Alzheimer: “no es solo un desafío médico, sino también social”
De acuerdo con el Instituto de Neurociencia Cognitiva y Traslacional (INCYT), se estima que unas 500.000 personas viven con demencia en Argentina, y la gran mayoría de ellas padece la enfermedad de Alzheimer. En ese contexto, septiembre, considerado el Mes Mundial del Alzheimer, tuvo como objetivo concientizar sobre esta enfermedad, informar a la población, reducir el estigma, promover el diagnóstico temprano y brindar apoyo a cuidadores y familiares
Para conocer más sobre la enfermedad, Portal Universidad dialogó con Diego Bernandini, médico, profesor titular de Medicina de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP) y director del Diplomado Internacional en Nueva Longevidad.
Según estimaciones de la OMS, entre 6 y 7 de cada 10 casos de demencia corresponden a la enfermedad de Alzheimer. “Es una enfermedad neurodegenerativa, esto implica que las neuronas que conforman el cerebro se van dañando y muriendo de manera progresiva. Por eso, ya se le da la característica de ser una enfermedad incapacitante, irreversible y, sobre todas las cosas, no es parte normal del envejecimiento”, explicó Bernandini.
En la etapa inicial y asintomática, los cambios en el cerebro pueden comenzar hasta 15 o 20 años antes de que aparezcan los primeros síntomas evidentes. En esa línea, el médico indicó: “Mucha gente todavía sigue hablando de demencia senil y no es así. La demencia senil significa que, a medida que envejecés, te volvés demente. En el Alzheimer, lo que sucede en el cerebro es un proceso silencioso y solapado. Se estima que una persona, una vez que llega al diagnóstico de deterioro cognitivo, ya lleva diez años en evolución. Es decir, que aparece mucho antes de que aparezcan los síntomas”.
En ese sentido, explicó: “Lo que ocurre es que se acumulan de una forma anormal dos tipos de proteínas en el cerebro. Por un lado, la proteína beta-amiloide, que se deposita entre las neuronas y forma unas especies de placas. Por el otro, está la proteína tau, que se almacena dentro de las células nerviosas. No solo genera inflamación, sino que corta la comunicación. Entonces termina provocando la muerte de esas neuronas”.
Los primeros síntomas y la importancia de un diagnóstico temprano
Este daño no ocurre en cualquier lugar, sino que suele comenzar en el hipocampo y en la corteza entorrinal, estructuras clave del cerebro donde se forman nuevos recuerdos. “Entre los primeros síntomas, el que más se nota es la dificultad para recordar lo reciente, mientras que los recuerdos antiguos suelen ser los que se conservan por más tiempo. A medida que esa enfermedad avanza, este deterioro se extiende a otras zonas de la corteza cerebral. Las funciones ejecutivas, como el lenguaje, la orientación y el razonamiento, empiezan a afectarse y, al ser irreversible, lleva a la pérdida de autonomía de la persona”.
Según la escala GDS (Global Deterioration Scale), cerca del 20% al 28% de los pacientes ya presentan una marcada falta de conciencia sobre sus fallos de memoria. “Hay un patrón que habitualmente los médicos consideramos: el paciente con Alzheimer no viene solo, sino que lo trae el familiar que nota alteraciones”.
Con respecto al diagnóstico, el profesional dijo que “es fundamentalmente clínico. Se basa en una evaluación con una batería de pruebas y un proceso diagnóstico: historia clínica, se escucha al paciente y, sobre todo, a la familia. Detectar la enfermedad tempranamente permite descartar otras causas que pueden ser tratables. También abre la puerta a intervenir cuando todavía el cerebro conserva mayor capacidad de respuesta. Significa, fundamentalmente, estímulo y tratamientos farmacológicos que en las primeras etapas suelen tener un impacto positivo en la persona”.
En esta línea, señaló: “La edad es el principal factor. A partir de los 65 y 70 años, el riesgo se incrementa. En la genética, hay una forma hereditaria, de aparición temprana y poco frecuente. Hay un gen conocido, el ApoE4, que aumenta el riesgo. De todos modos, que tengas ese gen no significa que te vayas a enfermar”.
