La transformación de la universidad durante la dictadura: relatos desde la UNMDP
Por Marina Nardiello y Melina Pulichino Azzerboni para el #MediaLab de Portal Universidad
El 24 de marzo de 1976, luego de que las Fuerzas Armadas derrocaron a la presidenta María Estela Martínez de Perón, comenzó la última dictadura cívico militar en Argentina. Denominada -por quienes estaban en el poder- como el “Proceso de Reorganización Nacional”, se la recuerda como una de las épocas más sangrienta que ha vivido el país, donde se instaló un sistema de terrorismo de Estado que duro hasta 1983.
La UNMDP recién comenzaba a construirse como institución y sus cimientos iban a verse sacudidos por las nuevas reglas impuestas
La Facultad de Derecho se consolidó como parte de la institución nacional en 1975, tras la creación de la Universidad Nacional de Mar del Plata el 30 de septiembre de ese año. En paralelo, sufrió la suspensión de varias carreras, principalmente en el área de ciencias sociales. En 1977, el régimen militar dio de baja las licenciaturas en Sociología, Antropología, Ciencias Políticas y Psicología. Un año más tarde se cerró la carrera de Ciencias de la Educación y se fusionaron las Facultades de Ciencias Económicas y Turismo, así se creó la actual Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. En contraposición, se autorizó la creación de la Facultad de Ciencias Exactas, Naturales y Biológicas.
A pesar de los cambios administrativos, el mayor impacto fue en los estudiantes. Las universidades dejaron de ser lugares libres para debatir, para transformarse en espacios vigilados, teniendo que recurrir a espacios privados para hablar ya que tenían que ser disimulados.
Estudiar bajo el silencio: historias de vida en tiempos de dictadura
Para quienes eran estudiantes universitarios en aquella época, transitar la vida académica implicaba mucho más que asistir a clases. La cotidianidad estaba atravesada por el temor a la vigilancia, por las ausencias repentinas y por el cambio radical del clima político dentro de las instituciones.
Muchos recuerdan haber reducido conversaciones, evitado determinados temas o incluso abandonado espacios de participación por miedo a represalias. Otros continuaron estudiando en medio de un contexto hostil, sosteniendo la educación como una forma de resistencia silenciosa.
Los actuales docentes de la UNMDP que fueron estudiantes durante aquellos años se transforman hoy en testigos directos de una memoria viva. Sus relatos permiten reconstruir no solamente los hechos históricos, sino también las emociones, los miedos y las estrategias cotidianas para sobrevivir dentro de una universidad intervenida.
Para Miriam Berges, actual directora del Doctorado en Ciencias Sociales y consejera superior de la Universidad Nacional de Mar del Plata, el golpe de Estado no irrumpió de forma abrupta dentro de la vida universitaria, sino que sus efectos comenzaron a sentirse gradualmente. La percepción de un cambio paulatino en el clima institucional marcó profundamente su experiencia como estudiante.
“El primer año transcurrió bastante bien, a partir del segundo fue más problemático porque se empezaron a notar los cambios y las restricciones”, recuerda.
La desaparición de personas, los exilios internos y la interrupción abrupta de vínculos se volvieron parte de una realidad marcada por la incertidumbre. Aunque Miriam sostiene que, en lo personal, no sintió temor constante, reconoce que el miedo se instaló de diferentes maneras entre quienes transitaban los espacios universitarios.
“En lo particular nunca tuve temor. Hay gente que ha tenido mucho miedo, se ha sentido muy perseguida por pensar si estaba en el teléfono de alguien”, explicó.
El impacto del régimen no solo transformó las relaciones sociales, sino también las dinámicas académicas. Con el paso del tiempo, Miriam comenzó a desempeñarse como ayudante y docente, experiencia desde la cual observó cómo el silenciamiento político se trasladaba al aula.
