Testimonios, datos e infografía: la síntesis de la dictadura en Mar del Plata
Por Martín Musa Carvani para el #MediaLab de Portal Universidad
El 24 de marzo de 2026 se cumplieron 50 años del último golpe de Estado que derrocó a la república y sumergió a la Argentina en lo que junta militar llamó “proceso de reorganización nacional”, este periodo duró hasta el 10 de diciembre de 1983, con el retorno de la democracia.
Previo al golpe, el país estaba sumergido en una profunda crisis social y política debido al auge de organizaciones guerrilleras como Los Montoneros y el Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP). Para tomar un panorama claro de los daños provocados a nivel nacional por estas dos facciones, basta con consultar los datos proporcionados por la Sentencia Causa 13/84. De toda la información pública disponible, se destaca lo siguiente:
5.125 atentados explosivos, 1.052 atentados incendiarios, 252 actos contra medios de comunicación social, 1.748 secuestros, 1.501 asesinatos, 551 robos de dinero, 589 robos de vehículos, 45 copamientos de unidades militares, policiales y de seguridad.
Los asesinatos del periodista David Kraiselburg, el Teniente General Pedro Eugenio Aramburu, el presidente de Fiat Argentina Oberdan Salustro y el Secretario General de la Confederación General del Trabajo (CGT) José Ignacio Rucci por solo nombrar algunos.
A nivel nacional, General Pueyrredon fue uno de los lugares que registraron mayor acción represora por parte de la dictadura militar por el tamaño de Mar del Plata como ciudad, qué funcionó como centro neurálgico que influyó en toda la región sudeste y la costa atlántica bonaerense. Ya con el retorno de la democracia, desde dicha ciudad, el poder judicial efectuó la Subzona 15, una mega causa judicial que abarca a toda la región sudeste bonaerense cuyos, objetivos fueron investigar y juzgar a los responsables por terrorismo de Estado.
Un amplio sector de la sociedad fue víctima de crímenes de lesa humanidad, incluyendo a la comunidad de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP). La institución se vio forzada a cerrar carreras y a modificar planes de estudio que el régimen consideraba fuera de su sintonía ideológica. De toda esta represión, el secuestro y asesinato de estudiantes, docentes y no docentes fue la pérdida más grande que lamentar.
Eduardo Britos, un hombre de 69 años oriundo de Dolores y licenciado en Economía, reside en la actualidad en Mar del Plata, donde trabaja en un espacio teatral. Durante su juventud, vivía en el barrio Villa Primera y militaba en la Juventud Universitaria Peronista (JUP), aunque militaba en el peronismo desde los 15 años.
Britos accedió a dialogar para relatar aquella trágica noche en la que, con solo 19 años y siendo estudiante de segundo año en la UNMDP, se convirtió en víctima de crímenes de lesa humanidad. A comienzos de la dictadura, las fuerzas represoras del Estado lo secuestraron y lo torturaron con el fin de obtener información para dar con el paradero de uno de sus compañeros.
¿Cómo fue el momento de tu detención?
-El 24 de abril, un mes después de que empezó el golpe de Estado, irrumpieron en mi casa en la que vivíamos con mis dos hermanos, mi hermana, mi papá, mi mamá, mi tía y mi tía-abuela.
Durante horas de la madruga entraron hombres armados, pero vestían de civil, me desperté con un arma apuntando a mi cara, eso fue lo último que vi antes de que me encapucharan con un poncho que era de mi hermana, y me ataron las muñecas con una corbata que era mía. No poseían elementos profesionales, usaron lo primero que se encontraron.
Según los vecinos, habían dos autos, uno sería una Ford Falcon, pero no recuerdan de qué color era porque estaba oscuro, pero era un inconfundible Falcon. El otro auto era un Peugeot tipo sedán, pero no era de uso policial, era
un auto particular cualquiera. También me contaron que me metieron en el Falcon, al rato me di cuenta de que estaba en el piso que queda de espacio entre los asientos traseros y delanteros.
Durante el trayecto me iban diciendo amenazas, me decían que me despida del mundo, en un momento les grité “no puedo respirar”, y uno me respondió “jodete”.
