Tacle al olvido: construyendo la memoria de los rugbiers marplatenses desaparecidos
Por Candela Crabas y Abril Luna Casella para el #MediaLab de Portal Universidad
El 24 de marzo de 1976 marcó el inicio de una de las etapas más oscuras de la historia argentina. La dictadura cívico-militar no solo irrumpió en la vida política e institucional del país, sino que también atravesó espacios cotidianos de formación, socialización e identidad, entre ellos el deporte.
A cincuenta años del golpe, mientras gran parte de la memoria colectiva se concentró en universidades, sindicatos y movimientos obreros, aún persisten espacios menos movilizados. Equipos enteros atravesados por la desaparición, historias silenciadas e instituciones que durante décadas relegaron parte de ese pasado.
Considerado uno de los deportes más golpeados por el terrorismo de Estado en Argentina, el rugby permite explorar de manera particular la relación entre deporte, militancia y memoria desde una perspectiva local. No se trata de analizar únicamente la práctica deportiva, sino de repensar el deporte como un espacio social donde también se expresan valores, tensiones y compromisos propios de una generación.
Hay un dato crudo que rompe con cualquier preconcepto sobre el deporte y la política en la Argentina de los años 70. El periodista e investigador Gustavo Veiga, autor del libro Deporte, Desaparecidos y Dictadura (edición 2017),, logró documentar una estadística devastadora: “Hay 220 casos de deportistas desaparecidos, y en ese registro 152 eran de rugby. Quiere decir esto un 70% del total. Para que te des una idea más, 20 futbolistas contra 152 de rugby“. Actualmente, la cifra de rugbiers desaparecidos alcanzó los 178 jugadores, gracias a la investigación de Carola Ochoa, periodista y fundadora del torneo en homenaje a los rugbiers desaparecidos, que ya lleva más de 10 ediciones.
A través de 5 testimonios marplatenses, reconstruimos y entrelazamos la historia de los rugbiers desaparecidos, que son el reflejo de una ciudad atravesada por la violencia política, incluso desde antes del 24 de marzo de 1976.
Alejandro Bustos, ex jugador y entrenador del Mar del Plata Rugby Club y titular de la cátedra de Historia Americana Contemporánea en la Universidad Nacional de Mar del plata, sostuvo que el golpe en la ciudad se dio un año antes, con la intervención de la Concentración Nacional Universitaria (CNU), un grupo parapolicial de ultraderecha que operaba asesinando y disciplinando estudiantes universitarios.
“En mi club hubo muchos desaparecidos. Gente que practicaba el deporte, estoy hablando de 10, 15 jugadores activos en distintas divisiones, que por la presión del CNU terminaron exiliados. Son las primeras cortes de exiliados que tiene Mar del Plata”.
“Es un deporte que en ese momento, en la década del 70, estaba mucho más restringido al ámbito universitario. No había un desarrollo muy por fuera de lo que es los colegios y aquellos que tenían la posibilidad de ir a la universidad, de poder adquisitivo de clase media o clase media alta. Como puede ser el colegio San Alberto, Mar del Plata Day School, Peralta Ramos con sus clubes Mar del Plata Club, Sporting, Universitario y Comercial”
“Es el deporte que más jugadores o practicantes activos del deporte que más desaparecieron. Y ahí uno tiene que pensar en dos cuestiones que tiene el rugby, que hay que destacar. Uno es el compromiso social que te da y haber pertenecido a estructuras de la universidad, de la JUP, o de la JP, o de ERP, que tuvieron una relación directa, con este compromiso social y otro con, esto es parte de mi hipótesis, es de los valores que inculca el rugby.”
“Hay jugadores o gente que ha jugado al rugby en Mar del Plata, pero que desapareció como militante si estaban estudiando en otro lado. El foco más importante fue en La Plata. De ahí desaparecieron muchos jugadores o mucha gente que practicó el deporte en Mar del Plata.”
Historias atravesadas por la desaparición.
Este fue el caso de Juan Carlos Abachian y Jorge Pérez Catán, jugadores marplatenses que pasaron por los clubes Mar del Plata Day, Comercial y UNI en su adolescencia. Sus hermanas nos cuentan más detalles sobre sus historias, su relación con el deporte, y su desaparición.
