Enfrentar la soledad: “Mi mamá fue a un geriátrico y mi papá se quedó solo en su casa”

 

Por Eugenia Ramos*

 

El llegar a una edad adulta ya de por sí viene con complicaciones, enfermedades, molestias, problemas de movilidad y en muchos casos conlleva a la necesidad de que alguien los cuide las 24 horas del día. Los adultos mayores, específicamente quienes viven en residencias, fueron parte de los grandes afectados por la pandemia.

Poder ver a las familias en algún momento del día, salir a pasear, comer juntos o hablar, hacían más liviana su estadía dentro de los hogares. La cuarentena frenó todo, con la llegada de un virus que impide abrazarse, saludarse, tocarse, los abuelos perdieron una de las piezas más fundamentales en la salud mental, el bienestar emocional.

Hay dos lados en esta situación, dos caras en una misma moneda, por un lado los abuelos en los hogares y por otro, las familias. En una charla con Ana Clara Parriego, docente de artes plásticas, nos comentó cómo es estar del otro lado de la historia.

La cuarentena para ella, comenzó con mucha incertidumbre “a nivel laboral teníamos que cerrar el jardín, mi puesto de trabajo y el taller de arte por dos semanas. A nivel personal, empezaba hace unos meses una relación nueva”, contaba Parriego.

Al mes de comenzar el aislamiento, se enteró que estaba embarazada, un tema del cual se habló mucho el último año. Explicó que al no conocerse nada del virus había una gran angustia pero igualmente “lo que hice fue no escuchar demasiado, cuidarme lo que más podía, siempre de la mano de controles médicos”.

Ana Clara tiene a su mamá en un geriátrico psiquiátrico hace un año, con una enfermedad llamada afasia, se trata de un trastorno del lenguaje que afecta la capacidad de comunicación de la persona y que más tarde, “se convierte posiblemente en mal de alzheimer”. Cuenta que llevarla al hogar fue una decisión muy complicada, “mi mamá fue a un geriátrico y mi papá se quedó solo en su casa”

“Empezó hace más o menos siete años, ella comenzó con un problema en el habla, no entendíamos lo que decía y ahí nos dimos cuenta que algo no estaba bien. Se realizaron estudios y salió que era una afasia progresiva. Nuestra meta siempre fue que eso progresivo sea lo más lento posible”, destacó.

¿Cómo se trata la enfermedad desde el geriátrico?

La tratan a través de medicación y observación. Pero es una enfermedad que va creciendo y ella cada vez se va perdiendo más, en conocernos, en estar conectada al mundo. Es una persona muy tranquila, muy amorosa y cuando nos ve se pone contenta y eso nos marca que todavía está presente.

¿Cómo fue para tu papá vivir esta situación que lo separó de su mujer?

La pandemia la verdad que lo aplastó bastante, lo puso un poco triste esto de no poder tenerla. Ya llevar a mi mamá al geriátrico fue un inmenso dolor y encima después no poder tener contacto fue doble dolor, pero creo que con la compañía nuestra, la lleva. Nos enseña mucho, a tener paciencia, a ir para adelante.

Verlo sólo caminando, haciendo los paseos que hacía con ella, viniendo a vernos, me enseña que todo se puede, a no perder la esperanza, no perder las ganas de vivir, de tener ese ritmo. Lo veo a él y aprendo un montón porque fueron 50 años o más juntos y de golpe saber que ella está ahí y el seguir con la vida, con todo lo que uno tiene que hacer, la comida, limpiar la casa, cosas que un hombre nunca había hecho en su vida y de golpe a los 78 años lo está haciendo, es un gran aprendizaje, aunque a veces doloroso.

¿Crees que los abuelos están cuidados?

Sí, por lo menos dónde está mi mamá los tratan muy bien, los cuidan y son sinceros. Algo que habla bien de eso es que están las ventanas abiertas todo el tiempo, las cierran en los momentos que van a comer para que no se distraigan. Pero eso habla de que hay una transparencia, yo paso mucho y la veo, veo que ya está ahí dando vueltas y eso me genera tranquilidad.