Sin embargo, Bernandini sostuvo que “lo más importante son los hábitos de vida. Cerca del 40% y 45% de los deterioros cognitivos se pueden prevenir. La actividad física es la que tiene más efecto protector. Además de una alimentación saludable, el control de la presión y el colesterol, la moderación del alcohol y el cuidado de la audición”.
Un desafío médico y social
El futuro de la medicina para el Alzheimer apunta a las terapias combinadas o dirigidas contra ambas proteínas. “Lo que se busca es tratar de modificar el curso de la enfermedad. En general, son anticuerpos monoclonales que suelen estar diseñados con el objetivo de eliminar la proteína beta-amiloide y tau. No es una cura, pero representa un cambio importante. Después, se está buscando desarrollar terapias que estén dirigidas contra las dos proteínas”.
Asimismo, recalcó: “El papel de la inflamación crónica y del sistema inmune en el cerebro es un tema que viene cada vez con más fuerza. El cerebro en sí es de una enorme complejidad. Es el órgano más complejo y el menos estudiado. Tiene una estructura, la barrera hematoencefálica, que dificulta que muchos fármacos puedan llegar al sistema nervioso central. Además, todavía hay una corriente que dice que el Alzheimer no es una única enfermedad, sino un conjunto de procesos con múltiples causas que convergen y generan este proceso de deterioro”.
Hoy en día, existe una brecha entre lo que la ciencia puede observar físicamente en el cerebro y cómo se manifiesta clínicamente en cada paciente. “Desde el punto de vista científico todavía falta mucho por conocer. No terminamos de comprender del todo por qué se inicia la enfermedad, por qué algunas personas con las mismas lesiones en el cerebro tienen síntomas y otras no, por qué afecta más a unas personas que a otras. Nos falta una capacidad de diagnóstico temprano, accesible y, por supuesto, tratamientos que sean realmente efectivos”, detalló.
Según los datos y cifras de la OMS, la demencia afecta de forma desproporcionada a las mujeres, tanto directa como indirectamente. Las mujeres presentan cifras más elevadas de años de vida ajustados en función de la discapacidad y de mortalidad por esta afección y, además, asumen el 70 % de las horas de cuidados que reciben las personas con esta afección.
Sobre el papel de la sociedad, Bernandini recalcó que “el conocimiento no depende de un laboratorio, sino de nosotros como sociedad. Primero, hay que desterrar el fatalismo. Existe la idea de que el Alzheimer es una consecuencia inevitable de envejecer. Envejecer no es una enfermedad”.
En ese sentido, agregó: “Luego, hay que combatir fuertemente el estigma. A la persona que tiene deterioro cognitivo habitualmente se la reduce a su diagnóstico. Se le quita su identidad, se deja de verla como quien es. Y lo que tenemos que tener en claro es que detrás de toda enfermedad, y mucho más del Alzheimer, hay una biografía, una historia, una identidad que tuvo emociones y, por supuesto, una dignidad que debe permanecer hasta el último día. La persona sigue estando allí y merece ser tratada como tal”.
Un estudio publicado en la revista Alzheimer’s & Dementia reveló que ocho de cada diez cuidadores son familiares mujeres que no reciben paga ni están capacitadas. Además, la depresión del propio cuidador y los síntomas neuropsiquiátricos del paciente son los factores que más influyen en la sobrecarga, superando a la dependencia física.
En ese marco, Diego Bernandini concluyó: “Es esencial visibilizar a quienes cuidan. Detrás de cada paciente hay uno o más cuidadores que pueden ser una esposa, compañera, una hija o nieta, a la cual no se le suele reconocer ese apoyo. Ese cuidado pone muchas veces en peligro la integridad, la salud de esa persona y su bienestar económico. Cuidar al que cuida es una tarea pendiente. El Alzheimer no es solo un desafío médico, sino también social”.