Patricia Pérez Catán estudiaba Medicina en la Universidad Nacional de La Plata y junto a su hermano Jorge Pérez Catán, que estudiaba Agronomía en la misma ciudad. Jorge, al igual que sus otros dos hermanos Alejandro y Fernando, había jugado al rugby en su adolescencia, pasando por el Club Comercial de Mar del Plata.
“En mi casa no había militancia, la militancia nuestra en realidad se empezó en la Universidad de La Plata. Ahí empezabas a plantearte la realidad social. Yo creo que por un lado no teníamos conciencia de hasta dónde y cómo venía la mano”.

(Foto: Alejandro, Jorge y Patricia Pérez Cátan junto a su familia en Mar del Plata.
Fuente: Patricia Pérez Catán)
El primer secuestro en la familia Pérez Catan, sucede en 1976 con la detención de Alejandro Pérez Catan, el mayor de los hermanos varones que jugaba al rugby en el club Sporting. Estudiante de Agronomía en Balcarce, fue secuestrado por la marina en Mar del Plata junto a su esposa en un violento operativo, donde los represores dejaron a su hija con el portero del edificio tras su captura.
A partir de ahí, el matrimonio sobrevivió a un tortuoso recorrido por varios centros clandestinos y penales del país: pasaron por la Base Naval, el Faro, estuvieron cautivos en un barco en Puerto Belgrano, y terminaron en las cárceles de Sierra Chica y Devoto. Tras más de un año de cautiverio, lograron acceder al derecho de salir del país a disposición del Poder Ejecutivo y partieron hacia el exilio como refugiados políticos en España, donde viven hasta el día de hoy.
Mapa ilustrativo de la ruta de detención de Alejandro Pérez Catán
Mientras Alejandro estaba detenido, Patricia y Jorge fueron secuestrados por el ejército en la casa de sus padres en Mar del Plata el 31 de enero de 1977. Tras horas de saqueo y destrucción, los hermanos fueron trasladados encapuchados al centro clandestino de detención conocido como “La Cueva”. El relato de Patricia expuso en primera persona la atrocidad minuciosa de la represión: “Apenas te agarraban la tortura era sistemática, con golpes, picanas. Me conseguí un vidrio, me corté las venas y sangré un montón, me paraba y me desmayaba. Por lo menos logré con eso que no me torturaran más”
Días después de su detención y tras un intento de suicidio, le avisaron a Patricia que sería trasladada y le permitieron despedirse de su hermano, que se encontraba en una celda frente a la de ella. “Me dejan despedirme y nos llevan a los dos encapuchados, nos pudimos agarrar de las manos y despedirnos. Esa fue la última vez que estuve con mi hermano Jorge”
Patricia fue llevada en el baúl de un auto al centro clandestino “La Cacha“, en La Plata, donde estuvo cautiva cerca de seis meses. En junio de 1977 fue trasladada a la Comisaría Octava de la misma ciudad y allí finalmente la legalizaron como detenida donde su familia pudo visitarla. El paradero de Jorge tras su detención, fue un enigma para todos. Desde la comisaría, Patricia logró reconstruir parte del destino de su hermano.
“Un día llegan dos enfermeras que venían de La Cacha y enseguida les pregunté si habían visto a alguien, cómo se llamaba, toda la información que me podían dar, y me dicen que Jorge había estado en allí, en La Plata”.
Esta información inicial lograría completarse años después en los juicios por la verdad, cuando un sobreviviente sanjuanino testificó haber estado en una celda al lado a la de Jorge en ese mismo centro clandestino. Según estas reconstrucciones, a Jorge Pérez Catán lo vieron con vida casi hasta finales de 1977, después se pierde todo rastro.
Mapa ilustrativo de la ruta de detención de Patricia y Jorge Pérez Catán
En noviembre de 1978, un juez ordenó la liberación de Patricia dictando un sobreseimiento definitivo. A través de Amnistía Internacional, organización que la había adoptado como presa política, consiguió una visa del gobierno suizo y un pasaje cubierto para abandonar el país. Sin embargo, inicialmente se resistía rotundamente a la idea de exiliarse y dejar a su madre sola, tras la muerte de su padre mientras Patricia estaba detenida.
“Yo al principio no estaba convencida de irme. Todas las noches miraba por las ventanas si veía algún falcón verde en la esquina.”