Cuando llegamos, no sé a dónde, porque nunca lo supe, me sacaron la capucha, pero me vendaron los ojos, me preguntan por un compañero al que yo conocía, Julio Poponio, él era estudiante de Psicología y militante de la JUP.
Después de responder más de una vez que no sabía cuál era su paradero me obligaron a desnudarme y me ataron boca abajo en una base de cama, estaba hecha de metal, hierro y resortes, creo que durante tres horas me picaron con una picana eléctrica mientras me preguntaban por más personas, pero era tanto el dolor que no podía pensar en personas ni en nombres, tenía la mente en blanco.
En medio de ese tormento, terminé soltando un nombre y la respuesta fue “no te hagas el pelotudo, a ese ya lo tenemos”, aunque yo ya sabía que estaba capturado.
Cuando me desataron de la cama me hicieron vestirme, pero estaba descalzo, me hicieron arrodillarme y apoyar la cabeza contra la pared y me pisaron los dedos de los pies, lo sentí, pero no me dolió, supongo que por el aturdimiento del dolor previo. Al poco rato tuvimos un intercambio de palabras:
– “¿Crees en Dios?”
No.
– “Bueno, la verdad no me importa, ¿sabés rezar?”.
No, no se rezar.
– “Rézate algo, lo que sea”.
Mientras rezaba lo único que se me ocurrió escuché como cargaban una pistola y los oí gatillar “¡uy, falló!”, se repite la misma secuencia, “¡falló otra vez, una más!”, me hacían creer que en cualquier momento me ejecutarían. Luego de eso me quemaron la creciente barba con un encendedor, al terminar, me volvieron a encapuchar y atar las manos.
Me subieron a un auto, cuando se detuvo me dijeron “bajá”, y lo hice, pero me di por muerto, estaba seguro que había llegado a mi tumba, cuando me bajé uno de ellos me sentó en un banco, me desató las muñecas y me dijo que cuente hasta treinta, que me saque la capucha y que me vaya a mi casa. Antes de dejarme solo, el hombre me dio una indicación final.
– “Tomate un taxi que la calle está peligrosa”.
En Avenida Libertad y Avenida Independencia me tomé un taxi, al llegar a casa mamá me abrió la puerta, papá no estaba, había salido con el auto e iba comisaria por comisaria buscándome.
¿Cómo seguiste con tu vida después de lo que te pasó?
En el barrio todos se enteraron, en la facultad algunos, yo seguí cursando, pero tenía miedo de salir de casa, solo iba a las materias prácticas para no perder la asistencia, pero hubo un caso excepcional, en una materia me pusieron presente en todas las clases y pude rendir los exámenes, sospecho que la jefa de cátedra se enteró de lo que me ocurrió y tuvo ese gesto de solidaridad en un momento donde ser solidario era muy difícil.
También cambié mis hábitos de estudio y mi ciclo de sueño, yo ya cursaba de tarde noche, pero estudiaba entre las 00.00 hasta las 08.00 para estar despierto caso de que volvieran. Un poco más tarde conseguí trabajo y me logré recibir de Licenciado en Economía.
¿Cómo recuerda la UNMDP a sus caídos?
El estremecedor relato de Britos da una muestra clara de cómo, quienes en teoría se encargan de proteger a los desprotegidos, son capaces de ejercer una brutal represión contra un inocente estudiante. Pero Eduardo vivió para contarlo, otros, tras su detención sin causa judicial, fueron asesinados.
María Paula Giglio, licenciada en Artes y actual vicedecana de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la UNMDP, es una profesional interiorizada en el oscuro periodo sufrido por la universidad, explicó cómo la institución recuerda a quienes no sobrevivieron al horror y aportó valiosa información.
El 17 de marzo de 2016, a 40 años del golpe de Estado, se emitió la Ordenanza del Consejo Superior N°1.774 que estableció varios artículos, entre ellos se destacan dos: el primero, asignar el nombre de “Plaza de la Memoria” a la Plaza Seca del complejo universitario “Manuel Blegrano”.
