Cinco claves históricas para pensar la Revolución de mayo de 1810
Por Paula Sityar – Prfoesora de Historia UNMDP
Cada 25 de Mayo, la historia argentina vuelve a interpelarnos. La Revolución de Mayo de 1810 continúa siendo una de las claves para pensar el origen político de nuestro país y los debates que atravesaron a la sociedad rioplatense desde comienzos del siglo XIX. Lejos de tratarse únicamente como el reemplazo del virrey español por un gobierno local, los acontecimientos de 1810 marcan el inicio de un proceso político, social e ideológico que transformó para siempre el destino del Río de la Plata y abrió el camino hacia la emancipación americana.
La Revolución surgió en un contexto internacional atravesado por la crisis de la monarquía española, tras la invasión napoleónica a la Península Ibérica y las influencias de las ideas políticas vinculadas a la soberanía popular, la representación y la autonomía de los pueblos.
Más de dos siglos después, la Revolución de Mayo sigue generando debates entre historiadores. ¿Fue un simple cambio de gobierno o el inicio de una revolución profunda? ¿Quiénes participaron realmente? ¿Qué papel tuvieron las mujeres, las milicias y los sectores populares? Cinco claves para pensar Mayo de 1810 más allá de lo que ya conocemos.
¿Cuándo terminó la Revolución de Mayo?
Aunque muchas veces se presenta a la Revolución de Mayo como un acontecimiento puntual ocurrido el 25 de mayo de 1810, numerosos historiadores sostienen que se trató de un proceso mucho más largo, complejo y conflictivo.
La pregunta sigue abierta: ¿qué tan revolucionario fue realmente lo ocurrido en Buenos Aires durante aquellos días? Si pensamos el concepto “revolución” como un proceso capaz de transformar profundamente el orden político, jurídico y social, los sucesos de mayo parecen haber inaugurado cambios que excedieron ampliamente el reemplazo de un virrey.
El historiador Raúl Fradkin advierte que Mayo de 1810 no puede analizarse únicamente como una semana de acontecimientos ocurridos en Buenos Aires, ni compararse con modelos ideales de revolución. Si existió una revolución fue porque se produjeron profundas transformaciones políticas, sociales, culturales y militares que involucraron a amplios sectores de la sociedad.

La primera junta de gobierno, presidida por Cornelio Saavedra
Entonces, ¿cuándo terminó la Revolución de Mayo? ¿Cuánto tiempo duró? Algunas interpretaciones ubican el final del proceso revolucionario en 1816, con la Declaración de la Independencia en Tucumán. Otras sostienen que la revolución continuó al menos hasta 1820, cuando cayó el Directorio y se disolvió el poder central. Lo cierto es que, en apenas una década, el antiguo orden colonial comenzó a resquebrajarse. La sociedad rioplatense dejó progresivamente de pensarse como parte de una monarquía para comenzar a construir nuevas formas de representación política vinculadas a la soberanía popular y a las ideas republicanas.
¿Por qué en el Cabildo?
El Cabildo fue una de las instituciones más importantes del período colonial en América hispana. Funcionaba como un órgano de administración local y tenía funciones políticas, judiciales y administrativas, vinculadas especialmente al gobierno de la ciudad, el abastecimiento, la seguridad y la organización de la vida cotidiana. Sin embargo, la participación estaba lejos de ser democrática: sólo podían intervenir los “vecinos”, una categoría reservada para determinados sectores privilegiados de la sociedad colonial.
Para ser considerado vecino era necesario cumplir ciertos requisitos: ser español o descendiente de españoles, residir de manera estable en la ciudad, poseer propiedades y ser cabeza de familia. Además de los derechos políticos, esta condición implicaba obligaciones, como el pago de impuestos y la participación en las milicias encargadas de defender la ciudad. Tener la posibilidad de integrar el Cabildo era muy honorífico y daba una fuerte influencia política.
En situaciones excepcionales podían convocarse sesiones especiales conocidas como “Cabildos Abiertos”. A diferencia de las reuniones ordinarias, en estas participaban otros vecinos influyentes de la ciudad. En ese contexto, el 22 de mayo de 1810 el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros convocó a un Cabildo Abierto tras la presión ejercida por distintos sectores criollos.
Ese día, el Cabildo se convirtió en el escenario de intensos debates políticos. Mientras en el interior del edificio se discutía la continuidad del virrey, las milicias urbanas controlaban los accesos a la Plaza Mayor. Se sostiene que los grupos armados vinculados al sector revolucionario permitían el ingreso de quienes apoyaban la destitución de Cisneros y dificultaban el acceso de sus opositores.