Para proteger su propia vida, en febrero de 1979 emprendió su exilio hacia Ginebra, Suiza. Allí logró retomar sus estudios de medicina, rehacer su vida y formar una familia junto a su futuro marido, quien también se encontraba como exiliado político. Aun estando lejos, Patricia comenzó a trabajar activamente junto a organismos de derechos humanos frente a Naciones Unidas. “Militamos mucho desde el exilio. Fue gracias a todo ese laburo junto a los organismos que se logró que se declarara la desaparición de personas como un delito de lesa humanidad”.
Patricia, con el paso de los años volvió a Argentina, en diciembre de 1995, cuando la democracia estaba instalada, buscando estar cerca de su familia para que sus hijos pudieran criarse con sus abuelos y tíos. Sin embargo, el retorno implicó empezar de nuevo en una sociedad que, según percibía, “aún existía miedo para hablar abiertamente de la dictadura”, coincidiendo su regreso al país con el comienzo de los juicios por la verdad.

(Foto: Patricia Pérez Catán, ante los magistrados del Tribunal Oral en lo Criminal Federal 1 de La Plata por los juicios por la verdad.
Fuente: Agencia Andar – Helen Zout, CPM)
Marta Abachian, técnica en periodismo por el Instituto Superior Mariano Moreno, desde la desaparición de su hermano el 26 de diciembre de 1976 cuando ella tenía tan solo 13 años, dedicó su vida a hacer prensa y formar un nexo entre los medios de comunicación y los organismos de derechos humanos. “Yo creo que me dediqué al periodismo para ser la voz de los que no tienen voz, seguro.”
Juan Carlos Abachian era estudiante de Derecho en la Universidad Católica de Mar del Plata y militante de la JUP. En su adolesencia jugó al rugby en el club Mar del Plata Day y el UNI. En 1976 se fue a Buenos Aires, donde su hermana lo vio por última vez, y sin avisarle a su familia se fue a La Plata a seguir con sus estudios en la UNLP, ciudad donde desapareció en diciembre de ese mismo año. Su esposa y su bebé de ocho meses lograron escapar y se exiliaron en España.
“Muchos cada vez que digo mi apellido me dicen ‘¿qué sos de Juan Carlos?, no sabes lo que era tu hermano, cómo hablaba, cómo paraba ante los compañeros y compañeras’. Corrió sangre hasta tener la universidad pública y bueno parte de esa sangre es la de mi hermano”.
Sobre su hermano, Marta tiene los siguientes recuerdos: “Era muy aguerrido, un tipo, como todos dicen, muy solidario también. Todo eso tiene que ver con su inquietud por un mundo mejor, y se ve que lo encontró estudiando derecho. Siempre fue pensando en el otro y por eso quizás también jugó al rugby, que a decir de los jugadores en esa época era muy solidario. Me cuidaba, me protegía, era donde me decía cómo me tenía que comportar, era el que más estaba pendiente de mí, en realidad estaba pendiente de todos”.
En el verano de 1976, Marta estaba trabajando con su madre en su negocio de la playa del Muelle Gancia (ahora el Muelle de Quilmes, playa Punta Iglesias), cuando el suegro de su hermano les informó sobre su desaparición.
“Fue al negocio, a decir que había caído mi hermano ese día y bueno, fue abrazarnos con mi mamá y llorar, llorar, porque bueno, ya veíamos que se venían épocas muy tristes. Aunque no pensábamos nunca todo lo que después sucedió”. Marta no solo perdió a su hermano sino que perdió su adolescencia entre incertidumbre, vigilancia, allanamientos y una búsqueda incansable.
“Yo quería mi fiesta de 15 y mi viejo se pasaba buscando, intentando saber dónde estaba mi hermano, presentando Habeas Corpus. Mis viejos incluso viajaron a Uruguay a buscarlo, pidieron plata para estar por todos lados y nada. A mis viejos no les tocó, pero muchos milicos que también se aprovechaban y pedían guita. Mis primas hace poco me dijeron ‘Nosotras no entendíamos por qué vos te descomponías y vomitabas todas las noches’. Y claro, de algún lado tenía que sacar todo. Fueron épocas muy complicadas”.
“Muchas veces iban a casa de mis padres a buscar y a irrumpir de madrugada. En un momento mamá les dijo: ‘¿Pero qué quieren? Si ya mi hijo lo tienen ustedes, ¿no? No está acá; sino, lo tienen ustedes’. Y bueno, a partir de ahí, desde ese día ya no volvieron más a casa”. Incluso antes de la desaparición de Juan Carlos, cuando él vivía en Buenos Aires, la familia ya estaba siendo vigilada.
“En septiembre del 76, que fue la primera vez, nos reventaron la casa, porque nosotros no estábamos, estábamos en un partido de básquet, de Unión, por supuesto. Cuando volvimos estaba reventada la casa: la ametralladora en la puerta corrediza, en calefactor de marca eskabe, todo bañado en cera que es para que explote, pero por suerte estaba apagado. Me reventaron todo, todo, todo, todo lo que encontraron y nos afanaron. Hasta el día de hoy cierro los ojos, pero lo estoy contando y lo estoy viendo”. La desaparición de su hermano fue muy difícil de asimilar para toda la familia.
“Nosotros somos descendientes de armenios. Decimos que tuvimos ‘dos genocidios’: porque el primero, el genocidio armenio, en 1915. Una cosa pesada ya de familia, así que ahora venimos con esto. Cuando empieza la democracia, pensamos ‘bueno, ahora será preso político, entonces va a aparecer, nos van a decir dónde está’, y seguimos. Hasta ese momento, papá no hablaba: palabras cortas. Mi mamá, decía ‘sí, porque cuando venga tu hermano…’ En el fondo ella sabía que no iba a volver. Por eso seguimos pidiendo ahora, al día de hoy, 2026, que abran los archivos. Queremos saber, que digan qué pasó con ellos, porque no sabemos. Muchos no sabemos todavía”.
Mapa ilustrativo de la ruta de detención de Juan Carlos Abachian
Marta junto con su madre buscan respuestas sobre el paradero de su hermano desde momentos donde no había comunicación entre las madres y se movilizan desde las primeras marchas por la memoria, la verdad y la justicia.
“Estábamos en la calle con 20 personas en Mitre y San Martín, tirando globos negros como señal de ‘bueno, acá estamos’. Ahora nos sentimos acompañados con tanta gente como este año, que fueron cerca de 100.000 personas a la marcha por el 24 de marzo. Así que es un largo camino, un larguísimo camino. Son 50 años de estar peleando, de estar en la calle y decir, son 30.000, fue un genocidio y queremos saber dónde están, queremos que abran los archivos”.
Dos miradas sobre el rugby en tiempos de dictadura.
Nestor Di Iorio era compañero de estudio y concuñado de Juan Carlos Abachian. Sus esposas, María Florencia y Mercedes Loyarte, respectivamente, eran hermanas. Aunque el matrimonio de Nestor y María duró solo 3 meses, interrumpido por su detención en 1975. En una entrevista, Di Iorio reconstruyo su historia, desde su infancia en Bahía Blanca, su pase por clubes de rugby y su militancia en Mar del Plata.
“Me mudé a Mar del Plata en el año 70, empecé a estudiar abogacía, y caí en lo que después fue, con los años, en la Generación Maldita. Entre mis compañeros hay muchos desaparecidos, entre ellos mi concuñado, Abachian. Nosotros le decíamos el Turco, hasta que un día él nos pidió: ‘Por favor, no sigan diciéndome el Turco, porque tengo problemas en casa por la historia de los turcos con el genocidio armenio’.”
“Cuando sucede el asesinato de Silvia Filer, yo empiezo de alguna manera a tomar conciencia militante, que empieza siendo por la ocupación en la Facultad de Derecho, en rechazo y en repudio a lo que había hecho el CNU.”
En marzo de 1975, Nestor fue detenido mientras militaba con el JP Barrial en la unidad básica Carlos Olmedo del Barrio Libertad. Lo llevaron a la cárcel de Dolores y a fines de ese mismo año lo trasladaron a la cárcel de Sierra Chica.
“Mi familia empezó a tramitar mi salida del país, que era parte de lo que permitía el artículo 23 de la Constitución. Cuando se está por concretar mi salida, se produce el golpe militar el 24 de marzo, y a partir de ahí quedamos pegados. Yo estuve preso hasta el 81, y con libertad vigilada hasta el fin de la Guerra de Malvinas, en el 82. Durante los siete años de detención que tuve, por todos lados estaba lleno de jugadores de rugby presos, detenidos en distintos lugares, de distintas procedencias, incluso de distintas clases sociales”.
Mapa ilustrativo de la ruta de detención de Nestor Di Iorio
A pesar de estar detenido, Nestor se enteró de la desaparición de su concuñado Juan Carlos y las teorías sobre su final.
“Se que estuvo un tiempo comunicándose con los padres vía telefónica, cada tanto los llamaba y les decía que estaba bien, que no hicieran nada, que ya iba a volver, que esto, que lo otro, hasta que un día se suspendieron las llamadas y nunca más se supo de él. Con los años supimos que fue uno de los tantos tirados al río de La Plata.”
Nestor recuerda su pase por el club Albatros de Bahía Blanca (actual Club Argentino), donde jugó desde los 15 a los 18 años hasta que sufrió un accidente que le costó la visión del ojo izquierdo por lo que abandonó el deporte de manera profesional. Se reincorporó al rugby como entrenador cuando su hijo empezó a jugar al deporte a los 5 años en el club Sportiva de Bahía Blanca. Toda esta experiencia en el rugby le permite reflexionar sobre el deporte y la militancia.
“Hay una relación importante entre el deporte y la militancia, y especialmente el rugby, que en principio y fundamentalmente es un deporte de contacto, de conjunto: vos pones a disposición del equipo tu osamenta. Acá no existen las individualidades, no existe la figura, no existe el héroe individual, sino que existe el equipo, todos juntos llegamos al objetivo. El triunfo no es de nadie sino que es de todos, y lo que vale es la camiseta y no el portador, la camiseta es el unificador de todos nosotros”.
Además, realizo una relación histórica de las principales formaciones del deporte: “Ese concepto de equipo, de conjunto, yo creo que tiene que ver incluso con, yendo muy atrás en la historia de la humanidad, tiene muchísimo que ver con el triunfo de dos civilizaciones importantísimas: los Griegos y los Romanos. La manera de atacar al enemigo se llamaba “testudo”, avanzaban con el escudo puesto sobre sus cabezas, uno al lado de otro, hombro con hombro de manera que las flechas no podían ingresar. Eso hace que el infante se sienta seguro y acompañado, formando parte de algo que lo ayuda a triunfar”.
“La similitud del testudo romano con el scrum, del rugby, tiene absolutamente mucho que ver, porque el scrum son ocho tipos entrelazados, formando un conjunto que se agazapa y forma una estructura plana, y avanzan todos juntos, forzando a la formación rival y tratando de imponer su destreza”.
Fernando Coppari jugó en el Club Comercial Mar del Plata desde 1977 hasta 1984, el mismo club en el que por un tiempo jugaron los marplatenses desaparecidos Guillermo Enrique Pérez Pavon y Jorge Pérez Catan. Sus recuerdos en el club durante los años de la dictadura cívico-militar están atravesados por el silencio.
“El principal tema de debate en un club no es el tema político. Uno sabe quién hace política y quién no, pero no hay asambleas en un club de rugby. La verdad es que en un club el principal tema de charla y debate no es la política; o sea, no es el ámbito para debatir: es donde se hace el deporte”.
“El golpe de Estado fue cívico-militar. Está claro que fue sangriento por el lado de los militares, pero que hubo muchos civiles, militantes y dirigentes de algunos partidos políticos, todos involucrados, que también compartieron esa idea.”
En relación al deporte y la cifra de desaparecidos, Fernando llego a la conclusión antes compartida. “Entre los jugadores había un grado de militancia y de participación universitaria más importante que en otros deportes. Comparado con otro tipo de deporte, es muy posible que haya más posibilidad de un ascenso social, sobre todo en aquel momento del rugby, que se consideraba un poco más elitista”.
Si bien en los clubes no se hablaba de lo que políticamente ocurría en el país, la realidad en las calles era inevitable.
“En el club no había problema porque no se podían detener las actividades deportivas. Eso sí: vos salías con el club y no podíamos salir 20 jugadores juntos. Agarrábamos la ruta, la 226 en este caso, pero si te repartías después, ibas en un auto que no tenía que haber más de tres personas, porque por ley tenían la posibilidad de detenerte. Recuerdo mi primera detención: fue en un recital de Papo. Tocó dos temas y fuimos todos presos. Y nunca entendíamos bien por qué.”