“Yo daba clases y notaba lo difícil que era que hicieran preguntas. Eran estudiantes muy callados, era la impronta de los tiempos. Preguntaban muy poco”, señala.
Ese silencio, comenta, no surgía únicamente del contexto universitario, sino también de una formación previa atravesada por la censura y las limitaciones impuestas durante la adolescencia.
“Yo creo que el impacto más grande de la dictadura a nivel de jóvenes viene en las generaciones posteriores, porque a vos te agarra un secundario bajo restricciones de qué te enseñan, qué no te enseñan, qué se puede decir y que no. Entonces entrás a la universidad con otras inquietudes, si no las tenías en casa, la universidad tampoco te las daba más que sutilmente”.
La universidad, que históricamente había funcionado como un espacio de intercambio colectivo, dejó de ocupar ese lugar. Las discusiones se desplazaron hacia ámbitos privados, lejos de la exposición pública y de cualquier posibilidad de sospecha.
“Mis amigos venían a casa, tenía la suerte de tener un quinchito y estudiábamos, discutíamos todos los temas. La universidad dejó de ser durante ese tiempo- un lugar para eso. Nos fuimos privatizando, digamos. Cada uno tuvo su propio espacio para discutir y dialogar, pero ya no en conjunto, no comunitario”.
El testimonio de Miriam Berges permite comprender cómo los procesos históricos atraviesan las experiencias personales y transforman las formas de habitar una institución. La universidad que conoció como estudiante no fue la misma que luego transitó como docente: cambió la manera de relacionarse, de debatir y de construir el conocimiento colectivo.
De la facultad al centro clandestino: el testimonio de Marcelo Miguel Garrote López

Listado de docentes detenidos-desaparecidos de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Documento en poder de Marcelo Miguel Garrote López.
Si bien para muchos estudiantes la dictadura se manifestó a través de silencios y restricciones administrativas, para otros la violencia estatal fue directa y física. Marcelo Miguel Garrote López, quien en 1976 combinaba sus estudios universitarios con su trabajo en el sector bancario, representa ese punto donde la vida civil y el terrorismo de Estado se cruzaron de forma violenta.
En la madrugada del 9 de octubre de 1976, Marcelo fue secuestrado en el domicilio de sus padres. Tras ser encapuchado y maniatado, fue trasladado a “La Cueva”, un centro clandestino de detención que funcionaba en el radar de la Base Aérea de Mar del Plata. En aquel entonces ya no formaba parte de ninguna agrupación partidaria o política, como sí lo había hecho previo a su paso por la universidad.
“Estuve en un centro de detención una semana”, relató Garrote López. Durante esos días, fue sometido a sesiones de tortura mientras era interrogado sobre su militancia política y sus posibles vínculos.
Tras recuperar su libertad el 14 de octubre de ese mismo año, Marcelo se enfrentó a un desafío que marcaría el resto de su vida: volver a habitar los espacios cotidianos bajo el peso de lo vivido. En un contexto donde el miedo solía aislar a las víctimas, su regreso a la facultad estuvo marcado por una resistencia colectiva y silenciosa, por una red de apoyo que lo sostuvo.
“Reuní a la gente de mi grupo para explicar lo que me había pasado y por qué. Y nadie me convirtió en un apestado. Me bancaron”, recordó con gratitud. A pesar del temor lógico que reinaba en la época, sus compañeros -que no tenían un “pasado” como el de él- no lo marginaron, y el apoyo de ellos y de su pareja de entonces fue fundamental para no abandonar la carrera de Licenciado en Economía.
Aunque el año siguiente fue anímicamente complicado y su rendimiento académico se vio afectado por todo lo vivido, Marcelo decidió persistir: “Lo pensé y dije: ‘No, voy a seguir’”, afirmó. Esa decisión de permanecer en las aulas fue, en sí misma, un acto de resistencia frente al intento del régimen por anular las trayectorias de vida de quienes pensaban distinto.