El segundo, establecer en la mencionada plaza la construcción de un memorial con los nombres y apellidos de las personas que, al momento de ser secuestradas y desaparecidas, formaban parte de la comunidad de la UNMDP.

Memorándum en honor a los desaparecidos/asesinados por la dictadura militar.
Imagen: Martín Musa Carvani
La vicedecana explicó que, al día de la fecha, hay 96 personas desaparecidas/asesinadas, esta cifra incluye a las víctimas de la Concentración Nacional Universitaria (CNU), la antecesora de la Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A, quienes ejercieron represión desde 1971.
También se detalló que la cifra está abierta, porque en cualquier momento podría revelarse una información que permita identificar a una persona cuyos nombre y apellido, esperan a sumarse al memorial.
“Nosotros decidimos no distinguir por docentes, nodocentes y estudiantes en el memorial porque hay casos en los que los roles estaban compartidos por la misma persona. Por ejemplo, María Alejandra de Pablo era estudiante, ayudante de cátedra y no docente”, recordó.
Un detalle que vale la pena rescatar: los nombres de Silvia Ana Filler y María Alejandra de Pablo están juntos, ellas en vidas fueron amigas, y ahora siguen juntas en el memorial.
“Los nombres están desordenados porque si aparece un nuevo nombre habría que reacomodarlos, por eso no están en orden alfabético, esta también es la razón por la que hay espacios vacíos, para incorporar nuevas identidades en caso de ser necesario”, puntualizó.
La licenciada también brindó un detalle estremecedor que solo es necesario escucharlo una vez para nunca olvidarlo (por más que uno así lo quisiese): “de las mujeres secuestradas, seis estaban embarazadas y dieron a luz en centros
clandestinos, tres de esos bebés son nietos recuperados, dos, están pendientes de ser encontrados. La mamá del sexto bebé fue asesinada mientras estaba embarazada, provocando de forma inevitable la muerte del bebé”.
Giglio explicó que hay heridas que aún permanecen abiertas por la falta de colaboración. “A los desaparecidos se los considera víctimas de terrorismo de Estado porque no hubo ningún proceso legal. En circunstancias normales, si una persona es detenida por algún motivo, se le abre una causa legal y entra en un proceso judicial, durante la dictadura no hubo nada eso. Se secuestraron a personas que, una vez detenidas, se desconocía su paradero y no tenían posibilidad de defenderse, algo que no ocurre en circunstancias judiciales regulares”.
“Hay bebés que nacieron en centros clandestinos y fueron entregados a familias que ocultan su verdadera identidad. Lo mismo sucede con quienes fueron asesinados y cuyos restos nunca fueron encontrados. La decisión deliberada de esconder información clave para resolver situaciones inconclusas es un delito. Mientras se guarde el secreto, la complicidad persiste y esas personas están cometiendo un crimen”, declaró la vicedecana.
La dictadura en Mar del Plata en datos
La comunidad de la UNMDP sufrió en profundidad las atrocidades cometidas por el régimen militar. No obstante, el impacto se extendió a diversos sectores de la ciudad: desde trabajadores portuarios y abogados, hasta la economía de la ciudadanía.
Para dimensionar de forma integral los múltiples sectores sociales alcanzados, pero sin caer en complejidades difíciles de comprender, se diseñó una infografía que consta de una portada y nueve imágenes. Cada una se presenta con un numero para entender con rapidez, en términos cuantitativos, el daño perpetrado. Todas las imágenes son de elaboración propia.
El sufrimiento no se quedó en Malvinas
La última infografía profundiza en los marplatenses que lucharon en Malvinas contra la Royal Navy y la Royal Air Force, ambos pertenecientes a la British Armed Forcesal del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Trece soldados no regresaron, los que sí, descubrieron por las malas que el sufrimiento no había terminado. No hay una cifra precisa, pero se estima que, a nivel nacional, se suicidaron más de 700 excombatientes.
Eduardo Ariel Martinelli, nació en Capital Federal en 1962, a los pocos años, se mudó a Mar del Plata con su familia. Su adolescencia y la de sus pares estuvo marcada por la dictadura. En 1981, Eduardo dejó de ser civil al comenzar su servicio militar obligatorio, previo al conflicto bélico, el excombatiente integró el Escuadrón de Exploración de Caballería Blindada 10.
