Sedentarismo digital y ultraprocesados: cómo cambiaron los hábitos alimentarios de las nuevas generaciones
Los hábitos alimentarios fueron cambiando de manera significativa de generación en generación y, en las últimas décadas, estas transformaciones comenzaron a acelerarse. El crecimiento del consumo de alimentos ultraprocesados, la disminución en la ingesta de productos frescos y las nuevas dinámicas cotidianas atravesadas por las pantallas y la inmediatez comenzaron a modificar no solo la forma de comer, sino también los vínculos sociales y culturales alrededor de la alimentación.
Para profundizar sobre este fenómeno, Portal Universidad dialogó con Lorena Lázaro Cuesta, Licenciada en Nutrición y Directora del Observatorio Alimentario Nutricional de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Mar Del Plata (UNMDP), quien habló sobre los cambios en los modos de vida, el avance de la industria alimentaria y las nuevas prácticas de consumo.
Sedentarismo digital, pérdida de consumo de alimentos frescos y cambios de hábitos
Las nuevas generaciones están atravesando el crecimiento del sedentarismo digital, comportamiento donde la mayoría de los jóvenes pasan horas prolongadas frente a las pantallas. Este fenómeno comenzó a modificar tanto la actividad física como las formas de alimentación de los adolescentes. En esa línea, la profesional expresó: “Lo que ocurre, y se viene observando desde hace algunos años, es un fenómeno relacionado con un sedentarismo digital. Los patrones de consumo y los modelos cotidianos de los adolescentes están atravesados por el uso de plataformas y redes sociales durante el tiempo de ocio, que en promedio es de entre cuatro y seis horas por día. En ese tiempo se produce un alto consumo de productos ultraprocesados y, en contrapartida, se busca ir al gimnasio para realizar actividades vinculadas con la fuerza y la resistencia, pero eso no logra compensar todo el tiempo sedentario al que está expuesto el adolescente”.
Los cambios no solo impactan sobre la actividad física, sino también sobre los vínculos sociales que tradicionalmente existen alrededor del deporte y los espacios recreativos. “Históricamente, los adolescentes practicaban deportes de equipo o actividades individuales, en clubes o espacios deportivos dando lugar a la socialización y a la práctica periódica de actividad física. Ahora, se pretende compensar este tiempo prolongado de exposición a pantallas concurriendo al gimnasio, pero ello no logra suplir el movimiento ni la interacción social que implicaba asistir a los clubes o espacios barriales. A efectos de la salud, no tiene el mismo impacto”.
Sobre el crecimiento del consumo de alimentos ultraprocesados y la disminución progresiva de productos frescos, la nutricionista dijo que “en ese tiempo, los adolescentes consumen comidas rápidas y productos de bajo valor nutricional, no se registra el consumo de esos alimentos mientras se utilizan las pantallas. Entonces sucede que consumen comida chatarra. Además, hubo históricamente una disminución en el consumo de alimentos frescos como frutas, verduras o carnes. De hecho, la ingesta de carne disminuyó en nuestro país y sobre todo en las últimas décadas. En Argentina, el promedio de consumo por persona era de 68 kilos al año y actualmente es de 44”.
Con respecto a los lácteos, otra pérdida de consumo, Lázaro Cuesta advirtió: “Lo mismo sucede con los lácteos, con una caída cercana al 10% en el último año. Todos esos alimentos, que son fuente de proteínas, fueron reemplazados en gran medida por comidas ultraprocesadas. La disminución del consumo de carnes, huevos, quesos y lácteos puede provocar pérdida de masa muscular y aumento de grasa corporal, aun en personas que aparentemente tienen un peso saludable”.
Gimnasios, suplementos y alimentos ultraprocesados
El crecimiento de los gimnasios y la búsqueda de determinados modelos corporales genera una cierta presión comercial vinculada al consumo de suplementos. Asimismo, estos espacios funcionan como un mecanismo de consumo asociado a las inseguridades corporales y a la pérdida de hábitos alimentarios saludables. “Muchas veces en los gimnasios aparece una propuesta muy orientada al consumo de suplementos proteicos, aminoácidos u otros productos que se promocionan como adecuados para ganar masa muscular en determinadas etapas de la vida. Ahí aparece una especie de clientelismo vinculado a la recomendación permanente de proteínas o aminoácidos en forma de suplemento”.