De los aproximadamente 450 vecinos convocados, asistieron 251. Entre ellos había militares, comerciantes, clérigos, abogados y funcionarios. La importante presencia militar demuestra el peso político que habían adquirido las milicias criollas después de las invasiones inglesas de 1806 y 1807.
Finalmente, el Cabildo resolvió que el virrey debía abandonar el cargo. Aunque Cisneros intentó mantenerse en el poder mediante una nueva junta encabezada por él mismo, la presión de los revolucionarios y de las milicias terminó imponiendo la conformación de la Primera Junta de Gobierno presidida por Cornelio Saavedra.
Mujeres de Mayo: protagonistas invisibilizadas de la revolución
Durante mucho tiempo, la historia tradicional presentó a las mujeres de la época colonial como figuras relegadas al ámbito doméstico, vinculadas exclusivamente al cuidado del hogar, la crianza y las tareas familiares. Sin embargo, las investigaciones históricas más recientes comenzaron a recuperar el protagonismo femenino dentro de los procesos revolucionarios e independentistas iniciados en 1810.
La mirada masculina dominante las representaba como pasivas, sumisas y alejadas de la política. Incluso existían espacios públicos vedados para las llamadas “mujeres decentes”, como cafés o pulperías, a los que sólo podían asistir acompañadas por familiares o criados. Aun así, muchas encontraron formas de participar activamente de la vida política y social.

Entre las figuras más reconocidas aparece Mariquita Sánchez de Thompson, cuya casa se convirtió en uno de los principales espacios de encuentro y debate político de la Buenos Aires revolucionaria. En sus tertulias circulaban ideas ilustradas y discusiones sobre el futuro del Virreinato. Junto a ella también se destacó Melchora Sarratea, anfitriona de reuniones donde participaban miembros de la élite criolla y dirigentes revolucionarios.
La historiografía también recuperó el papel de María Remedios del Valle, conocida como la “Madre de la Patria”. Afrodescendiente y perteneciente a sectores populares, participó en las invasiones inglesas y luego acompañó al Ejército del Norte comandado por Manuel Belgrano. Combatió, asistió soldados heridos y llegó a recibir el grado militar de capitana por su participación en la guerra.
También sobresale Juana Azurduy, quien encabezó tropas integradas por indígenas, mestizas y criollas en el Alto Perú. Participó activamente en la insurrección de Chuquisaca de 1809 y lideró a las llamadas “Amazonas”, mujeres dispuestas a combatir contra el dominio colonial español. A estas figuras se suma Manuela Pedraza, reconocida por su participación durante las invasiones inglesas, donde combatió junto a las milicias criollas en defensa de Buenos Aires. Su actuación le valió reconocimiento militar en una época donde la participación femenina en la guerra era vista como excepcional.
Sin embargo, la participación femenina no se limitó a las mujeres más conocidas o pertenecientes a la élite. Miles de mujeres anónimas —campesinas, indígenas, afrodescendientes y esclavas— sostuvieron el funcionamiento cotidiano de la sociedad en tiempos de revolución y guerra. Muchas garantizaron la continuidad de las actividades productivas mientras los hombres marchaban a los combates; otras actuaron como enfermeras, cocineras, mensajeras, espías o combatientes dentro de los ejércitos patriotas. La política ingresó de lleno en la vida cotidiana y las mujeres no permanecieron ajenas a ese fenómeno.
La revolución que transformó la política y la vida cotidiana
La Revolución produjo la incorporación de sectores que hasta entonces, habían permanecido excluidos de las discusiones sobre el destino político de estos territorios. Si bien esa participación continuó siendo desigual y subordinada, las clases populares comenzaron a intervenir de manera más activa en la vida política rioplatense.
La sociedad virreinal estaba organizada sobre desigualdades legales muy rígidas: la pertenencia étnica, el origen social y el lugar de nacimiento determinaban derechos, privilegios y posibilidades de ascenso social. Con la revolución, gran parte de esas diferencias jurídicas comenzaron a ser cuestionadas. Si bien la esclavitud continuó existiendo durante varias décadas, muchas otras desigualdades legales fueron abolidas, generando un fuerte impacto en quienes vivieron aquel proceso.
Para los contemporáneos, la revolución significó una ruptura profunda con el mundo conocido. Más allá de los debates historiográficos actuales sobre el alcance real de los cambios producidos, quienes atravesaron esos años percibieron que estaban viviendo una transformación extraordinaria. Entre 1810 y 1820 la vida cotidiana se vio alterada por guerras, crisis políticas, nuevas formas de participación política y una intensa movilización social.