La docencia como reparación y vocación
Tras una carrera considerable en el banco, donde llegó a ocupar cargos jerárquicos pero también sintiendo una profunda insatisfacción personal, encontró en la docencia su verdadera identidad.
“Descubrir que podía ser un docente fue muy satisfactorio. Tuve muchas satisfacciones, tal vez no económicas, pero sí morales”, explicó. Su compromiso con la formación de las nuevas generaciones es tal que, aun después de haberse jubilado, continúa dando clases en la universidad. Al ser incompatible por ley recibir una jubilación y un sueldo estatal, decidió desempeñarse como profesor ad honorem. “Me ofrecí para que me designen como profesor libre sin cobrar un mango, por amor a la historia y a la docencia”, señaló.

Placa entregada a Marcelo Miguel Garrote López por sus alumnos y colegas en la celebración de su jubilación.
El filtro del ingreso, el fin de la gratuidad y el control constante
Habitar la universidad en el cambio de década entre los 70 y los 80 implicaba aceptar reglas de juego que hoy resultarían impensables. El primer gran escollo era el sistema de ingreso, que funcionaba como un embudo selectivo. Mario Luis López Crespi, quien inició su carrera en 1980, recuerda que el examen no solo era de una dificultad técnica elevada, sino que estaba condicionado por un sistema de cupos estrictos.
No alcanzaba con obtener una nota de aprobación, había que quedar entre los mejores promedios para acceder a un banco. Esta política de cupos limitados era una herramienta administrativa para desarticular la masividad estudiantil y mantener un control riguroso sobre quiénes habitaban los salones.
Sumado a la restricción académica, la dictadura impuso un sistema de arancelamiento. La universidad de aquel entonces no era gratuita: cada alumno recibía una chequera mensual -recordada por el testigo por su característico color azul- que debía ser abonada rigurosamente. Estar al día con las cuotas no era solo una cuestión administrativa, sino un requisito académico.
“Me acuerdo de las chequeras que teníamos para pagar mensualmente la universidad. Era requisito indispensable para poder presentarte a examen tener las cuotas al día. Me acuerdo de una chequera azul que uno pagaba todos los meses”, contó.
Aunque aclara que no se trataba de montos inaccesibles, el sistema reflejaba una universidad con dinámicas diferentes a las actuales.
El Documento Nacional de Identidad se convirtió en un elemento obligatorio y omnipresente: no solo era el pase para ingresar a los edificios intervenidos, sino la garantía frente a las requisas y controles que podían ocurrir en cualquier pasillo o parada de colectivo. Portar el documento era la diferencia entre la libre circulación y la sospecha inmediata.
Una universidad suspendida y el regreso de la participación
Para Mario Luis López Crespi, licenciado en Economía y actual profesor de la Universidad Nacional de Mar del Plata, la experiencia universitaria estuvo atravesada por interrupciones y transformaciones profundas. Su recorrido académico comenzó durante los últimos años de la dictadura, aunque estuvo marcado por una pausa obligada: el servicio militar.
“La experiencia propia que tengo para decirte de la vida universitaria es prácticamente el año 1980, una fracción muy corta del año 1981 y después, cuando volví a la vida civil y regresé a la universidad, ya era algo muy diferente a como la había conocido cuando había ingresado, porque ya se estaba yendo el gobierno de los militares”, recordó.
Remarcó una característica de la universidad de aquel entonces que hoy puede parecer irrisoria: los espacios de organización estudiantil prácticamente no existían.
“En ese año, el 1980, no había centro de estudiantes, era poca la acción gremial que podía llevarse adelante”, afirmó.
La vida estudiantil, según recordó, se reducía principalmente al ámbito cotidiano e interpersonal.
“Imagínate una facultad sin centro de estudiantes. Había un centro de copiado, un par de cafés enfrente, una librería y después la vida se restringía a lo que hacía cada quien con su grupo de amigos o compañeros. No había manera de hablar de política así abiertamente, tal vez en círculos más íntimos”.