Con respecto a las publicidades y el marketing, la nutricionista objetó: “Estos cambios en los patrones alimentarios generan un mecanismo que se vuelve muy complejo de resolver, porque tiene que ver con el avance de la industria que impulsa y presiona para que los adolescentes consuman productos ultraprocesados y harinas refinadas. Estos alimentos suelen ser más baratos, porque se producen a grandes escalas, sumando la influencia del marketing y la publicidad. Por ende, los jóvenes tienden a elegir y consumir estos productos porque se vuelven parte de los círculos de pertenencia, desplazando las comidas que tienen aportes de nutrientes significativos”.
Si bien hay cierto avance, todavía hay preocupación muchas veces por la forma física y corporal desde un sentido estético. “Desde la salud, siempre se buscan modificaciones en los patrones de consumo de alimentos de los adolescentes para que elijan aquellas comidas más saludables: frutas, verduras, carnes, pescados, lácteos, huevos, entre otros”.
Acerca de los alimentos ultraprocesados y el tiempo de pantallas, Lázaro Cuesta explicó que “son formulaciones industriales que tienen ingredientes dañinos para la salud: están llenos de colorantes y conservantes, y en general tienen azúcar y alto contenido en grasas. Por eso, en la Argentina, desde 2021, se impulsó la Ley de Promoción de Alimentación Saludable para alentar a los consumidores y, en particular, a los jóvenes para que puedan identificar los nutrientes críticos que contienen y las características de esos productos. Por su lado, el sedentarismo digital coexiste con el consumo de alimentos ultraprocesados, porque tiene una alta palatabilidad que hace, desde lo sensorial, que se los siga eligiendo y se vuelva un consumo casi adictivo que se va perpetuando en el tiempo”.
En esa línea, la nutricionista agregó: “Este fenómeno se genera porque no hay plena conciencia de lo que se consumió. Los ultraprocesados no logran regular el mecanismo del hambre-saciedad. Entonces, hay una dificultad para que el cuerpo registre que ya está satisfecho, hasta el momento en que aparece nuevamente la sensación de hambre. Esta regulación se vuelve muy difícil con los productos ultraprocesados por sus particularidades”.
Con respecto a la Ley de Promoción de Alimentación Saludable, comentó: “Esta ley es una política pública integral, que define entre otros aspectos un rotulado nutricional claro, garantizando el derecho a la información del consumidor. Sin embargo, en estos días desde el gobierno nacional se está planteando su derogación con argumentos no avalados por la evidencia científica. Por el contrario, esta ley dispone del apoyo de más de 300 organizaciones científicas y académicas del país y la región”.
Tiempos de inmediatez y pérdida de hábitos compartidos
El exceso de uso de pantallas generó un contexto de inmediatez, que tiene consecuencias en los hábitos alimenticios. La profesional explicó que el evento alimentario es un acto complejo que involucra aspectos económicos, culturales y políticos. “En nuestro caso, actualmente estamos en una situación de mayor crisis económica. Esto dificulta el acceso a una alimentación saludable y los ultraprocesados o refinados son baratos y no llevan más de 15 minutos de preparación y cocción. Al contrario, en las generaciones anteriores el acto de cocinar era un momento donde se compartía la preparación de alimentos y, normalmente, los tiempos de preparación eran mayores”.
En ese sentido, añadió: “Lo que sucede en las formas de vida actuales es la necesidad de la inmediatez y de resolver rápidamente una comida. También, como cultura, la transmisión de saberes vinculados con los alimentos y las prácticas compartidas se perdió a lo largo de las distintas generaciones, y ahí se da el avance de la industria: monopolizando y homogeneizando los sabores”.
Asimismo, puntualizó: “No tenemos otras políticas públicas sólidas que regulen las formas en que se producen los alimentos, se comercializan, consumen y regulan los precios. No hay políticas que prioricen la producción de alimentos frescos por sobre la de productos ultraprocesados. Todas esas combinaciones hacen que tengamos una comensalidad que se va perdiendo, es decir, la mesa compartida se empieza a perder porque cada miembro de la familia come en distinto tiempo y pocas veces se pueden compartir esos momentos”.
Los cambios generacionales se hacen notar en todos los ámbitos, y la alimentación no fue la excepción. “En general, las generaciones anteriores optaban por alimentos frescos y nutritivos. Además, se destacaban los sabores diversos. Lo que sucede hoy es que hay una monotonía en el sabor, porque los conservantes y colorantes, aunque se combinan de distintas maneras, tienden a dar un único sabor. Esas particularidades hacen que tengamos una disminución de diversidad en la mesa de los argentinos”, concluyó.