Martinelli accedió a dialogar para contar su experiencia en Malvinas y como, al regresar, se materializó el ultimo escenario que los excombatientes habían imaginado: el abandono, el rechazo y la censura. El sufrimiento de aquellos hombres no se quedó en Malvinas, desembarcó con ellos, y ahora era efectuado no por los británicos, si no por sus propios compatriotas.
¿Sabrías decirme cuántos días estuviste en Malvinas?
Sí, Estuve en Malvinas desde el 16 de abril de hasta 15 de junio 1982, siendo un total de 61 días.
¿Tenés la certeza o sospecha de que heriste o mataste a algún soldado
británico?
Yo en Malvinas integré un Pelotón de Mortero, que está integrado por un suboficial, un cabo primero (un suboficial de bajo rango) y ocho soldados, yo era el encargado de reabastecer la munición del mortero.
Con respecto a si maté o herí a alguien, no tengo confirmación, pero es seguro que mis bombas hayan provocado uno o más heridos o muertos en las líneas de los británicos, el mortero apuntaba directo a la trinchera del enemigo.
¿Cómo fue el proceso de regresar?
Mi primer destino al regresar fue Comodoro Rivadavia, tenía una herida en el brazo y estuve dos días en un hospital. El segundo destino fue Campo de Mayo, allí estuvimos internados una semana, los militares querían devolvernos a nuestras familias en condiciones “decentes”.
Nuestra rehabilitación en Campo de Mayo consistió en hacernos subir de peso, para nuestra edad y altura teníamos un peso bajísimo, nuestro estado de salud físico era crítico debido a la escasez de suministros en Malvinas. El tratamiento que recibimos fue para recomponernos en lo nutricional y en el volumen de masa corporal.
¿A qué te dedicaste después de la guerra y cómo fue reincorporarte a la población civil?
Yo estoy orgulloso de haber sido militar, cumplí con el compromiso que empezó cuando juré lealtad a la bandera y también estoy orgulloso de haber estado en dónde la patria nos pidió que estuviésemos para defenderla. Tanto yo, como mis camaradas, sostenemos que volveríamos a luchar en Malvinas una y mil veces.
Pero mi corazón está partido, por lo que sentí en su momento y por lo que siento ahora. Cuando nos reincorporamos a la sociedad civil lo último que nos imaginábamos que nos pasaría sería el olvido y el abandono, y eso es exactamente lo que pasó. Pensábamos que al llegar nos iban a recibir nuestras familias, nuestros amigos y parte de la sociedad, pero nada de eso ocurrió.
Uno o dos años después de regresar nos hicieron firmar un compromiso de confiabilidad, nosotros somos parte del ejercito que perdió, y la Guerra de Malvinas fue un intento de levantar la popularidad y aceptación. Antes del conflicto bélico, la gente ya estaba harta de los militares, ya no los querían. La junta militar quería taparlo lo máximo posible, por eso no querían que hablemos, porque la guerra no salió como lo esperaban.
Los primeros veinte años fueron malísimos, no conseguíamos trabajo, nos decían que estábamos locos, era todo muy incómodo, la sociedad no sabía qué hacer con nosotros. Hubo muchísimos suicidios por la falta de acompañamiento, no tuvimos asistencia de salud ni psicológica, todo eso llegó después, pero para ese entonces, muchos de mis camaradas ya se habían pegado un tiro en la cabeza. Todo eso me genera muchísimo dolor, por eso digo que mi corazón está partido.
En mi caso particular, mi familia siempre fue comerciante, ahora me pude incorporar al mercado laboral y trabajo en un comercio familiar que vende alimentos.
*Estudiantes del MediaLab, primer Laboratorio de Redacción para Medios Digitales. Se trata de un sistema experimental que consiste en el trabajo periodístico, de producción propia, que desarrollan alumnos del Taller de Redacción para Medios Digitales, correspondiente a la Tecnicatura de Periodismo Digital que se dicta en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata











