Leonardo Oyola presentó “Érase una vez en el Oeste”, su primer libro de crónicas

El destacado escritor de literatura policial, Leandro Oyola, regresó a Mar del Plata con su primer libro de crónicas, Érase una vez en el Oeste (Qeja Ediciones). El encuentro, desarrollado en las instalaciones de la Librería Universitaria (Jujuy 1731) y organizado en conjunto por la Secretaría de Comunicación y la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata (FCEyS-UNMDP), consistió en una charla abierta con el periodista Lucas Alarcón. El evento se constituyó como un espacio de debate en torno a los cruces entre la no ficción, las identidades geográficas y el periodismo narrativo.

Un puente de palabras con su hijo

La distancia obligatoria de la crisis sanitaria global del COVID reconfiguró los lazos afectivos del autor. Ante el aislamiento, la escritura se convirtió en el único juego posible para conectar con un hijo que crecía a la distancia.

¿Cómo nació la idea de este nuevo libro de crónicas y qué te motivó a regresar, a través de la escritura, a tus vivencias en la zona oeste?

Empecé a escribir crónicas y a animarme con la poesía durante la pandemia, en medio de ese parate obligatorio en el que todos nos preguntábamos cuáles eran nuestras asignaturas pendientes. Mi hijo Ramón se crió en Santa Teresita; estábamos terminando el verano juntos cuando comenzó el aislamiento obligatorio y se convirtió en todo un tema pensar cuándo nos volveríamos a ver. Pasamos un año entero sin vernos y el chico de 13 años que subió al micro no regresó; cuando lo volví a ver, ya tenía mi estatura, era prácticamente un hombre.

En ese período de distancia empecé a escribir estos textos como un juego con él, porque siempre me preguntaba cosas de cuando yo era chico y vivía en el barrio. En paralelo, surgió una propuesta de la Universidad de Lomas de Zamora para escribir en la revista Cordón. Como tengo exclusividad de ficción con la editorial Random House, este espacio me dio la libertad de pulir esas experiencias personales en otros géneros.

Para quienes no habitan Buenos Aires, el concepto del “Oeste” puede resultar abstracto. ¿Cómo definirías la identidad y la cultura de esa región que aparece de forma recurrente en tu obra?

Lo que hoy se denomina conurbano o AMBA era, cuando yo era pibe, simplemente el Gran Buenos Aires dividido en zona norte, zona sur y zona oeste. A finales de los setenta y principios de los ochenta, la oferta televisiva era escasa y estaba colmada de repeticiones de series de vaqueros de las décadas de los cincuenta y sesenta; el almacén de mi barrio, por ejemplo, se llamaba El Gran Chaparral. Hubo una apropiación muy fuerte de la cultura western en la zona.

Existía un boliche emblemático llamado Jessie James que ocupaba toda una cuadra y estaba ambientado minuciosamente como un pueblo del Far West, con su estación de tren, su molino y pistas divididas por cuadros de referentes del género como John Wayne o Giuliano Gemma. En San Justo se fabricaban las mejores botas tejanas, las JR. En el barrio se decía que el hombre de Casanova usaba botas tejanas porque con ese calzado es imposible correr; te obliga a plantarte y dar la cara si te vienen a buscar. Años después, al finalizar el rodaje de la película de Kryptonita, las vestuaristas me regalaron un par de esas botas y me hicieron llorar de la emoción.

De Seinfeld a Luján: la libertad de romper las estructuras

Dejar de lado la rigidez lineal de la novela le permitió al escritor jugar con múltiples referencias sin presiones comerciales. Un recorrido que cruza la comedia norteamericana con la fe popular.

¿Cómo se equilibra el relato de tu infancia con ese presente pandémico y posterior en estas crónicas?

El libro pivotea constantemente entre las experiencias que nos tocó vivir, los prontuarios del barrio y el estado actual de las cosas. La pandemia aparece de manera explícita en una crónica específica vinculada a las plazas de allá. Lo que más disfruto de la crónica es la posibilidad de disgregarse, algo inviable en una trama de ficción donde debés mantenerte concentrado en una estructura rígida. Aquí puedo permitirme jugar con múltiples referencias, trazar un rulo y regresar al punto de partida.

En uno de los textos finales que más aprecio, dedicado a la peregrinación a Luján, introduzco la serie Seinfeld para explicarle a mi hijo los motivos de nuestra caminata. Me interesa profundamente el stand-up por el extraordinario poder de observación que despliegan los comediantes para desarrollar un tema. Reescribí el material previo junto a mis editores, Leti y Naza, quienes también se criaron en el conurbano, para evaluar qué elementos faltaban y otorgarle una unidad orgánica a la obra.

El volumen se abre con la transcripción de tu recordada charla TED. ¿Cómo fue la trastienda de esa exposición y bajo qué premisas decidieron sumarla al libro?

Fue una propuesta de Leticia para inaugurar el libro, y me pareció muy acertada por todo lo que decantó en esa experiencia. Los reclutadores de la organización me convocaron tras haberme escuchado disertar sobre el concepto del “cover” en la cooperativa Eloísa Cartonera de Washington Cucurto y luego de verme bailar en un escenario de la Feria del Libro. La preparación y filmación ante más de mil personas fue sumamente exigente. Te obligan a permanecer dentro de un círculo rojo delimitado en el suelo para no perder el foco de las cámaras y te enseñan técnicas específicas de respiración para contrarrestar los mareos del pánico escénico.