A partir de 1810, comenzaron a debatirse preguntas inéditas: quién debía gobernar, bajo qué legitimidad y cómo debían organizarse las nuevas formas de poder. Las instituciones cambiaban rápidamente, surgían nuevas formas de gobierno y las alianzas políticas se modificaban constantemente. Muchos historiadores describen este contexto como un “tiempo corto”, donde los acontecimientos se aceleraban y cada decisión podía alterar profundamente el rumbo de los hechos.
En sus primeros momentos, el movimiento revolucionario no planteó necesariamente la independencia absoluta respecto de España. Sin rey ni autoridad legítima en la península, distintos sectores americanos sostuvieron que la soberanía debía regresar al pueblo –la retroversión de la soberanía–. En ese contexto, gran parte de los dirigentes criollos defendían inicialmente una postura autonomista: buscaban gobernar sus propios asuntos sin romper todavía con la monarquía española. La “independencia absoluta”, entendida como la ruptura definitiva con España, aparecería de manera más clara en los años posteriores, especialmente a partir de 1812.
Con el avance de la guerra, la oposición entre “americanos” y “españoles” comenzó a adquirir un peso político cada vez mayor. Ese cambio modificó incluso las identidades colectivas. Sectores históricamente marginados —como pardos, morenos, indígenas y afrodescendientes— comenzaron a ser incluidos simbólicamente dentro de la categoría de “americanos”. Miles de afrodescendientes se incorporaron a los ejércitos revolucionarios y participaron activamente en las guerras de independencia. Para muchos de ellos, la causa revolucionaria representó también una posibilidad de reconocimiento político y social dentro de una sociedad profundamente desigual.
Un monumento dentro de otro: La pirámide de Mayo
La Pirámide de Mayo es uno de los monumentos más representativos de la historia argentina. Inaugurada en 1811 en el centro de la Plaza de la Victoria, sector que hoy integra la actual Plaza de Mayo. Aunque hoy se la conoce como “pirámide”, el monumento original era en realidad un sencillo obelisco construido en argamasa por Francisco Cañete. Con el paso del tiempo, la estructura fue modificándose y adquiriendo nuevos significados políticos y simbólicos.

Una de las reformas más importante que transitó este monumento se realizó en 1856. El Estado de Buenos Aires encargó al arquitecto y pintor Prilidiano Pueyrredón la remodelación integral del monumento, en el marco de una renovación urbana de la plaza. La nueva estructura duplicó la altura de la pirámide original y se colocó una estatua alegórica de la Libertad, representada como una figura femenina con túnica, gorro frigio, una lanza y el Escudo Nacional.
Un dato poco conocido es que el obelisco original de 1811 no fue demolido: permanece conservado dentro de la estructura actual, aunque no existe ninguna señalización visible que lo indique a quienes visitan el lugar. La Pirámide fue trasladada nuevamente en 1883, luego de la demolición de la antigua Recova Vieja, construcción que dividía la plaza en dos sectores. A través de un sistema de rieles, el monumento fue movido hacia el centro de la Plaza de Mayo unificada, donde permanece hasta hoy.
Más allá de sus transformaciones arquitectónicas, la Pirámide de Mayo fue adquiriendo distintos significados políticos y simbólicos a lo largo de la historia argentina. Durante el siglo XIX se convirtió en el centro de las celebraciones patrias y de las tradicionales Fiestas Mayas. Sin embargo, uno de los procesos que más resignificó el monumento ocurrió durante la última dictadura cívico-militar-eclesiástica. Desde abril de 1977, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo comenzaron a marchar alrededor de la Pirámide exigiendo la aparición con vida de sus hijos y nietos desaparecidos por el terrorismo de Estado. Con sus pañuelos blancos, aquellas mujeres transformaron para siempre el sentido político y simbólico del lugar. La Pirámide dejó de ser únicamente un homenaje a la Revolución de Mayo para convertirse también en un símbolo de la lucha por los derechos humanos y la memoria colectiva.
Bibliografía
- Barrancos, Dora (2010). Mujeres en la sociedad argentina: una historia de cinco siglos. Buenos Aires: Sudamericana.
- Bobbio, Norberto; Matteucci, Nicola y Pasquino, Gianfranco (dirs.) (1998). Diccionario de política. 11.ª ed. Madrid: Siglo XXI Editores.
- Di Meglio, Gabriel (2006). ¡Viva el bajo pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la Revolución de Mayo y el rosismo. Buenos Aires: Prometeo.
- Fradkin, Raúl y Gelman, Jorge (coords.) (2010). Doscientos años pensando la Revolución de Mayo. Buenos Aires: Sudamericana.
- Goldman, Noemí (2009). ¡El pueblo quiere saber de qué se trata! Historia oculta de la Revolución de Mayo. Buenos Aires: Sudamericana.
