Día Internacional de las Personas Mayores: miradas desde el cine y la universidad
El 1 de octubre se celebró el Día Internacional de las Personas Mayores, fecha establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1990 para llamar la atención sobre los desafíos y los aportes de la población mayor. La designación pretendía promover la conciencia pública respecto de la vejez y favorecer políticas que garantizaran los derechos y el bienestar de las personas mayores.
En paralelo a la efeméride, Mar del Plata fue sede por primera vez de la tercera edición del Festival Internacional de Cine sobre Envejecimiento: “Miradas a través del tiempo”, una propuesta universitaria nacida en Uruguay que buscó problematizar las representaciones cinematográficas sobre el paso del tiempo y la vida en edades avanzadas. El festival se llevó a cabo desde el martes 30 de septiembre al jueves 2 de octubre y combinó una selección internacional de cortometrajes con actividades formativas y espacios de encuentro entre comunidades y academia. Los escenarios elegidos para el desarrollo del evento fueron el Museo MAR, la sala Nachman del Teatro Auditórium y la sala Laureti del Centro Comercial del Puerto (local 9).
Desde el Sistema de Medios Públicos de la UNMDP dialogamos con Verónica Corina Soliverez, licenciada en Psicología, especialista en Docencia Universitaria, docente e investigadora de la Facultad de Psicología y Coordinadora del Programa Gerontológico en la UNMDP y con Claudia Arias, Dra. en Psicología, profesora e investigadora en la Facultad de Psicología y coordinadora de talleres en el programa UPAMI.
Arias resumió con claridad ambos ejes —la jornada conmemorativa y la programación— y recordó que la fecha sirve, ante todo, para “concientizar, para sensibilizar” y para impulsar la construcción de “una sociedad que sea para todas las edades”, capaz de ofrecer entornos amigables y oportunidades para que las personas mayores puedan “seguir desarrollando sus proyectos de vida”. Además advirtió que los estereotipos negativos sobre la vejez limitan posibilidades, condicionan conductas y que combatirlos debía ser un objetivo central de políticas y prácticas sociales.
Arias señaló, además, que los aportes de las personas mayores se manifiestan de formas diversas: “por su experiencia, por su trayectoria, por sus conocimientos, por su sabiduría”, y en actividades generativas como los cuidados familiares, la transmisión cultural y la participación productiva y comunitaria. Subrayó que la vejez se ha transformado en una etapa de vida larga, con personas que superan ampliamente las cuatro décadas de vida en el tramo mayor, y que ello exige repensar las políticas públicas en términos de prevención, promoción de la salud y garantía de derechos.

La coordinadora del programa de Gerontología de la UNMDP, Corina Soliverez, vinculó la efeméride con la propuesta cinematográfica: explicó que el festival, en su tercera edición global, desembarcó por primera vez en la ciudad y ofreció la oportunidad de “verse, mirarse y pensar cómo el cine reproduce imaginarios”, a la vez que posibilitó el debate sobre si las representaciones fílmicas correspondían a la multiplicidad de vejeces existentes. Subrayó que el festival estaba abierto a todo público y que las proyecciones —acompañadas por charlas y talleres— buscan evitar retratos estigmatizantes y, en cambio, mostrar realidades plurales.
Una de las singularidades del festival fue su proceso de selección: en cada edición se recibieron más de setecientos cortometrajes, evaluados en una primera etapa por un comité académico experto y luego por una curaduría que ponderó criterios fílmicos además de la pertinencia temática. El material, una vez exhibido en salas, quedó disponible en línea para servir de repositorio educativo y generar material de trabajo para talleres y cine-foros.
La jornada en la ciudad combinó ese espíritu con prácticas locales: se programaron proyecciones, charlas en espacios informales y un cierre que incluyó una obra de teatro escrita y protagonizada por personas mayores, surgida de un taller comunitario. Soliverez explicó que la iniciativa de teatro se integró al festival para visibilizar la creatividad y el protagonismo cultural de la población mayor y para generar marcos de encuentro entre generaciones.
Por su parte, Arias afirmó que, en Argentina, el desafío principal no era únicamente la atención a la salud física, sino la construcción de condiciones para el bienestar integral —físico, psicológico, social y ambiental— y la concreción efectiva de los derechos reconocidos por normativas y convenios internacionales. Señaló que la transformación normativa debía traducirse en políticas públicas tangibles que alcanzaran, en la práctica, la vida cotidiana de las personas mayores. “La convención se convirtió en ley hace unos años y que se pueda cumplir con todo lo que esa ley establece”, sostuvo, subrayando la brecha entre normativa y ejecución.
La discusión pública que quedó planteada en el festival combinó, por lo tanto, lectura cultural y demanda política: por un lado, se problematizó cómo los lenguajes fílmicos contribuyen a fijar imágenes que simplifican la vejez; por otro, se reclamó un enfoque de derechos que garantizara autonomía, acceso a servicios y oportunidades de participación. Los cortos exhibidos propusieron relatos que fueron, alternativamente, memoria, reflexión sobre la dependencia, exploración de relaciones intergeneracionales y miradas sobre la tecnología y el cuidado.
La convocatoria, además, produjo conversaciones sobre representación. Soliverez insistió en que “hay tantas formas de envejecimiento como personas existen”: la heterogeneidad, dijo, obliga a desarmar la idea homogeneizadora que suele acompañar a la palabra “vejez”. Arias, por su parte, subrayó que las políticas debían incorporar la realidad demográfica: “En ciudades con alto porcentaje de población mayor como lo es Mar del Plata, en donde el porcentaje ronda el 19%, se hace todavía más evidente la necesidad de políticas integrales que contemplaran prevención, promoción y atención diferenciada” aseguró.
La mirada artística permitió, según las organizadoras, “generar espacio crítico para repensar y construir sociedades más inclusivas”. Tanto Soliverez como Arias coincidieron en que iniciativas de este tipo refuerzan la idea de que envejecer no era sinónimo de eliminación del proyecto vital, sino una etapa con potencialidades que la comunidad debía reconocer y promover.
Quedó planteado, finalmente, un desafío sencillo pero contundente: transformar la conciencia en acciones concretas. El festival ofreció, durante su desarrollo, una puerta de entrada. La conmemoración internacional, por su parte, recordó la necesidad de que esa puerta se convierta en política cotidiana capaz de garantizar que las personas mayores accedan a entornos, servicios y oportunidades que respetaran su diversidad y su dignidad.
