamos calor con lámparas, la dejamos funcional para el entrenamiento. A veces lo que no sirve para el hospital, es un recurso valioso para la simulación”, comentaron.

El quirófano simulado tiene su propia mesa de anestesia y permite realizar prácticas de sutura laparoscópica. Las salas de parto cuentan con simuladores que reproducen contracciones, latidos fetales y partos de distinta complejidad. En las áreas de neonatología, los muñecos simulan signos clínicos reales y permiten entrenar maniobras de reanimación, intubación y monitoreo. Todo fue pensado para brindar una experiencia realista, pero también emocionalmente contenida.

Fotografía: Ramona Cavalet

Esto no se trata solo de la técnica. Se trata de formar profesionales con sensibilidad, con capacidad de comunicar un diagnóstico difícil, de coordinar con otros en una emergencia, de liderar sin avasallar. Por eso también entrenamos habilidades blandas: comunicación efectiva, liderazgo, trabajo interdisciplinario”, explicó Angelini. Y agregó: “El médico del siglo XXI no trabaja solo. Y por eso, este centro también está pensado para formar junto a estudiantes de enfermería, psicología, terapia ocupacional y otras disciplinas”.

Un modelo formativo pensado desde la comunidad

La Escuela de Medicina de la UNMDP, que en septiembre pasará a ser Facultad,  se destaca desde sus orígenes por su fuerte anclaje en la comunidad. Su currícula, explicaron, está organizada en torno al aprendizaje basado en problemas y en casos reales, con una lógica progresiva de incorporación de saberes, habilidades y competencias. La simulación, en ese marco, aparece como una estrategia más —y no la única— de una propuesta educativa innovadora y comprometida con el contexto.

“Nosotros no enseñamos solo anatomía o farmacología. Enseñamos a estar en la comunidad, a tomar decisiones con responsabilidad, a reconocer las propias limitaciones. Y eso se construye con años de formación, con reflexión, con acompañamiento docente”, sostuvo el Dr. Arzamendia.

Para eso, fue clave la formación internacional que realizaron en Chile junto a Ana Sepulveda. Participaron de una capacitación intensiva en el VII Congreso Chileno de Simulación Clínica, en el Centro de Habilidades Clínicas de la Universidad de Chile. Allí aprendieron metodologías avanzadas de briefing, debriefing y técnicas de indagación persuasiva, centradas en el análisis profundo del proceso cognitivo y emocional de cada estudiante.

Un trabajo colectivo que trasciende los nombres

El Centro de Simulación no fue obra de una persona sola. Franco Arzamendia fue enfático en destacar que el logro fue posible gracias a un entramado colectivo: la decisión política de la universidad, el acompañamiento institucional, los técnicos, el personal de limpieza, el área de seguridad, los docentes, y, sobre todo, los y las estudiantes. “Sin equipo no hay simulación posible. Acá todo está pensado para el aprendizaje de los y las estudiantes, que son los verdaderos protagonistas”, afirmó.

Fotografía: Ramona Cavalet

Las aulas llevan puertas de colores, pensadas para generar seguridad emocional y recuerdos positivos en quienes se entrenan allí. Los simuladores están conectados a paneles de gases, monitores multiparamétricos y softwares de ventilación. Cada sala puede adaptarse a distintas especialidades y niveles de complejidad, y ya se proyectan actividades conjuntas con otras carreras de salud de la UNMDP.

“El objetivo es simple pero ambicioso: formar mejores profesionales para una mejor atención. Que el primer error no sea en una guardia real, sino acá, donde se puede aprender sin dañar a nadie. Y que ese aprendizaje no sea sólo técnico, sino profundamente humano”, concluyó Gabriel Angelini.

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