La vida universitaria de López Crespi estuvo atravesada por el servicio militar obligatorio. Lejos de abandonar los estudios, encontró en ellos una manera de sostener cierta continuidad personal en un contexto completamente distinto.
“Durante el servicio militar pude dar dos materias. Pedí autorización en la unidad militar en la que estaba y estudiaba dentro del cuartel, cuando podía. Cuando me daban franco, estudiaba en mi casa. Me hacía muy bien estudiar porque era cambiar de entorno, cambiar de mentalidad”, recordó.
Más allá de las restricciones institucionales, Mario conserva una valoración positiva de la universidad pública como espacio de encuentro y diversidad social.
“La universidad pública para mí fue un crisol, de combinarme, de conocer un sinfín de personas. Muchachos que no eran de Mar del Plata, más grandes que yo, que trabajaban en ocupaciones muy distintas”, explicó.
El escenario comenzó a modificarse progresivamente a partir de los años 1982 y 1983, cuando el final de la dictadura empezó a hacerse visible y la participación estudiantil reapareció dentro de las universidades.
“Recuerdo movilizaciones, manifestaciones, charlas abiertas. Después vinieron los concursos. También las peñas, los encuentros, los bailes o las fiestas que se hacían”, señaló.
Para López Crespi, la recuperación democrática representó una reapertura de espacios que durante años habían permanecido limitados.
“La idea del 82-83 es la idea de algo que reverdece, algo que había estado sin poder crecer o expresarse durante varios años y que, tras Malvinas, comenzó a brotar. En forma de ideas, reuniones, discusiones y agrupaciones partidarias”.
A la distancia, considera que recuperar estas experiencias resulta fundamental no solo como ejercicio de memoria, sino también como una herramienta de aprendizaje colectivo.
“Es bueno preservar los ámbitos de discusión, de pensamiento. Es bueno dar testimonio de las experiencias: las negativas para intentar que no se repitan y las positivas para consolidarlas”.
El recorrido de Mario Luis López Crespi reconstruye una universidad atravesada por cambios institucionales y restricciones, pero también una etapa de reconstrucción colectiva. Entre los años finales de la dictadura y el retorno democrático, su experiencia refleja el pasaje hacia una universidad que lentamente volvió a abrir espacios de encuentro, debate y participación estudiantil.
La memoria que habita las aulas
A cinco décadas de aquel quiebre institucional y humano que marcó a fuego la historia argentina, la Universidad Nacional de Mar del Plata se erige hoy no solo como un centro de altos estudios, sino como un testimonio vivo de lo sucedido. Los relatos de Miriam, Marcelo y Mario no son meras piezas de un archivo histórico, son el motor de una memoria que late en cada clase, en cada pasillo y en cada debate que hoy se da en libertad.
El paso del tiempo ha permitido transformar el miedo en compromiso, y aquel silencio impuesto en una palabra compartida que educa y sana. Al recorrer estas historias, queda claro que la universidad es mucho más que sus edificios donde se dictan clases, es la red humana que la sostiene incluso en los momentos más oscuros.
El círculo de estas trayectorias vitales se cierra hoy en el ejercicio cotidiano de enseñar. Como testigos directos de una época de sombras, estos protagonistas han elegido el aula como el espacio para construir un futuro distinto. En definitiva, las voces de este informe encontraron en la docencia una vocación y una forma de devolverle a la universidad todo lo que a ellos les ha dado. Su legado permite dimensionar el valor de los espacios de debate, del intercambio de ideas y de la educación pública como herramienta de formación crítica.
*Estudiantes del MediaLab, primer Laboratorio de Redacción para Medios Digitales. Se trata de un sistema experimental que consiste en el trabajo periodístico, de producción propia, que desarrollan alumnos del Taller de Redacción para Medios Digitales, correspondiente a la Tecnicatura de Periodismo Digital que se dicta en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata

