Florencia Canale: “Lo único que me calma es el pasado”

Florencia Canale escribe desde un lugar incómodo para el presente: el pasado. No como refugio nostálgico, sino como territorio de certezas frente a un mundo que percibe cada vez más artificial, despojado de cuerpo y de experiencia. Autora de algunas de las novelas históricas más leídas de la Argentina, Canale construye sus libros a partir de una investigación obsesiva y de personajes femeninos que la interpelan por su contradicción, su potencia y su sombra. Canale se reencontró con su ciudad natal en el marco de MarPlaneta, donde presentó La cruzada, la historia de la aventurera española Catalina de Erauso.

En este diálogo, reflexiona sobre la escritura como salvación, su rechazo visceral a la inteligencia artificial, la centralidad del cuerpo en la creación y el amor intacto por Mar del Plata, ciudad que para ella sigue oliendo a infancia y felicidad.

—Tu obra se inscribe dentro de la novela histórica. ¿Por qué elegiste ese camino dentro de un campo tan amplio como la literatura?

—Porque lo único que me calma es el pasado. La historia es la única certeza que tenemos. El presente es pura incertidumbre y el futuro es la monstruosidad de no saber, es miedo. En cambio, el pasado ya fue, está ahí.

Mi primera novela, Pasión y traición, es la historia de Remedios de Escalada de San Martín. Tal vez estaba buscando mi origen. Soy descendiente de Remedios y me interesaba contar su historia, porque de ella se sabe muy poco. Ser la mujer de José de San Martín implica quedar corrida al costado. Y eso, justamente, me resultó fascinante. Además, disfruto muchísimo la investigación. La lectura, la búsqueda, la persecución de datos, la investigación pura y dura. Me siento muy cómoda ahí, en ese territorio.

—¿Las historias aparecen a partir de la investigación o primero aparece el personaje?

—Mis libros aparecen mientras estoy escribiendo el anterior. Cuando estoy terminando una novela me pongo muy nerviosa, porque necesito saber con qué voy a seguir. La escritura es aire. Necesito aire. Entonces, de manera inconsciente —o no tanto— empiezo a encontrar lateralmente el próximo tema. Siempre surge a partir de un personaje que me genera algo: contradicción, escalofríos, incomodidad. Busco un poco, lo propongo a Planeta y sigo.

— ¿Dónde apareció La cruzada?

—Un personaje muy lejano: Catalina de Erauso, una mujer que nace en 1592, en Europa. Cuando se lo conté a mi editor, Mariano Valerio, se le abrieron los ojos y me dijo: “Sí, vamos”. Y ahí estoy.

—Otra mujer.

—Sí, otra mujer. Y no es algo buscado, es orgánico. El personaje tiene que generarme ganas de zambullirme en esas turbulencias. No escribo cosas alegres, pero sí escribo desde el deseo de entrar ahí.

“La inteligencia artificial no tiene sangre”

—Tenés una posición muy marcada frente a la inteligencia artificial. Hoy se habla incluso de reemplazo de recuerdos, de archivos falsos que parecen reales. ¿Qué reflexión te genera?

—Me parece un mundo asqueroso. Horroroso. Yo soy una combatiente en contra de todo eso. No me interesa, me aburre profundamente. No debería llamarse inteligencia artificial, debería llamarse brutalidad artificial. Entre lo artificial y la inteligencia hay una brecha enorme. Yo no uso ChatGPT ni nada de eso. No me interpela. A mí lo único que me interesa es el cuerpo: la sangre, los fluidos, la transpiración, la angustia, la felicidad. Eso es estar viva. Todo lo otro es la muerte. La aniquilación de las ideas.

—¿Lo decís solo en términos artísticos?

—En todo sentido. Por supuesto defiendo la ciencia, estamos vivos gracias a la ciencia. Pero esto no tiene que ver con eso. Tiene que ver con la banalización, con el deterioro cognitivo, con una lógica que no me interesa habitar. Yo leo en papel. Soy vieja escuela y no soy la única. Me resisto. Salgo con mis herramientas, que son mis armas, y con eso sigo.

“Mar del Plata tiene un olor que me hace feliz”

—Venís todos los años a Mar del Plata. ¿Qué te genera recorrer la ciudad hoy?

—Me genera felicidad. Gracias a mis recuerdos —no a la inteligencia artificial— puedo volver a caminar por donde andaba en bicicleta con mis primos, con mis amigas, cuando era chica. Los veranos largos, fascinantes.

Siento el olor de Mar del Plata y me pongo feliz. Como acá y para mí es la comida más rica del mundo, eso es inamovible. Seguramente los marplatenses tienen reclamos, como en todas las ciudades. Pero yo mantengo intacta la idea de que en algún momento de mi vida me gustaría volver a vivir acá. Siempre reafirmo mi amor por esta ciudad bendita.

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