Durante la cuarentena total, se realizaban videollamadas como primera y única forma de comunicación, además tenían “los contactos de las enfermeras que nos contaban cómo la veían, eso fue muy bueno”, comentó. Después de siete meses de verse por una pantalla, pudieron visitarla a través de un abrasador, donde se pasan los brazos por un nailon, “podíamos tener un poco más de contacto y que sepa que estábamos con ella pese a todo”, afirmó.

La única fuente de vínculo social se ha visto reducida a unos pequeños minutos de videollamada. Por lo tanto, la soledad, la ansiedad y la fatiga, tomaron camino dentro de los geriátricos.

Desde el diario Chicago Tribune, dialogaron con expertos en el tema y comentaron que la pandemia fue especialmente dura para los residentes de asilos de ancianos con demencia, pero incluso algunos adultos que viven solos sufrieron la falta de contacto social.

A su vez, mencionaron que al menos una cuarta parte de los residentes sufrió un deterioro adicional debido a la soledad y a la falta de actividades sociales.

¿Fue un desafío por parte de las familias la situación epidemiológica en base a la soledad que vivían los abuelos?

Este hogar es un geriátrico psiquiátrico, por lo que ellos están en su mundo. El estar en su mundo llevaba a que el mundo real se meta y tratar de que entiendan, cómo nosotros, porque no nos podíamos ver ni tocar, es un desafío muy grande.

¿Cómo ha sido la falta de contacto personal? ¿Se notó un cambio?

La falta de contacto, la falta del abrazo, del beso, por ejemplo en mamá hizo que ella retroceda un montón. Como ella no puede hablar y a través del contacto físico podía expresarse, eso hizo que retroceda y que la enfermedad avance.

¿Cómo fue para la familia vivir el otro lado de la historia?

Fue un gran desafío, en acompañar a nuestro papá y acompañarnos también entre hermanas, poder entender esto, lo que pasaba en nuestras vidas personalmente y en el hogar con mamá, se juntan muchas cosas. Es un desafío también como sus hijas poder explicarles a nuestros hijos, sus nietos, lo que pasaba sea la edad que tengan, es una enfermedad difícil y la pandemia acentuó todo un poco más. Acompañándonos como familia, también es un desafío, porque son situaciones a veces límites y uno tiene que controlar su dolor para poder acompañar el dolor de los demás.

Por otro lado, la llegada de las vacunas a los hogares trajo esperanza y alivio a muchas familias, la docente lo definió como “una fiesta” y explicó que en los hogares fue más lento el proceso pero “estamos muy contentos, porque era algo muy esperado y necesario”.

En línea con esto, gracias a que los abuelos se vacunaron, pudieron acceder a visitas más personales. Con un nuevo protocolo llegaron a abrazarse y su mamá pudo conocer a su nieta. La primera vez, fue con el vidrio de por medio, pero más tarde, con las dosis lograron más cercanía.

Como lo hace notar Ana, “fue muy emocionante porque mi mamá se emocionó al verla, la quería agarrar y el geriátrico nos abrió la puerta. Le pudo dar un beso y fue hermoso, ella estaba muy contenta, estábamos muy emocionados y totalmente agradecidos con el hogar que tuvo ese acto de amor”.

Por último, Ana Clara declara que la cuarentena la ayudó en “poder volver a casa, me conecto con mi mamá, pero también me hizo frenar un poco y no vivir como loca trabajando, poder estar más en casa y eso creo que es algo que no quiero perder”.

Ana espera que cuando la situación epidemiológica mejore, “vamos a poder sacarla y traerla a comer un domingo o poder ir a visitarla más seguido nosotros, eso sería lo que me gustaría que pase”.

 

 

 

*Estudiantes del MediaLab, primer Laboratorio de Redacción para Medios Digitales. Se trata de un sistema experimental que consiste en el trabajo periodístico, de producción propia, que desarrollan alumnos del Taller de Redacción para Medios Digitales, correspondiente a la Tecnicatura de Periodismo Digital que se dicta en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Nacional de Mar del Plata.

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