Durante el proceso de entrenamiento compartí la trastienda con un hacker, con Cucho de Los Auténticos Decadentes y con Pedro Aznar. Fue una situación desopilante porque dos noches antes del evento, durante una cena, Aznar anunció que se bajaba de la grilla porque sentía que no le había dedicado el nivel de intensidad que requería la exposición; aquello nos dejó aterrorizados a todos mientras Cucho, ya alcoholizado, intentaba darnos ánimos para salir al escenario.

El Gráfico como escuela literaria

Mucho antes de pisar una academia, la sensibilidad poética del autor se moldeó leyendo periodismo deportivo tradicional. La épica de las cuerdas y el ring side.

En tu rol de lector de crónicas, ¿qué autores o corrientes periodísticas considerás que han sido fundamentales en tu formación literaria?

Leo de todo y sigo con mucha atención las interesantes propuestas que se realizan actualmente en plataformas online. Sin embargo, el origen de mis lecturas de crónica se remonta estrictamente al periodismo deportivo. Tanto mi papá, fanático de River, como mi tío, hincha de Racing, guardaban colecciones de la revista El Gráfico. En sus páginas descubrí las crónicas de boxeo escritas por Cherquis Bialo, que eran auténtica poesía.

Recuerdo vívidamente sus textos sobre Nicolino Loche, su cobertura tras la muerte de Oscar Bonavena o el épico y sangriento combate de Víctor Galíndez contra Richie Kates en Sudáfrica. Cherquis Bialo escribió en El Gráfico, casi seis años antes de que se estrenara la película Blade Runner, un texto con una estructura idéntica al célebre monólogo de Roy Batty, utilizando la repetición del “Yo he visto” para concluir con un conmovedor “lloré la noche”. En esta etapa de mi vida me encuentro releyendo mucho para analizar en profundidad los procesos creativos de mis colegas.

¿Esta mirada hacia el pasado coincide con tu decisión de mantenerte al margen de las redes sociales? ¿Cómo fundamentás esa postura en la actualidad?

Sí. Abrí cuentas en redes sociales coincidiendo con el lanzamiento de Kryptonita por sugerencia de la editorial. Si bien el contacto con los lectores era afectuoso, me resultaba abrumador; no toleraba la idea de responder con respuestas genéricas predeterminadas a personas que se tomaban el trabajo de escribir extensos mensajes analizando la novela. Posteriormente, durante la producción de la serie Nafta Súper, los canales se saturaron de demandas laborales de actores y mensajes de índole patotera.

El punto de quiebre definitivo ocurrió con el fallecimiento de mi maestro, Alberto Laiseca. Observar cómo personas que en vida lo habían maltratado o le debían dinero lo despedían con una hipocresía desmedida en las redes me enfureció y me llevó a confrontarlos públicamente. Comprendí que las redes sociales deforman las identidades y decidí retirarme de ese ring virtual. Me genera un gran bienestar y me permite resguardar mis horas de lectura; prefiero que el protagonismo absoluto lo tenga la obra y no mi nombre.

No obstante, las reglas del mercado editorial actual exigen que el autor se convierta en su propio promotor digital. ¿Cómo convivís con las presiones de las grandes corporaciones frente al espacio de las editoriales independientes?

Es una tensión constante. Recientemente renové mis títulos de ficción con Penguin Random House por siete años, bajo una cláusula que me obliga a abrir una cuenta de Instagram destinada exclusivamente a la promoción de mi próxima novela. Las grandes multinacionales han eliminado prácticamente sus departamentos de prensa tradicionales y delegan la difusión en el vínculo directo uno a uno entre el escritor y el lector.

Separo drásticamente el “trabajar de escritor” del acto puro de escribir; cuando estás promocionando, no estás creando. El andamiaje de las grandes editoriales es estrictamente comercial y determina el éxito de un libro en sus primeros 40 días en las mesas de novedades. Por este motivo, considero fundamental respaldar a los sellos independientes. Las editoriales independientes son las que asumen el riesgo real de apostar por nuevas voces literarias sin exigir una visibilidad comercial o económica previa.

La noche de Mortal Kombat y el deseo de un padre

El broche de oro del volumen está dedicado por entero a Ramón, quien hoy convive con él y ya da sus primeros pasos en el fluir de la conciencia y el terror clase B.

Para concluir, el libro está dedicado por entero a tu hijo Ramón. ¿Cómo recibió la obra terminada y cómo definirías el vínculo que los une hoy a través de la palabra escrita?

Se lo entregué el día que fuimos al cine a ver Mortal Kombat 2. Ramón ya tiene 20 años y actualmente convivimos. Se emocionó profundamente al descubrir la dedicatoria y leyó el volumen completo de un tirón esa misma noche. Hacia el desenlace del libro, le confieso que el haberme dedicado de lleno a la lectura y la escritura me ha permitido construir una vida feliz, y le deseo de corazón esa misma felicidad en la profesión que él elija.

No sé si proyectaría una continuación de este libro en el futuro; de hecho, mi verdadero deseo es que él me escriba a mí. Ramón ya escribe textos muy interesantes basados en el fluir de la conciencia, y desde pequeño demostró una gran intuición narrativa: en tercer grado obtuvo la nota máxima por un relato de terror titulado La noche del pollo zombie. Compartir activamente el amor por lo que nos apasiona ha consolidado una relación hermosa y sumamente madura entre ambos.

 

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