La investigadora del CONICET Asunción Romanelli advierte sobre la crisis invisible del agua

Por momentos, el agua parece estar ahí, disponible, abundante, casi como un recurso garantizado. Pero no siempre es lo que parece. Detrás de esa apariencia, se esconde una problemática silenciosa que crece sin hacer ruido. De eso habla la investigadora del CONICET, Asunción Romanelli, que viene trabajando hace años en la calidad del agua y sus impactos en los ecosistemas.

En septiembre de 2025, Romanelli fue una de las expositoras en el Foro Científico del OIEA, realizado en Viena bajo el lema “Átomos para el agua”. La experiencia, cuenta, fue mucho más que una instancia académica. “Fue una experiencia muy valiosa tanto a nivel profesional como personal. Me permitió intercambiar conocimientos con especialistas de distintos países, discutir problemáticas globales y también posicionar el trabajo que venimos desarrollando desde Argentina en un ámbito internacional de alto nivel”, explica.

En un contexto local marcado por dificultades en el financiamiento científico, su participación también tuvo un peso simbólico. “Lo viví como un reconocimiento al trabajo colectivo. A pesar de las limitaciones, en Argentina se sigue produciendo conocimiento de calidad, con impacto y reconocimiento internacional”, señala.

Lo que no se ve, también importa

Durante el foro, Romanelli integró el panel “Quality Unknown – the Invisible Water Crisis”. La idea de una “crisis invisible del agua” puede sonar abstracta, pero describe algo muy concreto: el deterioro de la calidad del agua que no se percibe a simple vista.

“A diferencia de la escasez, que se nota cuando falta agua, los problemas de calidad pueden estar presentes incluso cuando el recurso parece abundante”, explica. Contaminantes como nitratos, metales o microorganismos pueden afectar el agua sin alterar su apariencia inmediata.

Esa invisibilidad es parte del problema. “Sus efectos muchas veces se ven a largo plazo, tanto en la salud humana como en los ecosistemas, y además requieren monitoreo técnico para detectarlos”, agrega.

En ese sentido, las técnicas isotópicas, una de las herramientas que utiliza en su investigación, permiten rastrear el origen y el recorrido de los contaminantes, aportando información clave para entender qué está pasando y cómo intervenir.

Cuando el agua se enferma

Uno de los focos de trabajo de Romanelli es la contaminación por nutrientes y la eutrofización. Se trata de procesos que, si bien existen de forma natural, hoy están fuertemente acelerados por la actividad humana. “El exceso de nitrógeno y fósforo, que proviene de fertilizantes, residuos ganaderos o efluentes urbanos, genera cambios en los ecosistemas acuáticos”, explica. Entre esos cambios aparece el crecimiento desmedido de algas y las floraciones de cianobacterias, algunas de las cuales producen toxinas.

Las consecuencias no son menores: disminuye el oxígeno en el agua, se afecta la biodiversidad y se generan riesgos directos para la salud humana.

Un problema cercano

Aunque pueda parecer lejano, la “crisis invisible” tiene expresiones muy concretas en la región. En la provincia de Buenos Aires, varias lagunas pampeanas registran floraciones de cianobacterias de forma recurrente. “En los últimos años, lugares como Chascomús, Lobos, Monte, Gómez o La Brava han tenido niveles de riesgo elevados, con alertas sanitarias y restricciones en el uso recreativo del agua”, advierte. Estos episodios no solo afectan a los ecosistemas, sino también a actividades sociales y económicas vinculadas al turismo y al uso recreativo.

Ciencia, Estado y decisiones

Los estudios que lleva adelante el sistema científico no quedan en el plano teórico. Según Romanelli, son fundamentales para diseñar políticas públicas más efectivas. “Permiten identificar fuentes de contaminación, priorizar áreas críticas y mejorar las estrategias de monitoreo y control”, sostiene. En particular, conocer el origen de contaminantes como los nitratos es clave para poder intervenir.

En ese escenario, el rol del Estado es central. Desde la regulación hasta la implementación de sistemas de monitoreo, pasando por la comunicación de riesgos. Como ejemplo, menciona el programa de gestión de cianobacterias en la provincia de Buenos Aires, que incluye sistemas de alerta temprana como el “cianosemáforo”. “Son herramientas concretas que permiten informar a la población y prevenir riesgos”, destaca.

Conocimiento desde el territorio

Para Romanelli, producir ciencia desde el territorio no es solo una cuestión académica, sino una necesidad. “Permite entender las problemáticas en su contexto local y generar información relevante para la toma de decisiones”, explica. En regiones donde los datos son escasos, estos estudios pueden marcar la diferencia entre intervenir a tiempo o llegar tarde.

Hacer visible lo invisible

Al final, todo vuelve a una idea simple pero potente: lo que no se ve también importa. “La calidad del agua puede deteriorarse sin señales evidentes, pero con consecuencias importantes. Por eso es clave hacer visible esta problemática, promover un uso responsable y valorar el rol de la ciencia”, concluye.

Porque, aunque no siempre se note, el agua también puede estar en crisis. Y entenderlo es el primer paso para cuidarla.

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