Fernando forma parte del tribunal de disciplina de la Unión de Rugby de Mar del Plata desde hace 13 años, y reflexiono sobre los valores del rugby y la actualidad mediática.

(Foto: Fernando Coppari jugando al rugby en el Club Comercial. Fuente: @fernandocoppari en Instagram)
“Es fundamentalmente un deporte amigo y de valores altísimos. El rugby no es el asesinato de Fernando Baez Sosa, porque esos chicos ni siquiera eran del rugby. Yo sé que se vende bien, pero no eran rugbiers, la venta es de prejuicio social. Había uno de los asesinos que había jugado al rugby hasta los 19 años, que intentó jugar en primera pero ni siquiera había llegado. Los demás habían jugado a rugby cuando tenían 10, 12 años. No podés decir que son rugbiers ni que representan al deporte”.
Memoria y omisión
La historia del deporte también es una historia política, social y humana. Pensar el rugby durante la última dictadura implica desmontar relatos que durante décadas buscaron presentarlos como espacios ajenos a los conflictos de su tiempo. Casos de clubes que perdieron generaciones enteras de jugadores, militantes y jóvenes comprometidos con su realidad social y no estuvieron exentos de la violencia estatal.
Como señalo Alejandro Bustos, ex jugador y titular de la cátedra de Historia Americana Contemporánea en la UNMDP: “El tema de los derechos humanos y de los desaparecidos también habla un poco de lo que es la sociedad humana, cómo funciona, no sólo la sociedad argentina, sino también todas las sociedades. Hay un grado de responsabilidad por acción u omisión, en este caso la omisión no implica negar la complicidad.”
En ese sentido, el silencio posterior también forma parte de esta historia. Revisar esta historia implica preguntarse no sólo qué ocurrió dentro de los clubes, sino también cómo esos espacios fueron transformados por el golpe de Estado, y por qué tardaron tanto tiempo en asumir públicamente esa memoria. Alejandro Bustos hizo la siguiente conclusión:
“El problema es que los clubes tradicionales de rugby no quieren correr con la herencia de ser el deporte que más desaparecidos hay. En La Plata Rugby Club desaparece toda una división, toda una primera, que militaban entre montoneros y el ERP y el club tardó 50 años en reconocer que tiene desaparecidos”
Que el silencio de los clubes haya durado medio siglo no puede leerse sólo como olvido, sino como una forma de omisión que expone responsabilidades más profundas. Marta Abachian se expresó al respecto:
“La dirigencia local no quiere saber nada. Los clubes tampoco. Son más reacios a participar de la memoria del rugby. De hecho, nos han hecho bastantes vacíos para poder llevar a cabo los torneos en memoria de los desaparecidos de Carola Ochoa. Esto es por la dirigencia, por su posicionamiento político. Sin duda”
Esta resistencia no es exclusiva del ámbito local. A nivel nacional, como mencionó Marta, la Unión Argentina de Rugby (UAR) tardó décadas en emitir un pronunciamiento oficial sobre los jugadores desaparecidos. Alejandro hace mención a este tema y reflexiona sobre el contraste con el plano internacional: “Por el exilio de muchos jugadores y activistas, se mantiene mucho más presente en el exterior que en Argentina la historia de los jugadores desaparecidos. Selecciones como Francia o Nueva Zelanda, cada vez que vienen a Argentina, van a la ESMA, a hacer un reconocimiento y a brindar un homenaje a aquellos jugadores.

(Foto: All Blacks en una visita guiada al Museo Sitio de Memoria ESMA junto a la Embajada de Nueva Zelanda en Argentina. Fuente: Museo Sitio de Memoria ESMA)
Recuperar estas historias busca resignificar al deporte como territorio social. Porque recordar a los desaparecidos en los clubes no es sólo un acto de justicia histórica: es una manera de romper silencios, cuestionar complicidades y construir instituciones más conscientes de su papel dentro de la sociedad.
*Estudiantes del MediaLab, primer Laboratorio de Redacción para Medios Digitales. Se trata de un sistema experimental que consiste en el trabajo periodístico, de producción propia, que desarrollan alumnos del Taller de Redacción para Medios Digitales, correspondiente a la Tecnicatura de Periodismo Digital que se dicta en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata





